Cristo de D. Fernando y Doña Sancha PDF Imprimir Correo
(1 voto, media 5.00 de 5)
Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Crucifijo de Don Fernando y Doña Sancha”.

Museo Arqueológico Nacional. Madrid. S. XI.

La escultura románica se manifiesta con un carácter monumental como elemento complementario de la arquitectura, si bien existe también una escultura exenta y de pequeño tamaño cuyas características plásticas e iconografía coinciden con la anterior. En general, la escultura románica de carácter monumental asociada al ámbito arquitectónico, se caracteriza principalmente por una premisa que influye decisivamente en todo su tratamiento formal: su absoluta imbricación en el marco arquitectónico, al que la escultura se adapta servilmente. En buena medida es este factor el que explica su rigidez o su hieratismo, pero no es suficiente para aclarar todo su contenido artístico.


El arte románico, tanto en su expresión escultórica como en su manifestación pictórica es por encima de todo un arte religioso que antepone su profunda espiritualidad a cualquier otro elemento interpretativo. Es por ello un arte que debe contemplarse con los ojos del espíritu y no simplemente con el sentido de la vista. Es por tanto un arte intelectual, un arte que transmite contenidos ideográficos, un arte místico, que precisamente a través de su imaginería pretende trascender el mundo burdo de los sentidos. Un arte simbólico que para mayor facilidad de su lectura reduce sus representaciones a meros esquemas, convirtiéndose a veces en un arte poco menos que "abstracto". De ahí, la deformación intencionada de sus figuras y de ahí también el lógico desinterés por una serie de elementos formales que dan al traste con sus convencionalismos más característicos: no hay representación del volumen real, no hay un canon de proporcionalidad, no hay equilibrio entre masa y peso, ni tan siquiera se colorean las figuras con una intención realista, sino por el contrario con una función expresiva impactante o simbólica. Todo ello establece a su vez dos principios fundamentales en la escultura y la pintura románicas: su fuerte expresionismo, y su patente antinaturalismo.


Como hemos comentado, la mayor parte de las muestras escultóricas del arte románico son de carácter monumental y se hallan asociadas a la arquitectura, pero existe también una escultura exenta de pequeñas tallas en madera, marfil u orfebrería, que constituyen un excelente repertorio de escultura románica, amplio y numeroso además. Dos motivos iconográficos destacan principalmente en este ámbito: los Cristos, llamados maiestas domini, caracterizados por su hierática rigidez, muy simétricos en su disposición compositiva; de cuatro clavos, de ojos muy abiertos, y en una actitud serena, alejada siempre de cualquier manifestación de dolor o de pasión; y la Virgen con el niño, que también es un tema habitual aunque menos frecuente que el anterior, dada la importancia menor concedida al tema mariano en el periodo románico. Las imágenes son igualmente rígidas y siempre disponiendo al niño como Theotocos, es decir como hijo de Dios, y como tal siempre con gestos y actitudes de adulto. La Virgen por su parte se utiliza como un simple trono o asiento de Dios (Theothronos); o también como Kiriotissa, modelo de tradición bizantina de Virgen entronizada, rígida, y con el niño sobre sus rodillas dándole la espalda.


Uno de los ejemplos más conocidos de dicho repertorio es el llamado Crucifijo de Don Fernando y Doña Sancha, originalmente procedente de la Colegiata de San Isidoro de León, aunque en la actualidad se encuentra en el Museo Arqueológico de Madrid. En este caso se trata de una pieza en marfil de apenas medio metro de altura, encargada por el rey Fernando I de Castilla y su mujer, la reina Sancha, y que por lo mismo se puede datar perfectamente en la década de 1060.


Desde el punto de vista iconográfico, el Cristo responde a las características antes señaladas que definen a los maiestas domini: un Cristo de cuatro clavos, vencedor sobre la muerte, de serena divinidad y fuerte carga expresiva, a través sobre todo de sus ojos globulares, en este caso potenciados en su mirada por sendos azabaches incrustados en sus pupilas. No obstante en esta obra, la figura parece mostrarse más humana de lo que en otros casos es habitual, al inclinar la cabeza hacia un lado en un gesto de resignación, así como por algunos detalles de un mayor realismo, como sus cabellos naturalistas y su barba rizada, o el paño de pureza (perizoma) que le cubre hasta las rodillas, y que está trabajado con un juego de pliegues y curvas que rompe el estatismo y la rigidez que caracteriza a otros Cristos semejantes.


La pieza cuenta además con una serie de elementos y figuras complementarios. En primer lugar consta de un espacio-relicario en la parte trasera del cuerpo que recogería un fragmento del auténtico madero de la cruz, lo que convierte la escultura en realidad en una pieza-relicario. A su vez, otras figuras labradas en el marfil complementan a la figura principal: una orla que rodea la cruz representa a los bienaventurados que ascienden a los cielos y a los condenados que descienden a los infiernos, entre los que se incrustan aves, cuadrúpedos y motivos vegetales, en un alarde de horror vacuii, que por cierto es otra característica consustancial a la plástica románica. A su vez, en la parte superior, sobre la propia figura de Cristo reza una inscripción: Nazarenus rex iudeoru, y sobre ésta, la figura en pequeño de Cristo resucitado y la representación del espíritu Santo en forma de paloma. En la parte inferior de la cruz se representa a Adán y bajo él, otra inscripción que alude a los dos promotores de la pieza: Fernadus rex Sancia regina

Una muestra por tanto exquisita de pequeña escultura románica, agraciada especialmente en este caso por su elegancia, su originalidad, su bella ornamentación y su naturalismo.

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar