Cristo de la Clemencia PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Cristo de la Clemencia”.

J. Martínez Montañés.

Catedral de Sevilla. 1603.

 

La escultura barroca española se caracteriza principalmente por constituir una muestra de arte eminentemente religioso, ya que el principal mecenas artístico va a ser la Iglesia. Ésta a partir del Concilio de Trento utiliza la imagen artística como elemento que mueva a la piedad y el sentimiento religioso, lo que explica la abundancia de encargos escultóricos por parte de parroquias y catedrales, que los exhiben principalmente en las Procesiones de Semana Santa, máximo exponente de la tetralidad barroca, al servicio en este caso de la propaganda religiosa.

Por ello mismo, también destaca esta escultura por su realismo a veces patético, con tal de conmover al espectador; su expresionismo exagerado en ocasiones, y el efectismo que siempre producen los juegos de luz y las composiciones movidas, de enorme impacto emocional.

Otra peculiaridad de la escultura barroca española es que utiliza la madera policromada como soporte, caso único en Europa, y que en cierto modo explica el desprecio que padeció durante tanto tiempo por considerarse un arte menor.

Como hemos dicho la madera está policromada. En la policromía de estas tallas se utilizan dos técnicas: el encarnado, empleado para pintar las carnes. Consistía en aplicar el color sobre las superficies que previamente habían sido recubiertas de yeso, lo que aumentaba la consistencia táctil de las carnaciones. La otra técnica utilizada era el estofado, aplicada sobre las vestiduras. Requería una cubrición previa de láminas de oro, sobre las que se pintaba. Posteriormente se rascaba ligeramente la pintura, lo que permitía relucir el oro, dándole así a la pieza un brillo y luminosidad excepcionales.

El desarrollo de este peculiar programa escultórico contará en España con dos grandes escuelas que monopolizan encargos y obras: la escuela castellana y la escuela andaluza. Ambas son tremendamentes realistas, incluso con un cariz dramático, pero la castellana resulta más hiriente, más exagerada, con la expresión del dolor siempre a flor de piel y una utilización excesiva de la sangre como recurso dramático. La andaluza por el contrario, presenta composiciones más sosegadas y más equilibradas, aspirando siempre a conservar los ideales de belleza.

Dentro de la escuela andaluza son numerosos los nombres propios que encumbran la escultura barroca española y que todavía hoy cobran un enorme protagonismo popular a través de los pasos de Semana Santa. Entre otros podrían citarse Alonso Cano, Pedro de Mena, Juan de Mesa y sin lugar a dudas, Juan Martínez Montañés (Alcalá la Real 1568- Sevilla 1649), uno de los escultores de este periodo más elegantes y delicados en el tratamiento de los temas de la Pasión. Es muy famoso su Cristo de la Catedral de Sevilla, precisamente por su tono sereno armonioso y elegante, que es el que hoy vamos a comentar.

Se trata de un encargo realizado por el arcediano de Carmona, Mateo Vázquez de Leca, que ya estipula en el contrato que deseaba un "Cristo vivo, antes de expirar, con la cabeza ladeada, mirando a cualquier persona que estuviese orando al pie de él, como que está el mismo Cristo hablándole y como quejándose de aquello que padece es por él". Y prueba de que el autor satisfizo sobradamente los deseos del solicitante es que no sólo pagó los quinientos ducados en que se tasó la obra, sino que además le gratificó con seiscientos reales más.

Se trata de un Cristo de cuatro clavos, iconografía ésta en cierto modo original para la época, aunque se basa en el relato de Santa Brígida que así lo señala en sus Revelelaciones. Además hay que añadir también la influencia de un Cristo de igual iconografía realizado por un discípulo de Miguel Ángel (Jacopoco Duca), que sirvió de referencia a muchos autores españoles. Por lo demás la utilización de los cuatro clavos en esta obra es aún más original si tenemos en cuenta que a la vez cruza las piernas, como si tuviera tres, logrando así aunar la serenidad y estabilidad compositiva de los cuatro clavos, con el sentido más dramático y a la vez mucho más dinámico compositivamente de los Cristos de tres clavos.

La actitud de Cristo se ciñe a lo establecido en el contrato, y en efecto es un Cristo vivo, lleno además de candor y dulzura, con su cabeza ladeada en una expresión de diálogo penetrante y compasivo, que mueve irremediablemente a la piedad.

Todo es impecable en esta pieza: la talla es de un virtuosismo prodigioso y las carnaciones igualmente pulcras y decorosas, huyendo de la exhibición sangrienta, y acuñando de esta forma su estilo característico, armonioso y elegante. Para ello juega también con una serie de recursos formales contrapuestos: el cuerpo estilizado, tratado con una textura sutil, tersa y sugerente, que sin embargo contrasta con el efecto plástico del "paño de pureza". Un paño muy volado, de múltiples pliegues menudos y asperos contrastes de luz y sombra. Asimismo se confronta también la expresión mesurada, apacible, vencedora en fin, con la disposición de un cuerpo frágil y quebradizo, que parece a punto de romperse.

Es en última instancia el equilibrio perfecto entre la fuerza espiritual y la debilidad física. Pero todo ello en un tono de belleza clásica transmitido a través de la armonía de las formas y la prestancia de la imagen.

 


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