Cromlech de Stonehenge PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Cromlech de Stonehenge”.

Salisbury. Wiltshire. Reino Unido.

III-II Milenio a.c.


El largo proceso en el que la humanidad se va aproximando a estados cada vez más complejos en el orden social y político es muy lento, y no se produce ni de igual manera ni al mismo ritmo en los diferentes lugares del mundo. Mientras el próximo Oriente y Egipto se están adentrando progresivamente en la Historia, lo mismo que las civilizaciones china o hindú, en Europa occidental se vive todavía en una larga prehistoria. Es difícil por ello sistematizar el estudio de los periodos de tiempo posteriores al paleolítico, porque su cronología es dispar y su localización también.

A la etapa neolítica le sigue un periodo difuso de fases prehistóricas intermedias, como el Eneolítico, también llamada Calcolítico, que resulta una fase de transición hacia la utilización progresiva de los metales. Posteriormente llega la Edad de los Metales, que en numerosas civilizaciones se desarrolla ya en plena época histórica, aunque en otras todavía no.

Es esta etapa de la prehistoria, la Edad de los Metales, la que hoy nos interesa. Una etapa marcada por la aparición del megalitismo, grandes construcciones en el occidente europeo, la mayoría asociadas a una finalidad de tipo religioso o funerario, pero siempre sorprendentes por su descomunal tamaño, por las dificultades que entrañaría su construcción y por el halo de misterio que parece rodearlas. Menhires, dólmenes, cromlech o cuevas de enterramiento ilustran así esta época de una forma curiosa y fascinante a la vez, haciéndonos reflexionar sobre las dificultades técnicas que aquellos hombres supieron superar para levantar unos monumentos tan grandes y pesados, y sobre el sentimiento religioso y sobrenatural que esconden bajo su mole abstracta y misteriosa. A todo ello habría que añadir en esta misma época un amplio desarrollo de la orfebrería y la artesanía del metal, que da nombre a esta etapa, así como una cerámica de amplia difusión internacional como fue la cerámica del Vaso campaniforme

Pero es indudable que de todas estas manifestaciones artísticas la más espectacular y conocida es sin duda el conjunto megalítico de Stonehenge porque no sólo sigue fascinando su estructura de grandes monolitos en medio de la campiña inglesa, sino que resulta aún más sorprendente a poco que sepamos algo en relación a su obra y la función del monumento.

Su construcción, titánica en todos los casos, constó de varias fases: en una primera etapa (2200-2500 a.c.), todavía al final del Neolítico en estas latitudes, se abrió un foso con las laderas en talud que alcanzaba los 100 metros de diámetro; en el Calcolítico, entre el 1800-1700 a.c. se colocó un doble círculo de monolitos de piedra (bloques de dolerita o riolita), las famosas piedras “azules” porque toman esa coloración al mojarse. También en esa misma fase se abrió una avenida de acceso al monumento, orientada astrológicamente hacia el punto de salida del sol en el solsticio de verano. Una última fase alrededor del 1500 a.c. le dio a Stonehenge la fisonomía definitiva, pero no sin titubeos y cambios de piezas ya colocadas, trasladadas a otro punto y vueltas a poner, lo que significaría un esfuerzo de construcción imponente. En esta última fase se construyeron los trilitos del monumento, las llamadas sarsen, es decir dos bloques verticales y un tercero sobre los otros dos a modo de dintel, hechos en este caso con arenisca del lugar, y que finalmente se dispusieron en el centro del monumento megalítico arropando a una gran losa central que posiblemente haría las veces de “altar”.

A lo largo del tiempo continuaron los cambios y las transformaciones en la edificación, porque así se deduce de restos de difícil localización y de numerosos fosos hoy vacíos. Lo que nos permite deducir que el lugar tuvo una extraordinaria importancia y además durante muchísimo tiempo, lo que sólo puede ser posible tratándose de un lugar sagrado. Sin duda eso debió de ser Stonehenge, un punto de referencia ritual y litúrgico cuya devoción estaba dirigida al culto solar. Porque Stonehenge es por encima de todo un enorme calendario solar. Su primera disposición, en su perímetro inicial, así nos lo confirma, porque curiosamente justo encima del monumento, la luna se coloca exactamente perpendicular a la salida del sol en la fecha del solsticio de verano. De esta manera el propio perímetro de Stonehenge dispone un punto de orientación que coincide exactamente con la salida del sol ese día del solsticio de verano, lo que a su vez facilitaría calcular el resto de los días determinantes de cada una de las cuatro estaciones.

Por otro lado, este enorme monumento es la prueba de una estructura social compleja y articulada, que sólo estando bien dirigida y organizada y consciente de la importancia de la construcción se pondría a la tarea inmensa de construir y reconstruir varias veces la edificación. Lo que no sólo nos sorprende una y otra vez a la vista de las proporciones ciclópeas de las piedras empleadas y que hubieron de ser levantadas con los recursos mecánicos más primarios (palancas, rodillos, taludes, cuerdas...), sino porque además las famosas piedras “azules” proceden de canteras situadas en Gales, a más de 200 Km.

Todo ello nos sorprende sin duda, pero la visita de Stonehenge, conlleva otras sensaciones añadidas: porque su presencia demoledora, su disposición inerte, extraña, allí en medio como una aparición, inevitablemente nos evoca un pasado de magias y misterios que todavía hoy parecen flotar en el ambiente.


 

 

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