Cuevas de Altamira. Cantabria PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Cuevas de Altamira.
Cantabria. Periodo Magdaleniense.

La Cueva de Altamira sigue siendo la cueva por excelencia del arte paleolítico, no sólo por el alcance impresionante de su obra y en especial de la bóveda de los Bisontes polícromos, que sigue siendo una muestra excepcional de la pintura paleolítica, sino también porque fue la primera en descubrirse y por tanto marcó un hito en el desarrollo de los estudios prehistóricos.

No obstante el descubrimiento de la cueva y sus primeros estudios estuvieron marcados por la incomprensión y el desprecio de la mayoría de los más famosos investigadores, que negaron desde el principio la validez de las pinturas. Con ello rodearon de un halo de frustración aquel primer gran descubrimiento y sobre todo llenaron de angustia y desconsuelo a su descubridor, D. Marcelino Sanz de Sautuola (1831-1888) que siempre creyó y defendió la validez de las mismas, aunque murió sin que se le reconociera su mérito.

El descubrimiento en sí se produjo en 1868, cuando un cazador, Modesto Cubillas, a la sazón aparcero de D. Marcelino, descubre una entrada natural al intentar liberar a su perro que había quedado atrapado en unas rocas. El hallazgo llega a oídos de D. Marcelino Sanz que no sólo residía muy cerca, en su finca de Puente de San Miguel, sino que además había iniciado ya su modesta andadura en el campo de la prehistoria con algunas excavaciones en otras cuevas santanderinas.

La cueva la visitó por primera vez en 1876 o tal vez en 1875, realizando algunas primeras excavaciones y observando las figuras de color negro de la última galería a las que no les dio mayor importancia. Pero sería en 1879 cuando en otra visita a la cueva fue acompañado de su hija María, cuya menor altura le permitió contemplar el gran techo de los bisontes polícromos en el vestíbulo de la cueva. Su padre quedó anonadado ante el descubrimiento, pero no le impidió seguir con rigor un análisis certero de las pinturas que le permitieron afirmar que se trataba de obras pertenecientes al Paleolítico Superior. Así lo confirmó en su pequeña, pero no menos famosa obrita, Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander (1880), donde establecía las fechas en base a criterios de cronología comparada con las excavaciones realizadas y con la existencia paralela de arte mueble.

Pero a pesar de todo, la autenticidad de las pinturas de Altamira fue negada. Parecía que aquellas pinturas resultaban demasiado perfectas como para ser hechas por un ser que según la teoría darwiniana de la Evolución de las Especies debía de ser inferior. Nada igual se había descubierto hasta entonces y además D. Marcelino Sanz era un completo desconocido en los círculos científicos. Desde entonces el pobre hombre hubo de sufrir todo tipo de descréditos y humillaciones, llegando incluso a ser tachado de farsante. Nadie prácticamente le apoyó, ni dentro ni fuera de nuestras fronteras, a excepción de otro erudito escasamente recordado, D. J. Vilanova, profesor y amigo de D. Marcelino, que no sólo aceptó la validez de las pinturas sino que las fechó acertadamente en el periodo Magdaleniense.

Por el contrario los grandes sabios del momento como Emile Cartailhac o Mortillet se opusieron radicalmente. El caso es que D. Marcelino murió unos años después, frustrado y triste, pero después de haber realizado uno de los más grandes descubrimientos arqueológicos de la Historia.

Años después y a la vista de los continuos descubrimientos de pintura paleolítica que se fueron encontrando en Francia y en España, la cuestión de Altamira hubo de ser revisada y posteriormente aceptada. El mismo Cartalilhac, que tanto se opuso a las tesis de D. Marcelino, escribiría su famosa Mea culpa d’un sceptique (1902) en el que reconocía su error y trataba de recuperar para la Historia el prestigio de D. Marcelino. Aunque evidentemente, ya era demasiado tarde.

La Cueva de Altamira (Santillana del Mar. Santander) consta de una longitud total de 270 m. cuya anchura va disminuyendo hacia el fondo. Suele dividirse en diez tramos diferentes, pero sin duda la zona más famosa e importante se encuentra a la entrada. Ésta, taponada hasta el descubrimiento de la cueva en 1868 permitió la perfecta conservación de los restos prehistóricos y de las pinturas, al mantenerse unos índices de temperatura y humedad prácticamente constantes.

El vestíbulo propiamente dicho es el que conserva los famosos polícromos. El techo donde se concentran las pinturas mide 18 m. de largo y 9 de ancho, no habiendo más que apenas 1 m. entre el suelo y el techo pintado, si bien con posterioridad el suelo se rebajó de cara a la visita turística. En conjunto se concentran allí un total de 17 bisontes representados en las más variadas posturas y actitudes. Hay también ciervas, caballos y jabalíes.

En cuanto a sus características plásticas, responde plenamente a las que definen en general la pintura paleolítica:

- Representación de animales preferentemente, que se disponen aislados unos de otros sin formar escenas.

- Realismo en las representaciones.

- Sensación volumétrica conseguida aprovechando las rugosidades de la roca.

- Figuras muy perfiladas por incisiones previas y rotundos trazos en negro.

- Colorido obtenido de materiales naturales (Negro: manganeso o carbón; rojo: óxidos de hierro; blanco: caolín).

- Utilización de la grasa animal o del tuétano como aglutinante del color.

- Aplicación por medio de “lápices prehistóricos”, espátulas, “soplado” o las propias manos.

- Y cuya interpretación se relaciona con la magia propiciatoria referida a los temas de la caza o la sexualidad.

Aunque tal vez sea en Altamira donde todas estas características alcancen un mayor nivel y maestría. Así destaca su potente realismo, no exento de una expresividad que llena de vida a las figuras y sus actitudes. A lo que habría que añadir la importancia del color, lleno de luminosidad y combinado en varias tonalidades, lo que supone otro elemento de originalidad en Altamira.

El resto de galerías y corredores también contienen pinturas de animales y signos, aunque no son polícromas y carecen de la importancia de las anteriores.

Curiosamente lo que no hizo ningún agente natural en 15.000 años, lo ha hecho la curiosidad del hombre en apenas cincuenta. La relevancia de la cueva de Altamira pronto traspasó los límites de la curiosidad científica para alcanzar también la del común de las gentes, convirtiéndose en una referencia turística obligada. La generalización de las visitas y de los grupos turísticos empezó a deteriorar las pinturas hasta grados preocupantes, lo que obligó a restringir progresivamente las visitas hasta llegar a la situación actual, en que la cueva está prácticamente cerrada al público, limitándose sus visitas a escasas y privilegiadas sesiones cada año.

No obstante justo al lado de la cueva original se ha abierto una réplica magnífica de la misma, la denominada Neocueva de Altamira, cuya reproducción fiel de las pinturas es sobresaliente, y cuya aportación añadida de un museo y otros recursos, incluidos los didácticos, la convierten en una visita obligada.

 

 

 

 

 

 

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