D. Bouts: "La última cena" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

”La última cena".

Retablo del Santo Sacramento.

Dirk Bouts.

Iglesia de San Pedro. Lovaina

1464-67.


Dentro del amplio marco de los pintores flamencos que coinciden a lo largo del S. XV y que genéricamente se conocen en la sistematización escolar como Primitivos flamencos habría que destacar la obra de Dirk Bouts. Lógicamente el estudio de este periodo concreto en los Países Bajos obliga a recalcar la importancia de la obra de los que debemos de considerar como autores de primera fila, Jan Van Eyck y Roger Van der Weyden principalmente, que además actúan como maestros de los demás, pero junto a ellos descollan también otros nombres ilustres de ese momento que completan la verdadera significación de ese periodo artístico: Robert Campin, Hugo Van der Goes, Hans Memling, Petrus Christus, y el caso que hoy nos interesa, Dirk Bouts.

Dirk o Dierick Bouts (en ocasiones también aparece como Thierry Bouts) nace en Harlem, pero se establece en Lovaina donde desarrollará su obra. Su trabajo está fuertemente impregnado del magisterio de Van der Weyden, hasta el punto de que es posible que se formara en su taller. Por ello su precisión en la línea y ese trabajo meticuloso tan característico de todos estos pintores flamencos. Y ya no sólo en su aplicación sobre la tabla y en el dominio del pincel y del óleo, sino también en la selección de los materiales con los que trabajaban, pigmentos y barnices sobre todo, elaborados por los propios pintores y que son la razón de la perfecta conservación de sus pinturas. Por lo demás la obra de Bouts está algo aquejada de cierta rigidez e incluso de una seriedad en los gestos que raya en la inexpresividad.

Eso sí, la pintura de Bouts se adapta modélicamente a la concepción perspectiva del momento, basada en una estructura geométrica con un único punto de fuga, que será la base perspectiva del primer Renacimiento.

De toda la obra conservada y de la que podemos atribuirle a él sin demasiadas dudas, destaca su trabajo más ambicioso, el enorme retablo de la Iglesia de San Pedro de Lovaina, que consta de un gran panel central que da título a toda la pieza, La última cena, y otros cuatro que lo complementan, dos en cada ala.

La última cena desde el punto de vista iconográfico plantea algunas curiosas novedades, porque lejos de tratar el tema de la forma tradicional insistiendo en la traición de Judas, se resuelve aquí en una ceremonia que entronca con el propio rito de la eucaristía realizado en las iglesias. Es más, Cristo parece un oficiante ceremonial más que un maestro entre sus discípulos. La cena por lo demás parece transcurrir entre la calma y la serenidad tan característica de todas sus pinturas, y además añade a la escena cuatro sirvientes, dos sirviendo, y dos curiosamente colocados detrás de un vano, vestidos a la usanza flamenca de la época, con lo que está anticipando lo que será la psolución  naturalista en el contexto de la pintura barroca.

Desde el punto de vista formal destaca principalmente su trabajo perspectivo, que ya hemos indicado que es una de sus aportaciones más avanzandas para la época. El cuadro se estructura a partir de un haz de líneas convergentes que van a coincidir en el centro del tapiz sobre la cabeza de Cristo. Curiosamente en la parte derecha la amplitud de campo perspectivo se prolonga más allá de la puerta hacia el paisaje, y es asimismo interesante la visión de toda la escena desde una posición en altura, que recrea la imagen desde una concepción un tanto singular y en parte ambigua al disponer la mesa a “vista de pájaro” y a Cristo de frente.

Por lo demás la obra no puede ser más precisa en el trabajo de la línea, en el detallismo de los objetos y la personalización de los rostros de los apóstoles, que adquieren una sensación de grupo al lograr una interrelación entre ellos bastante conseguida, a pesar de la rigidez que también en esta obra adoptan las figuras de Bouts. La luz diáfana y brillante y el toque tan característico del óleo flamenco le dan a la obra su esplendor característico.

El legado de Bouts fue fielmente recogido por sus propios hijos: Dirk, el mayor, que siguió con exactitud el estilo de su padre, y Aelbrecht, su otro hijo varón que ya desarrolló un estilo mucho más personal y característico.

 

 




 

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