D. Campeny: "Lucrecia muerta" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Lucrecia muerta

 

D. Campeny

Lonja de Barcelona.

Real Academia de Bellas Artes de San Jorge.1804-1833.

 

El Neoclasicismo llegó a España con dificultades y cierta tardanza provocada por la implantación tan arraigada que el Barroco tenía en nuestro país. Será la llegada al trono de Felipe V en 1714 y su paulatino mecenazgo artístico, en el que predominaron artistas extranjeros que trajeron las nuevas modas, lo que progresivamente irá introduciendo el nuevo estilo en la Península.

En el caso concreto de la escultura, su desarrollo aún fue menor que en otras manifestaciones artísticas, debido al enorme peso del mecenazgo religioso que seguía inclinado por favorecer la imaginería policromada de tradición barroca. Así era difícil que se desarrollase una escultura monumental y de materiales nobles, pero de nuevo la influencia extranjera de artistas cortesanos, en su mayoría franceses, irá implantando poco a poco el nuevo estilo. En este sentido destacarían como primeras obras, la Fuente de Cibeles en Madrid obra de Francisco Gutiérrez, que también colabora en la ornamentación escultórica de la Puerta de Alcalá; la Fuente de Neptuno en la misma ciudad, de Juan Pascual de Mena; y la obra de José Álvarez Cubero, un escultor plenamente neoclásico, que recibe la influencia de Canova y que tiene en su grupo de La defensa de Zaragoza (Museo del Prado. 1823), la mejor muestra de su arte.

En cualquier caso, el artista más representativo del Neoclasicismo español es Damiá Campeny, nacido en Mataró en 1771. Campeny se formó como muchos escultores de su generación en la Llotja de Barcelona, logrando gracias a su talento precoz un pensionado en Roma, aspiración de todo artista que pretendía llegar a serlo. Allí en Roma estuvo Campeny desde 1797 hasta 1816, un amplio periodo de tiempo que le permitió entablar amistad con las grandes figuras de la escultura neoclásica, como Canova y Thorvaldsen, y sobre todo ampliar conocimientos y técnicas, hasta acuñar un estilo propio que lógicamente estaría muy determinado por la influencia de los artistas antes citados y especialmente por Canova, al que Campeny admirará con entusiasmo. De vuelta a Barcelona él mismo será profesor de la Llotja y director de la sección de escultura.

Campeny por tanto pasa por ser una de las figuras más conocidas de la escultura neoclásica española, porque en la mayoría de sus obras se observa el detallismo, la mesura, la talla precisa y las composiciones equilibradas del más puro Neoclasicismo, cuya inspiración es evidente que encuentra su mejor referencia en Canova, tanto es así, que en más de una ocasión se le acusó de plagiar obras del escultor italiano. Con todo y con eso, pasado el tiempo también se verá irremediablemente influido por la estética de las nuevas tendencias que se van imponiendo en los comienzos del siglo XIX, como el Romanticismo, alguno de cuyos aspectos aparecen en algunas de sus piezas.

Es precisamente lo que ocurre en la obra que hoy comentamos, su escultura más famosa sin duda, la Lucrecia muerta, una talla de clara inspiración clasicista, pero en la que también se impone la fuerza del sentimiento y de la pasión, bajo el tenue velo de la tristeza y la melancolía, elementos típicamente románticos. Una pieza por otra parte que demuestra también la meticulosidad del trabajo de Campeny, porque iniciada en sus primeros bocetos en 1804, no le dará forma definitiva en el mármol hasta 1833.

La iconografía de Lucrecia también entremezcla componentes neoclásicos con otros románticos: Lucrecia, patricia romana y mujer de Colatino, fue violada por Sexto, hijo del rey Tarquino, por lo que se suicidó, tras informar a su esposo. Tras esto, Bruto alzó al pueblo en rebelión, ocasionando el final de la Monarquía y el inicio de la República. Es una iconografía por tanto que remite al mundo romano y a la exaltación de las virtudes morales, en este caso la grandeza de la castidad, la pureza y la sinceridad de Lucrecia, elementos característicos de la temática Neoclásica, pero por otra parte es también un símbolo del heroísmo y un gesto pasional que provoca una revolución, detalles que invocan un componente romántico.

Desde el punto de vista formal se adviertela huella Neoclásica, y más concretamente un influjo canovista en distintos registros, como en la postura adoptada por Lucrecia, recostada como los retratos sedentes de Canova, y también por el detalliismo y la precisión de la talla, pero más allá de estos aspectos, no es "un Canova" su "Lucrecia". Está lejos de la petrificación marmórea de las obras neoclásicas y de la frialdad que suelen transmitir. Por el contrario la obra de Campeny destaca por la morbidez del cuerpo de la protagonista, por la ampulosidad de los paños, y por esa expresión serena y entremezclada con su indudable sensualidad, que logra transmitirnos el triunfo de su virtud y su victoria ante la muerte.

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