| D. Ingres: "La gran odalisca" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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”La gran odalisca”. D. Ingres. Louvre. París. 1814.
Durante buena parte del S. XIX la pintura va a estar supeditada al dictado impuesto por las Academias de Bellas Artes, que velaban porque el desarrollo del arte se ajustara a los principios esenciales que habían quedado establecidos durante el periodo neoclásico, evitando veleidades y experimentaciones que siempre iban a ser mal vistas. Por otro lado, al rigor impuesto en la creatividad de la época por las Academias se sumaba la de los Salones Oficiales, prácticamente el único espacio donde los artistas podrían exhibir sus obras, pero que estaban igualmente sujetos al criterio de aquéllas. De ahí que cuando a lo largo de este siglo vayan surgiendo movimientos alternativos como el Realismo o el Impresionismo su exposición pública deberá seguir cauces extraoficiales y a veces ilícitos, creando una notable polémica que contribuyó al carácter rebelde que en muchas ocasiones asumieron estas tendencias. Por el contrario, los artistas academicistas que se acoplaban a las normas establecidas tenían asegurado el éxito de sus exposiciones y naturalmente el de la venta de sus obras. Se exigía principalmente un riguroso motivo iconográfico, basado en temas clásicos, históricos o religiosos, considerados como los propios de la gran pintura. Desde el punto de vista formal se requería equilibrio y elegancia, lo que se resumía en el concepto genérico de “buen gusto”. Un dibujo preciso y preeminente sobre la aplicación del color; una gama cromática armoniosa y sin estridencias; una luz envolvente y difusa; y un modelado preciso y compacto. Se cuida especialmente la pincelada, que debe de ser nítida y exquisita, y que debe dar toda la apariencia de pleno realismo que caracteriza estas obras. A pesar de todas estas precisiones lo cierto es que la pintura académica no pudo evitar cierta influencia de las corrientes alternativas que iban surgiendo en paralelo y que afectó también a ciertos autores, que de otra manera hubieran entrado en un callejón sin salida totalmente estéril, pero que a pesar de su estrecha vinculación al academicismo lograron que su obra tuviera una repercusión indudable y un calidad extraordinaria. Ese sería el caso de autores como T. Couture, E. Meissonier; J.L. Gérôme, y por encima de todos ellos la figura egregia de Doménico Ingres (Montauban 1780- París 1867), contemporáneo del Romanticismo primero y de otras nuevas corrientes después, pero que como discípulo que fue de David establecería las bases de la pintura academecista. Sus obras son el mejor exponente de la normativa antes comentada: pinturas esculturales, inspiradas en No obstante, su temática halla inspiración en un elemento propio del Romanticismo, movimiento que aunque sea mínimamente, también influye en este autor al coincidir como hemos dicho con el momento en que pinta este cuadro. Nos refirimos a la temática del exotismo de los países orientales que tanto atraían el alma idealizada de los románticos y que también es aprovechado por Ingres en varios de sus cuadros. Lo que demuestra esa incidencia ya señalada del arte alternativo sobre el rigor del academicismo. En el caso de Ingres además, y dada la longevidad de su obra, se vería igualmente influido más adelante por el Realismo y hasta por las primeras obras impresionistas. La gran odalisca es un encargo que le hace al pintor Carolina Bonaparte, en ese año y por poco tiempo, reina de Nápoles, y toma como referencia el mundo exótico de las mujeres que formaban el harén de los sultanes turcos, de donde proviene el término odalisca que deriva del turco odalik. Es por ello un cuadro cuyo tema deja entrever ese exotismo de influencia romántica que alcanzó a diferentes obras de este autor, y que en este caso queda manifiesto en la propia voluptuosidad del desnudo, pero también en objetos concretos como el abanico, la pipa o el turbante que cubre su cabeza, signos claros de tradición oriental. Formalmente, la representación del desnudo resulta muy personal por su concreción y rigor, conseguido a base de un dibujo nítido y de una utilización de la luz que le permite recrear volúmenes auténticamente escultóricos. La indudable sensualidad de Resulta evidente que el color tiene un papel protagonista. Un color nítido y vidrioso, pero al mismo tiempo gozoso. Las mismas carnaciones de la odalisca, aún siendo frías, resultan sugerentes. En este sentido tiene indudable mérito el contraste cromático de la figura con su entorno. Y por supuesto la propia disposición del desnudo, muy insinuante y curvilíneo, en el que algunos autores han visto la inspiración de ![]() Otros artículos de esta sección...
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