| D. Velázquez: "La Venus del espejo" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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D. Velázquez
Nacional Gallery. Londres. 1648.
La pintura española en el S. XVII coincide con un momento de esplendor inusitado, tanto por el número de magníficos pintores que coinciden en este período, como por las obras que realizan, de una enorme altura y maestría. No es de extrañar por ello que éste sea considerado nuestro Siglo de Oro y de que su influencia alcanzara no sólo a los artistas inmediatamente posteriores, sino a movimientos pictóricos mucho más tardíos, caso del Impresionismo, que vio en pintores como Velázquez, un anuncio de la importancia del color y de la pincelada suelta como forma de expresión espontánea y viva. La pintura barroca española se inscribe en la tendencia general de una plástica movida, directa y fuertemente expresiva, elementos todos ellos implícitos tradicionalmente en nuestra tradición artística, lo que contribuye a coronar el éxito de este estilo entre nuestros pintores. Por ello mismo es una pintura dominada por la importancia del color y el efectismo de la luz, que al principio del siglo sigue las corrientes tenebristas, pero que pronto adquiere la diafanidad y brillantez que le son características. Es también una pintura de técnica muy libre de pinceladas sueltas y manchas de color, de pastosidad gozosa y gran fuerza expresiva. Son muchos los pintores magistrales que podríamos citar dentro de este ámbito, Jusepe Ribera, Francisco Zurbarán, Bartolomé Esteban Murillo o Juan Valdés Leal, pero es incuestionable que por encima de todos ellos destaca la figura deslumbrante de Diego Velázquez Se trata de un pintor de una aparente sencillez en sus cuadros que sin embargo esconde una enorme complejidad, tanto desde el punto de vista iconográfico, como técnicamente. Fue capaz de dominar todos los géneros y de ganarse el favor de todos sus mecenas, en especial del rey Felipe IV, del que sería pintor de cámara y sin cuya admiración y favoritismo no hubiera podido desarrollar plenamente todas sus variantes y experiencias pictóricas. Desde muy joven demuestra su extraordinario dominio técnico, que resulta evidente en una obra de juventud considerada ya su primera obra maestra, “La vieja friendo huevos” (National Gallery. Edimburgo. 1618). En adelante se contarán sus obras como éxitos, entremezclándose todo tipo de géneros, pinturas de historia, bodegones, retratos, pintura religiosa e incluso de tema mitológico, como el que ahora nos ocupa. En todos los casos Velázquez va más allá de todas las influencias que pudiera recibir, primero del tenebrismo y más tarde de lo mucho que pudo aprender en sus dos viajes a Italia. El tratamiento que le otorga a la luz y el color; su pincelada libre y de mancha, que tanto emocionaría a E. Manet; la profundidad psicológica de sus retratos; su captación de la instantaneidad y el movimiento; su magisterio en el tratamiento de la perspectiva y en la composición de sus pinturas; la originalidad de sus temas y la complejidad iconográfica de algunas de sus obras, lo hacen un pintor excepcional. Aunque, como decía Dalí, en un cuadro de Velázquez nada sorprende más que sentir el aire que se respira en los espacios pintados de sus lienzos. Y es verdad, Velázquez era capaz de pintar el aire y hacérnoslo sentir, y eso realmente está más allá de la genialidad de cualquier otro artista. También en esta obra que nos ocupa, Velázquez resulta un pintor original, especialmente por el tratamiento que hace de este tema mitológico. En efecto, la iconografía de Venus con Cupido había sido tratado ya por numerosos pintores desde múltiples visiones (Tiziano, Tintoretto, Giogione, Rubens...) y Velázquez, es lo que hace también en este cuadro, pero de una forma totalmente diferente. Pinta a Venus recostada, de espaldas y reflejada en un espejo. Cupido por su parte aparece como postergado, subyugado, maniatado (de hecho lo está por las cintas enrolladas en sus muñecas), absorto, en fin, en la contemplación de Venus, lo mismo que el amor, lo está de la belleza. Venus así pintada en el espejo, es reflejo y por tanto símbolo, no sólo de la belleza, tanta la suya que es imposible de reflejarla con plena fidelidad (de ahí que Velázquez no pueda hacer otra cosa que disipar su rostro en el fulgor de un destello sobre el espejo), sino también, y dada su postura y actitud, símbolo de la vanidad. Desde el punto de vista formal la obra es igualmente un canto a la belleza: primeramente por el color, esa sinfonía cromática realmente magistral en la que sobre un ambiente rojizo, pleno de sensualidad, destaca el color brillante y pleno de la carne, cuyo contraste además en medio de los grises y blancos que la entornan, consigue un impacto visual realmente electrizante. El mismo que aporta también el violento contraste entre el rojo, cálido y sensual, y el azul, frío, que lo enmarca. Después la línea: ese tratamiento de las formas a través de trazos curvilíneos, que nos transmiten esa sensación sensual, gozosa, apasionante, patrimonio de una Venus que deja arrobado al amor. Por último, la pincelada: de nuevo esa pincelada de empaste grueso, de mancha vibrante y nerviosa, que impacta sobre la mirada del espectador con toda su fuerza expresiva. Una pintura excepcional. ![]()
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