Dama oferente PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

Dama oferente

Museo Arqueológico Nacional. Atenas

(procedente de Tirinto)

S. XIII a.c.

 

Desde la llegada de invasores micénicos a Creta, lo que al parecer se produce a  finales del S. XV a.c, hay un trasvase cultural en profundidad desde la isla al continente, lo que no ha de resultar extraño considerando el nivel alcanzado por la civilización minoica. En un caso similar al que ocurrirá muchos siglos después entre griegos y romanos, también en estea ocasión un pueblo rudo y guerrero, como el micénico, se verá sorprendido y acomplejado por el esplendor cultural y artistico cretense, lo que irremediablemente motivará su imitación.

Ocurre en todos los ámbitos artísticos, pero tal vez donde se advierta con mayor notoriedad sea en el caso de la pintura.

La pitura micénica por tanto es heredera de la minoica, bien conocida a través de los frescos de los palacios cretenses, como Cnossos o Hagia Triada, pero también de algunos yacimientos encontrados en islas como Thera (Santorini), caso del de Akrotiri, dentro del espacio imperial minoico.

En el caso de Micenas se han encontrado restos de pintura mural a partir del 1400 a.c., en centros como Tebas, Tirinto, Micenas y Pilos, principalmente.

La técnica es la misma que en Creta, estuco pintado al fresco; utilizando colores planos de tonos muy vistosos, predominantemente azules y blancos, aunque también amarillos y rojos, reservando los negros para contornos y perfiles que quedan así muy marcados. También los temas están claramente influenciados por la pintura cretense, especialmente los procesionales, sobre todo de mujeres, así como imágenes de fauna y flora, en los que vuelve a aparecer el tema del toro, reverenciado también en Micenas. Compositivamente es una pintura de formas un tanto estereotipadas, cierta rigidez en su disposición y la consabida representación en perfil, que en ocasiones repite la formulación cretense, heredada del arte egipcio, de pintar los cuerpos frontalmente y las extremidades y rostros de frente.

No obstante también se pueden constatar ciertas diferencias. En la pintura micénica se amplían los temas, y así aparecen escenas de caza o de guerra, que no existían en Creta y que responden a la diferente idiosincrasia de ambos pueblos. Por otra parte formalmente, las imágenes micéncias resultan más rígidas, más reiterativas, de perfiles más gruesos, y curiosamente se encuadran las escenas por medio de marcos pintados a base de bandas decoradas con espirales, entrelazos o motivos geométricos. Se nota, en resumen, una menor espontaneidad y fescura en esta pintura, que resulta más envarada y menos libre que la que realizaran los pintores minoicos, en buena medida como consecuencia de un esfuerzo de imitación que probablemente se imponía a su propio espíritu creativo.

En cualquier caso hay ejemplos de frescos micénicos que siguen resultando tan atrayentes y vistosos como los minoicos, y entre ellos el caso que hoy nos ocupa, el de la Dama Oferente procedente de Tirinto.

Responde al modelo iconográfico de tipo procesional, tan habitual en Creta, y que se repite de forma mimética en Micenas. Son mujeres en su mayoría, algunas de tamaño natural, vestidas a la moda cretense con largos vestidos de volantes, de cintura muy ajustada y chaquetilla de manga corta, de la que sobresalen, voluptuosos, pechos generosos que desbordan el corpiño, en alusión directa al simbolisimo de fecundidad con el que se asocia en las culturas antiguas la presencia femenina en este tipo de representaciones. Ese mismo carácter ceremonial, de índole religiosa suponemos, explica la representación tan cuidada del cabello, también peinado a lo cretense, de amplios rizos trabados a base de cintas y diademas. En sus manos porta un píxide, una caja de cerámica en la que se guardaban afeites y ungüentos, y que en este caso tendría también un carácter oferente.

La pintura está muy restaurada y reconstruida en las partes que faltaban, lo que curiosamente también supone una imitación a los procesos restauradores iniciados por Evans en Creta. Y como las pinturas cretenses, resulta de una gran vistosisdad por la nitidez del perfilado, la sencillez formal de la figura y sobre todo la vivacidad del color, de tonos intensos y en plano, que potencian enormemente su atractivo.

De todas formas se advierten en ella algunos de los aspectos diferenciadores del arte micénico que hemos señalado anteriormente en comparación al minoico, no sólo los encuadres pintados y el marcado perfilado de la figura, sino principalmente una mayor rigidez en la disposición de la figura y una excesiva geometrización de las formas, lo que le resta naturalidad, aunque por otra parte favorece la representación de su carácter procesional.

Con todo y con eso, esta Dama oferente es otra de las imágenes hermosas de una pintura griega primitiva, de la que ya no se volverán a encontrara restos hasta que aparezcan los correspondientes a la pintura helenística, ya del S IV a.c.

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