| De Chirico: El enigma de un día. II |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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”El enigma de un día. II”. G. de Chirico. Museu de Arte Contemporânea da Universidade de São Paulo. 1914. Giorgio De Chirico (Vólos. Grecia 1888- Roma 1978) aunque nacido en Grecia procedía de una familia italiana asentada en Alemania. Estudió en Atenas y Florencia e ingresó asimismo en Un viaje a París, en el que realizara una escala en Turín, terminará de inducirle hacia el camino visionario que había iniciado. Vio entonces Turín, ya no sólo como una ciudad clásica, con sus arcadas y sus plazas amplias y enormes, lo que también se reflejaría como una constante en su obra, sino que también la vio sobre todo como una ciudad “metafísica” según sus propias palabras, es decir como una ciudad vacía, misteriosa, llena de espacios para la evocación del pensamiento y la reflexión, en la que indudablemente la arquitectura va a ser un elemento consustancial a esa sensación, como lo será a su pintura. Nace así la primera etapa (y sin duda la más interesante) de su singular pintura, que lógicamente recibe el nombre de metafísica, por su trascendencia más allá de los real, y por su carácter mágico y onírico. Una vez más es Apollinaire quien percibe la “modernidad” de la obra del nuevo pintor y bautiza su estilo. Aunque en realidad se trataba de una radical confrontación a las vanguardias del momento: Cubismo y Futurismo, ya que De Chirico apuesta por la exaltación del ideal clásico y el regreso a la precisión en el dibujo. No importa, el resultado es enormemente sugerente, porque es un mundo ajeno, extraño, de ensueño: siempre marcado por visiones urbanas de ciencia ficción, de plazas y calles vacías y silenciosas, de grandes arcadas flanqueándolas y edificios clásicos, totalmente deshumanizadas porque no hay figuras, y si las hay o son minúsculas como insectos o se trata de simples maniquíes. Un entorno en fin, en el que parece que el tiempo se hubiera detenido. Algunos detalles resultan reiterativos en sus cuadros y en muchas ocasiones contradictorios: chimeneas humeantes sobre construcciones clásicas; banderolas que ondean al viento en atmósferas totalmente serenas, espacios amplios, a veces vacíos, y siempre tratados en contradicción a las reglas de la perspectiva; ferrocarriles que atraviesan en lontananza muchos de sus lienzos y que se suelen relacionar con la pérdida de su padre, que era ferroviario y que la sufre el pintor en plena adolescencia; incluso también las combinaciones de frutas y bustos clásicos, en alusión al enfrentamiento entre civilización y naturaleza; las sombras alargadas, propias de la luz crepuscular, que invita siempre a la melancolía, como decían los clásicos. No faltan las estatuas, como uno más de los guiños clasicistas que abundan en sus cuadros, pero también en ocasiones alusión a la figura paterna, como ocurre con el Hijo pródigo; y son frecuentes también los baúles en medio de la calle, que rememoran la figuran de Nietszche, que tanto le influye, y que al parecer era una de sus pertenencias más famosas cuando viajaba pues era tan grande que llenaba las habitaciones en que moraba, de tal manera que De Chirico parece que al sacarlo a la calle, la llenara de Nietszche, de su silencio, de su pensamiento, de su inmenso sentido metafísico. Como era lógico, esta pintura que antecede en algunos años la explosión del grupo surrealista, hechizó a todos sus miembros, de tal forma que podemos considerar a De Chirico un auténtico inductor del futuro movimiento: cautivó a Breton, a Tanguy que decidió ser pintor cuando descubrió a De Chirico, a Magritte, a Delvaux, a Dalí o a Max Ernst. Al fin y al cabo todo lo que definirá al grupo surrealista está en los cuadros de Chirico: el sentido onírico de sus cuadros, sus múltiples símbolos, sus contradicciones plásticas, sus signos sexuales, sus continuas ensoñaciones... De todo lo dicho, casi todo está presente en la obra elegida. Las amplias arcadas, los espacios vacíos, la nostalgia por la plástica renacentista, las esculturas clásicas, las figuras diminutas, el detalle del ferrocarril, la arquitectura como constante, las sombras alargadas y sobre todas ellas, la sensación de imponente soledad que planea sobre la escena. La atmósfera (la stimmung de Nietszche) “extraña, profunda, misteriosa y solitaria”. Desde el punto de vista estrictamente plástico domina el dibujo, de una enorme simplicidad pero muy sugerente, y los colores, fundamentalmente planos, pero de una gran fuerza visual.
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