Diego Rivera: "El hombre en la encrucijada" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”El hombre en la encrucijada”.

D. Rivera.

Palacio de Bellas Artes. Ciudad de México. 1934.


La evolución artística que se produce en México a principios del S. XX tiene una relación directa con su contexto histórico. Un momento especialmente singular porque es allí donde se produce la primera revolución campesina y popular del S. XX. Antes incluso que la de la Unión Soviética. Un movimiento que comienza en 1910 y que acaba con la dictadura de Porfirio Díaz, pero que tendrá algunas características particulares, porque aún tratándose de un nuevo estado obrero y anticolonial, permitirá sin embargo la propiedad privada y el capitalismo.

No obstante en este nuevo estado mexicano, el arte ocupa un papel preferente porque se impulsa desde las instancias oficiales un arte popular que había de servir para exaltar los nuevos ideales revolucionarios, pero también para divulgar la nueva ideología entre las masas, mayoritariamente analfabetas, en un esfuerzo similar al de la Edad Media cuando la Iglesia utilizaba la iconografía cristiana para difundir su doctrina entre la población iletrada.

De ahí la expansión del muralismo mexicano en esos años, porque es precisamente a través de las grandes decoraciones murales en los principales edificios oficiales, como el arte asume este papel propagandístico en el nuevo México. Entre los principales muralistas que alcanzan ahora notoriedad se hallan los pintores mexicanos más destacados del momento, como José Clemente Orozco, David Alfaro Sequeiros y sobre todo, Diego Rivera, que pronto alcanzará fama internacional.

Diego Rivera (Guanajuato, México 1886-Ciudad de México 1957), de hecho obtendrá muy joven una beca de estudios que le permitirá viajar a España y a Francia, donde se encontrará de cara ante la ebullición que se está viviendo en esos momentos con las primeras vanguardias artísticas, y más concretamente con el Cubismo. Una tendencia, la cubista, que Rivera asimila pronto y bien, por ello mismo, hay una etapa plenamente cubista en Diego Rivera entre los años 1910 y 1920, con obras que asumen perfectamente el doctrinario sobre todo del Cubismo Sintético. Pero un posterior viaje a Italia, y su propia formación paisajista devolverán su estilo a un criterio más clásico, donde de nuevo toma cuerpo la figuración y el realismo. Una opción que enlazará perfectamente con las nuevas premisas artísticas que se están desarrollando en el México revolucionario, con el que además Diego Rivera se identifica políticamente desde un primer momento. Empieza entonces su amplia y larga labor de muralista que es a la larga la que le ha perfilado su fama internacional.

Sus primeros murales, la mayoría realizados al fresco, los realiza en la Escuela Preparatoria Nacional de México al que siguieron los de la Secretaría de Educación Pública, el Palacio de Cortés en Cuernavaca, la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo y sobre todo la obra que sellará su reconocimiento internacional, el Palacio Nacional de la Ciudad de México. En todas estas obras los murales de Diego Rivera resultan de una enorme espectacularidad, por sus dimensiones, por sus efectos perspectivos, por la originalidad de sus composiciones, y el colorido alegre y vistoso de sus obras. En ellas destaca su realismo visual y una figuración que podría relacionarse con el realismo socialista que en los mismos años y bajo las misma concepción ideológica se está desarrollando en la incipiente Unión Soviética. Si bien Diego Rivera añade un sello personal a su estilo en el que cuenta su formación en la vanguardia europea y su relación con el Cubismo, de ahí también la estructura sólida de su figuración y el carácter iconónico que en ocasiones parece desprenderse de sus imágenes, en buena medida debido al soporte geométrico que las sostiene.

Esta amplia obra desarrollada en México y su valía pictórica reconocida en Europa le convierten al llegar los años treinta en un artista afamado y exitoso. Es entonces cuando entabla una relación amorosa apasionada con Frida Khalo, que a pesar de sus posteriores veleidades con otras muchas mujeres, siempre será su referente y la musa que aparece en muchas de sus obras. También es entonces cuando por coherencia ideológica se afilia al Partido Comunista. Lo que no impide que sea también en ese momento álgido de su vida artística cuando comiencen los encargos murales que le hacen desde los Estados Unidos. Primero será en el Instituto de Artes de Detroit, después en el New Workers School de Nueva York, en el Pacific Stock Exchange de San Francisco, en el City Collage también de San Francisco, en el Art Institut de la misma ciudad, y asimismo en el famoso complejo arquitectónico que se construye en plena Fifth Avenue de Nueva York, el Rockefeller Center, en el que desarrolla el complejo mural que hoy nos ocupa, El hombre en la encrucijada. Lo que ocurre es que este gran mural nunca llegó a desarrollarse en el emplazamiento para el que estaba ideado. Cuando Diego Rivera lo estaba terminando, incluyó en un lugar preeminente de la representación el retrato de Lenin, allí, en el corazón mismo del universo capitalista, lo cual produjo un enorme revuelo mediático, una crítica generalizada al autor y el disgusto monumental de John Rockfeller Jr. que se lo tomó como un insulto personal y mandó destruir el mural antes de que se hubiera acabado. Vuelto a México, Diego Rivera aprovecharía el trabajo ya hecho y volvería a realizar el mismo mural, ahora en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México.

En conjunto la obra representa al Hombre en la encrucijada de la Historia: el hombre que está en el centro sirve de frontera entre las figuras que se hallan a la izquierda y que representan el pasado y las de la derecha que representan el futuro. Entre los mitos del pasado pueden distinguirse las figuras de la divinidad, siempre presente en la Historia de la humanidad, así como personajes que marcaron una época como Charles Darwin. En buena medida esta imagen de un pasado caduco simboliza el capitalismo, con sus máquinas y sus figuras enmascaradas. Por el contrario, el futuro está liderado por el propio Lenin y el triunfo del Socialismo, lo que desde luego no podía agradar que pudiera contemplarse en el vestíbulo de entrada, nada menos que del Rockfeller Center.



 


 

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