| E. Delacroix: "La libertad guiando al pueblo" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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”La libertad guiando al pueblo”. E. Delacroix. Museo del Louvre. París. 1830. El Romanticismo irrumpe en la escena artística del primer tercio del S. XIX con toda la fuerza de su rebeldía y su inconformismo frente a la dictadura impuesta por las Academias. No podía ser de otra forma. El arte no puede constreñirse a unas únicas fórmulas establecidas, porque la libertad es la esencia misma de la creación artística. Algo así debieron pensar los jóvenes artistas que veían cerrados los Salones Oficiales a la exhibición de sus obras en cuanto se salían del criterio estético neoclásico, y que impregnados del sentimiento revolucionario que se extendía por Europa en esas mismas fechas, decidieron hacer de su propia obra un alegato contra el arte Neoclásico y en defensa de la libertad. Por ello el movimiento romántico está basado en principios opuestos a los proclamados desde las Academias de Bellas Artes. Se reivindica, así la subjetividad del arte y la preeminencia de los sentimientos, frente a la objetividad y la razón neoclásicas; se idealiza la época medieval en detrimento de los periodos clásicos; y se aprecia especialmente el exotismo del Oriente, en contra del entorno próximo, al que ahora se desdeña. Desde el punto de vista puramente pictórico el Romanticismo defiende también aquello que se criticaba en la etapa anterior: se recupera la pincelada suelta y aplicada en grandes superficies de color; se impone por tanto el trazo grueso sobre al línea; se agitan las composiciones y se introduce el movimiento; los colores ganan en empaste y luminosidad; y se alientan los contrastes y claroscuros. También los temas cambian radicalmente. Del tema histórico, pretexto de enseñanzas morales utilizado en la pintura Neoclásica se pasa ahora a la recreación de temas actuales que se idealizan igualmente pero con una finalidad reivindicativa de carácter político. Es éste el Romanticismo característico especialmente de la pintura francesa, aunque no es el único, ya vimos en su momento en esta misma sección de “Miradas”, que también se dio, especialmente en Alemania, un romanticismo más introspectivo y soñador como el que desarrolló Friedrich. Aunque ciertamente fue el legado francés el que más se difundió por el resto de Europa y el que terminó por acuñar las características más emblemáticas del movimiento, gracias especialmente a las figuras representativas de T. Géricault y E. Delacroix. Del primero ya vimos también su obra más conocida en esta sección, de hecho fue la primera de nuestras Miradas, así que hoy nos toca hablar del segundo. Eugène Delacroix (Charenton 1798-Saint Maurice1863), hombre apasionado y atormentado, pensador y escritor vehemente, fue discípulo y amigo de Géricault, y aparte de su admiración por Rubens o Veronés también se nota desde muy temprano cierta influencia de ciertos pintores ingleses del momento, como Constable. Un viaje al Norte de África en 1832 le abrió el mundo exótico y oriental tan característico del gusto romántico. Su diario escrito entre 1822-1824 y desde 1847 hasta su muerte, nos refleja al hombre apasionado que fue, así como sus ideales románticos. También nos presenta al París de la época, incluídos sus amigos Baudelaire, Dumas, Víctor Hugo o Merimée. De todas sus obras sin duda ninguna la que hoy comentamos es la más popular y conocida, hasta convertirse en un emblema y un icono de lo que representa la lucha política por las libertades. De hecho, la ejecución de este cuadro coincide con el momento histórico de las Tres Jornadas Gloriosas de París de julio de 1830, que derrocan a Carlos X y entronizan al "rey de las barricadas", Luis Felipe de Orleans. La temática por tanto no puede ser más plenamente romántica: es el triunfo de Estéticamente el cuadro supone asimismo un cambio radical. Es un cuadro de composición bulliciosa, agitada; de luces contrastadas que animan enormemente la escena; de pincelada suelta vibrante y espontánea, que se diluye en meras extensiones cromáticas en los segundos planos, y cuyo color, vigoroso y lleno de pasta, contribuye a subrayar la fuerza dramática de la escena. Todo ello tiene una referencia precisa en la influencia ejercida por Goya, y en concreto de algunos cuadros suyos como La carga de los mamelucos o Los fusilamientos del tres de Mayo, que como se dijo en su momento están anticipando precisamente el origen de la pintura romántica. No sólo se toma de Goya la técnica pictórica sino incluso algunas figuraciones con tipos populares flanqueando a A pesar de todo, el cuadro todavía encuentra reminiscencias clásicas, como por ejemplo la imagen de
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