| El Bosco: "El jardín de las delicias" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Tríptico del Jardín de las delicias. El Bosco
Museo del Prado. Madrid. 1500-1510.
El Bosco (s'Hertogenbosch. Hacia 1450-1516) es cronológicamente el primer artista que debemos considerar en el ámbito pictórico del Quinientos en los Países Bajos. Su pintura contradictoria, su distanciamiento de cualquier influencia italianizante, y sobre todo su característico detallismo flamenco, lo sitúan en algunos compendios de Historia del arte dentro del periodo gótico. Sin embargo su pintura tampoco es medieval, y además, presenta un componente de carácter humanista, bien patente en su relación con el humanismo coetáneo de Erasmo de Rotterdam. La pintura del Bosco es en cualquier caso muy singular y extraordinaria, y como tal, muy difícil de encuadrar en ningún estilo concreto. Es una pintura fantástica, de monstruos imposibles y figuras locas, cuya lectura simbólica, muy compleja, termina por mostrarnos un mundo al revés. El mismo mundo que nos relata Erasmo en su Elogio de la Locura, que como en la obra de El Bosco, pretende criticar irónicamente a la Humanidad exagerando a través de la extravagancia sus debilidades. Así los locos de El Bosco (La nave de los Locos Louvre. 1510-1515) son los mismos que Erasmo considera como los únicos libres y felices. Se trata de invertir los términos exaltando la sinrazón como mejor crítica a la razón, tantas veces nociva para el Hombre. En última instancia se trata de sacar a la luz el lado oculto del Hombre, lo que tiene de animal y de irracional para contraponerlo a su cordura, a veces tan nefasta. Por eso toda la obra de El Bosco resulta tan original y por ello en seguida fue descubierto y valorado como elemento de estudio de los psicoanalistas de la Escuela de Viena. Y por esa misma razón fue también reconocido como antecedente de la pintura surrealista, fundada en los mismos componentes temáticos que su pintura, la plasmación del yo oculto, del yo irracional. Aquéllos a través del subconsciente, El Bosco a través del Yo-irracional. Esto hace muy difíciles de interpretar las obras de este pintor, que en muchas ocasiones cuenta con varios estudios contradictorios sobre un mismo cuadro. Así ocurre con la obra que hoy comentamos: El Jardín de las delicias. Para algunos autores como Fraenger, El Jardín refleja las doctrinas de una secta adamita a la que según el autor, El Bosco pertenecía, y que consideraban la libertad sexual como una vía para la salvación de las almas. De ahí se deduciría un contenido hedonista en el cuadro. Otros por el contrario no conciben la pintura de El Bosco como herética, y consideran la obra una sátira de los pecados y desvaríos de los hombres que convierten a éstos en bestias, lo que explicaría a su vez la rica simbología de la obra, y enlazaría con la valoración general que se ha hecho al principio de la obra del pintor. Lo que no se puede negar es la enorme riqueza iconográfica de la tabla, cuya estructura temática y formal se dispone en forma de tríptico: En la parte de la derecha se representa la Creación. Más concretamente, el momento de la creación de Eva por el Padre ante un Adán contemplativo. En el centro aparece una fantástica fuente presidida por una lechuza. La fuente algunos la han interpretado como la fons vitae o fuente de la vida, pero en este caso con un sentido maléfico, el de una vida nacida con el pecado, lo que permite ponerla en relación también con el Árbol de la ciencia del bien y del mal, testimonio del pecado original. En este sentido resultaría significativa la imagen de una lechuza, símbolo de la sabiduría en la Antigüedad, pero del mal en la Edad Media. Contribuyen a esta misma idea los animales presentes en el lago que rodea la fuente, habitado por patos necios, cisnes orgullosos y sabandijas. El mismo sentido tendrían también los animales que en la parte inferior comienzan a devorarse entre sí, o aquellos otros, mitad pez, mitad pato, tocados con caperuzas de fraile y que simbolizarían la estupidez de cierta parte del clero. A la izquierda el toro salvaje (símbolo de la pasión) acecha al unicornio blanco (símbolo de la pureza), y el elefante blanco, (símbolo de la castidad) es montado en sus lomos por un mono, símbolo de la lujuria. Si la tabla izquierda representa la Creación, la tabla central representa el Mundo. Un mundo de vicios y placeres al que los hombres se dedican en una composición abigarrada de patente horror vacuii. La representación sigue siendo simbólica y así los mencionados placeres se representan por medio de frutas, como fresas, cerezas, moras y frambuesas, que aluden a lo efímero del placer sexual. Algunas figuras aparecen inmersas en pompas o esferas de vidrio, aludiendo también a la eventualidad del deleite, según confirma el refranero popular: "el placer es como el vidrio, cuanto mayor más pronto se rompe". También aparecen hermafrofitas y ratones, símbolos éstos últimos de la envidia, sobre todo de aquellos que observan los placeres de los demás. En conjunto por tanto un mundo abarrotado de seres en su mayoría infelices o atrapados en la ansiedad de una vida orientada exclusivamente al goce, y más concretamente al goce carnal. La tabla izquierda representa el Infierno. Está presidido por una figura en forma de huevo roto en el que se adivina el autorretrato del autor, que para más datos sufre en su pierna derecha un chancro sifilítico y ve coronada su cabeza por una gaita, símbolo de la inversión sexual. Todo ello vendría a ilustrar en el propio ejemplo de su autor, el castigo que conlleva el exceso en el placer carnal representado en la tabla anterior. Rodeando a esta figura aparecen muchas otras. Destacaríamos por su contenido sarcástigo los clérigos con picos de ave por ser malos predicadores, y los que sufren el castigo terrible de verse aprisionados entre instrumentos musicales, alusión según Fraenger a la lucha por alcanzar la armonía universal. Tampoco se salvan de los castigos eternos las monjas que comercian con reliquias, convertidas aquí en cerdas. Al fondo y en la parte superior se desarrolla un espectáclo espectral y luminoso con edificios en llamas en medio de la tiniebla. En conjunto la obra resume la esencia de la pintura de El Bosco. Una pintura de enorme complejidad simbólica, y que lejos de pretender mostrar el triunfo del placer, utliza irónicamente la imagen de un mosaico hedonista para criticar los desmanes de la humanidad. De hecho las tablas cierran un círculo temático coherente, pues nos viene a decir que lo que empezó mal para el Hombre desde el mismo momento de la creación por culpa del pecado original, deriva en un Mundo vacío e infeliz basado en los placeres materiales, y no puede acabar más que con los padecimientos del Castigo Eterno. Una pintura por tanto la ejemplarizante y por ello humanista, que se enriquece además con una imaginación desbordante y un humor sarcástico que deriva muchas veces en pura caricatura. Y son estos aspectos los que ponen en relación esta obra con un primer Renacimiento, por más que quede también en ella un residuo medieval de tradición flamenca en el detallismo formal y en su prolijo simbolismo, que traicionan un naturalismo, tal vez, un tanto incompleto.
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