El Castillo de Loarre PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Castillo de Loarre

Huesca. S. XI-XII.


Las circunstancias históricas que viven los reinos peninsulares durante la Edad Media, caracterizadas por un larguísimo periodo de enfrentamientos y conflictos bélicos y por el proceso continuado de la Reconquista, determina
la construcción de un innumerable conjunto de fortalezas de tipo militar, que tienen en general un marcado carácter funcional y un objetivo principal de refugio y defensa estratégica. Y es precisamente en época románica, alrededor por tanto de los siglos X al XII, cuando prolifera con mayor frecuencia la construcción de este tipo de edificios. En general se trata de castillos pequeños, de escaso alarde ornamental, y cuya función residencial se reduce a una torre principal, conocida como Torre del Homenaje, que agrupa habitaciones de servicio y recepción, y cuyas estancias nobles quedan reservadas al señor feudal.

En general estos castillos contaban además de la mencionada torre, de un recinto amurallado y un patio de armas, alrededor del cual se disponían las diversas dependencias, tanto de carácter militar como de mantenimiento de la población que la integraba.

No serían los únicos elementos definidores de la tipología característica de los castillos de la época: así su construcción en alto o aprovechando los riscos naturales, para reforzar su sistema defensivo; la utilización de fosos rodeando la entrada; muros de considerable espesor para soportar el ímpetu de arietes y proyectiles; almenas y matacanes rematando las construcciones en altura; aljibes que aprovisionaran de agua a la población interna, y puertas de acceso especialmente defendidas, bien con refuerzos exteriores o con entradas en recodo, que dificultaran el avance de enemigos en caso de invasión.

Como decimos son muy numerosos los castillos que se construyen en España en este periodo especialmente conflictivo de nuestra historia, y son muchos también los que se han conservado, pero sin lugar a dudas el ejemplo más sobresaliente por su estado de conservación, pero sobre todo por su calidad constructiva y la complejidad de su disposición general es el Castillo de Loarre, cercano a la población de Ayerbe en la provincia de Huesca.

El Castillo de Loarre se integra en un periodo especialmente brillante de las construcciones que se levantan en Aragón, en las que se advierte una doble influencia de las soluciones aportadas desde el taller de Santiago y los focos franceses del románico pleno, que coincidentes en esta zona actúan como un crisol que propicia la madurez plena del románico aragonés.

Loarre se sitúa en un lugar de privilegio, donde era inevitable que se levantara una fortaleza en este tiempo: primero por su valor estratégico, ya que domina la margen izquierda del Gállego y actúa de vigía sobre la cercana plaza de Bolea en poder de los musulmanes a principios del S. XI e incluso de la propia Huesca, pero también por su emplazamiento natural, en el que los riscos que rodean el altiplano lo hacían prácticamente inexpugnable.

En Loarre podemos distinguir hasta tres etapas distintas en su largo proceso constructivo: la primera fase coincide con la conquista inicial del emplazamiento por Sancho III el Mayor de Navarra en el primer tercio del S. XI. Se conservan de dicha época las Torres del Homenaje y de la Reina, así como un primer oratorio (Oratorio de la Reina), la Iglesia de Santa María. En esta primera fase se advierten algunas soluciones formales que ponen en relación estas construcciones con el carácter mozárabe que también puede rastrearse en un numeroso grupo de iglesias prerrománicas de esta zona del Pirineo. La pequeña iglesia de Santa María es una pequeña sala rectangular, de una sola nave por tanto y cabecera semicircular. En cuanto a las torres, la de la Reina conserva su alzado primitivo, de planta rectangular y tres pisos. Más empaque tiene la llamada Torre del Homenaje, en realidad una torre albarrana, que como avanzadilla defensiva se adelanta al resto de las edificaciones en la parte más vulnerable del castillo, la zona oriental. En este caso se levantan cinco pisos, con entrada en el tercero, a la altura del camino de ronda que rodea la primitiva muralla. Tanto por el trabajo en la piedra como por algunos detalles ornamentales en ventanas y aperturas resulta indudable el trabajo de maestros lombardos, de ahí su vinculación al primer románico y a la tradición de influencia mozárabe de la zona. De todas formas algunas partes de este núcleo, como la propia cubierta del oratorio, o la propia Torre de la Reina, son notablemente modificadas en la siguiente etapa constructiva del edificio

La segunda etapa, resultaría sin duda la más brillante. Se desarrolla a partir del último tercio del S. XI, bajo los auspicios de Sancho Ramírez, que además añade al carácter militar de la fortaleza una nueva condición religiosa al incluir el propio rey en el recinto una comunidad de canónigos de San Agustín. Se construye entonces la Capilla Real o Iglesia de San Pedro, sin duda la construcción más sobresaliente del castillo; la cripta de la propia iglesia; el acceso al castillo por su ala oriental; así como un extraordinario repertorio de escultura románica, relacionada con las principales corrientes europeas del momento.

La ampliación se concentra en la parte oriental de la edificación y comienza por el acceso, que sorprende por su amplia escalera de más de diez metros de largo, abovedada en cañón y que a mitad de trayecto abre a dos estancias, una a cada lado: la izquierda comunica con el que se supone que sería el Cuerpo de guardia, y la derecha con la cripta, sobre la que se levanta la iglesia de San Pedro. La cripta es una construcción robusta y sobria, abovedada en cuarto de esfera y con un curioso juego de vanos de medio punto y muy abocinados, que alternan las ventanas ciegas con las abiertas. Sobre la cripta se levanta la imponente iglesia de San Pedro, uno de los cantos de cisne de la arquitectura románica en nuestro país.

Se trata de un edificio de una sola nave, cubierta con una bóveda de cañón, pero que al llegar al tramo que antecede al altar mayor aborda una de las soluciones arquitectónicas más atrevidas del románica español: una cúpula sobre trompas de notables dimensiones, realmente espectacular. El ábside se cubre con bóveda de horno, repitiendo en su base el curioso juego de alternancia de vanos abiertos y ciegos que ya se diera en la cripta. En su base una decoración corrida de arcos ciegos de medio punto con decoración de tacos y hermosos capiteles figurados, dan el toque definitivo de calidad ornamental y constructiva a esta habitación. Incluso al exterior resulta impresionante esta iglesia, pues conjuga armoniosamente las formas curvas del ábside con las rectas de la cripta, dando a todo el conjunto un aire robusto a la par que original y dinámico.

La tercera y última fase coincide con la decadencia de Loarre como fortaleza al expandirse la reconquista más allá de Huesca, lo que sin embargo no impide que se asiente una población estable a su alrededor, y que su necesaria protección como núcleo urbano obligue a la construcción de una amplia muralla defensiva ya a finales del S. XII. Se extiende ésta en su extremo externo, ampliando así el perímetro del recinto con un total de nueve torres y un lienzo de muralla de fábrica mucho más vulgar que el resto de la construcción.


 

 

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