El Greco: "Martirio de San Mauricio y la legión tebana" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Martirio de San Mauricio y la Legión tebana”.

El Greco.

Monasterio de El Escorial. 1582.

La ruptura clásica que supone el nuevo lenguaje de la obra de Miguel Ángel y de la última etapa de Rafael, va moldeando paulatinamente un estilo diferente que es lo que hemos dado en llamar Manierismo. Se trata de una propuesta nueva que curiosamente, por surgir como reacción al clasicismo, no se verá definido por una serie de normas y principios, sino más bien por lo contrario, por la subversión de esas normas y por una autonomía entre los diferentes artistas que certifique precisamente esa libertad de acción.

Esa libertad es la que explica que podamos hablar de varios manierismos en pintura, no sólo porque el nuevo estilo surge en varios focos a la vez, sino porque cada artista aportará un aspecto diferente al movimiento, así A. del Sarto; Pontormo, Bronzino principalmente, aunque también Rosso, D. Beccafumi; el Parmigianino; y en Venecia, Tintoretto o el Veronés. Sin olvidar que en otros centros exteriores a la propia Italia puede hablarse de otros pintores plenamente manieristas como El Greco o Arcimboldo.

Cada uno en su peculiar estilo aportan aspectos diferentes a la pintura manierista, pero puestos a resumir algunas características que puedan simultanearse como propias de esta nueva tendencia cabría incluir los siguientes: la ruptura de la proporcionalidad; nuevas concepciones compositivas, asimétricas y con característicos agobios y vacíos espaciales; un concepto nuevo del movimiento con disposiciones en las figuras inestables y en posturas incómodas o imposibles; predilección por las formas helicoidales y serpentinatas en la composición; luces rutilantes, y sobre todo colores fatuos, llenos de intensidad y fuerza expresiva, que en algunos casos llegan a resultar colores irreales, encendidos y brillantes. A todo ello se podrían añadir otros detalles más singulares en cada caso, pero que también definen la impronta manierista, desde la originalidad y la fantasía en los temas, a la irreverencia religiosa; el carácter protagonista de escenas secundarias; las perspectivas forzadas con violentos escorzos; la exquisitez en los detalles o el erotismo velado, tan característico también de este momento.

Como hemos, dicho fuera de Italia también surgen pintores plenamente identificados con este estilo que alcanzan una talla excepcional. Es el caso de Doménikos Theotocópulos, llamado El Greco (Creta 1541-Toledo 1614), uno de los pintores más personales y extraordinarios. Nacido en la isla griega, entonces dependiente de Venecia, tuvo una rica formación en la que se entremezclan las más variadas influencias. En primer término son los propios iconos bizantinos existentes en su lugar de origen los que aportan un sentido místico y de fría expresividad a la obra de este pintor, pero sus posteriores traslados a Venecia y Roma terminarán de completar esa formación. En Venecia descubre el colorido de la pintura veneciana, y en Roma, primero un sentido puro del clasicismo, pero sobre todo el fuerte influjo manierista de Miguel Ángel, que dará un sentido característico a su pintura. Finalmente serán las obras que se realizaban en El Escorial y que estaban atrayendo a muchos artistas italianos hacia España, lo que también le atrajo a él a nuestro país, donde adquirirá la tercera influencia que marcará su arte, esa que coincide con la propiamente hispánica, que inunda su obra de cierto misticismo y de un expresionismo dramático muy español.

Se estableció en Toledo, y aunque su esfuerzo por introducirse en el amplio mecenazgo de Felipe II fue infructuoso, el ambiente cultural y el atractivo de la ciudad y sus gentes fue más que suficiente para que El Greco, así llamado en España por sus orígenes, se quedara para siempre en nuestro país. Su pintura realmente no gustaba a todo el mundo. A Felipe II tampoco, para el que hizo precisamente la obra que hoy comentamos, El martirio de San Mauricio y la legión tebana, cuyo estilo de un atrevido manierismo resultó demasiado extravagante para el rey. No obstante, la obra de El Greco es la de uno de los grandes nombres de la Historia del arte. Su personalísimo sentido del color y de las formas, y su peculiar interpretación del manierismo, unidos a su técnica excepcional y la riqueza de su amplia y variada formación, hacen de él ciertamente un pintor excepcional.

Técnicamente es un pintor tipicamente manierista, ya que su pintura presenta todas sus características: figuras desproporcionadas, actitudes heterodoxas o ambiguas, sensación compositiva de inseguridad y desequilibrio, distorsión de las figuras, provocación en el espectador, y sobre todo sus colores inimitables, encendidos e irreales.

En el cuadro que nos ocupa se narra el martirio del general romano Mauricio y de toda su legión por negarse a participar en los sacrificios de los dioses paganos.

Es la articulación del cuadro, original, novedosa y compleja la que le otorga al lienzo un especial atractivo. En primer plano dispone El Greco a los generales romanos discutiendo sobre el trance en que se hallan. Pero lo hacen como envueltos en una atmósfera sobrenatural, donde los gestos y las actitudes sólo denotan una postura de aceptación mística.

En segundo plano y en una curiosa perspectiva serpentinata, se coloca a todos los miembros de la legión tebana, algunos ya decapitados y otros esperando a serlo, en una visión sincrónica en la que no hay evolución cronológica, sino que se confunden pasado y futuro en una negación de la dimensión del tiempo que refuerza el sentido sobrenatural, idealizado, místico, no terrenal, en el que El Greco desenvuelve la escena.

Como en otros tantos cuadros suyos, toda esta visión de nivel de tierra que acabamos de describir, se funde a la perfección con un nivel de gloria en el que flotan nubes y ángeles que esperan gozosos a los futuros mártires con palmas en las manos, dispuestos cómo no, en violentos escorzos, que permiten esa perfecta correlación entre ambos niveles.

En cualquier caso, el nivel de tierra de esta obra es menos real que en otras ocasiones, precisamente porque está ya imbuído como hemos indicado de un marcado sentido espiritual e idealizado: véase en este sentido la deformación de los personajes; la gracilidad de los gestos; la estilización de los cuerpos, y la luz blanquecina que irradia de ellos mismos, como llamas que se elevan, en una perfecta simbolización de su profunda espiritualidad, del convencimiento de su fe y de la visión mística del martirio. Todos ellos por otra parte, rasgos característicos de la pintura manierista.

A ello también podríamos añadir sus colores fríos y las posturas danzarinas de los generales de primer plano, perfectamente interrelacionados entre sí, no sólo a través de su expresión gestual, sino sobre todo del ritmo sutil y ágil que aportan las líneas de los brazos, manos e incluso dedos de todos ellos, verdadero prodigio de delicadeza formal y de perfección compositiva.

El cuadro como decíamos fue encargo del rey Felipe II, y constituyó la oportunidad perdida de El Greco de acceder como pintor a la Corte del rey, porque lo cierto es que la obra así concebida no gustó al monarca: en el tema no destacaba en primer término el martirio, sino que en un rasgo muy manierista éste quedaba en segundo plano, destacándose la faceta puramente espiritual del acontecimiento. Tampoco agradaron los colores, excesivamente fríos, ni los resabios manieristas porque en sí mismos son heterodoxos. Por todo ello y porque la propia personalidad de El Greco se opuso a aceptar cualquier rectificación proviniente de nadie que no fuera él, el rey desistió de realizarle nuevos encargos, quedando así el pintor al margen de la Corte.


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