Estela de Naram-Sin PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Estela de Naram-Sin.

Louvre. París.

Periodo Acadio. 2250 a.c.


La escultura mesopotámica a lo largo de su larga historia desarrolla indistantemente la escultura tanto de bulto redondo, como en relieve. La escultura exenta se relaciona preferentemente con las imágenes de poder, de ahí que entre sus ejemplos más concidos se hallen piezas como las numerosas representaciones del Patesi Gudea de Lagahs, del periodo neosumerio; la del Administrador Ebih-Il, de época sumeria, o retratos reales como los de Sargón o el propio Naram-Sin en época acadia.

No obstante, la forma de representación más habitual y característica del arte mesopotámico será el relieve. El relieve ocupa un lugar preferente desde las primeras etapas de la historia de Mesopotamia hasta el Imperio persa. Tiene un carácter narrativo, que relata todo tipo de actividades, desde las más intrascendentes hasta las hazañas de sus reyes o actitudes religiosas. En todos ellos es habitual la utilización de numerosos convencionalismos, tanto para la solución plástica de sus formas de expresión, como para desarrollar su narrativa. Cabría citar entre otros, la perspectiva torcida, al modo egipcio, sobre todo en las figuras, representadas con la cabeza y piernas de perfil y el cuerpo de frente; la utilización de registros para ordenar la sucesión narrativa; o la ausencia de perspectiva.

Entre los numerosos ejemplos de relieve mesopotámico que se podrían citar destacaríamos ya en época sumeria estelas como las de Urnanshe, o el Estandarte de Ur; la Estela de Hammurabi algo más adelante, y sobre todo los numerosos relieves de época asiria. En época acadia, la Estela de Naram-Sin es sin lugar a dudas una de las piezas más concidas del arte mesopotámico.

Naram-Sin es el rey de mayor relevancia política durante el Imperio acadio, cuyo poder se había establecido sobre los sumerios con el reinado de Sargón I, abuelo de Naram-Sin. Pero será éste quien extenderá las fronteras del nuevo imperio desde el Mediterreáneo y Siria, hasta el Sinaí, que arrebatará a los egipcios. De su poder deriva su carácter divino, que él mismo se autoproclama, perviviendo así una constante de los imperios antiguos como fue la total consustancialidad del poder civil y religioso.

La famosa estela que lleva su nombre es una buena prueba de esa autoridad. Como tantas otras, se trata de una estela de tipo conmemorativo, que con un sentido narrativo relata la victoria del rey sobre los lullubi, pueblo montañoso de los Zagros, en el actual Kurdistán, cuya derrota señala la culminación del poder acadio de Naram-Sin.

El material utilizado es arenisca rosada, apenas mide dos metros de altura y se ha conservado gracias a que fue requisada como botín de guerra por los babilonios algunos siglos después, que la llevaron a Susa, donde se encontró.

La pieza representa a los dos ejércitos, claramente diferenciados ambos, pues mientras el victorioso asciende imparable hacia la cumbre de la montaña, el otro aparece a la derecha de la representación en clara actitud de derrota, en disposición descendente y con sus soldados heridos y despeñándose.

Sobre todos ellos destaca la figura de Naram-Sin, en este caso no sólo representado como el rey guerrero y vencedor, sino también, y esto es tal vez lo más significativo, con atributos divinos, como demuestra sobre todo su ascensión a la montaña y las estrellas que la coronan. Dos símbolos reiterativos en la religiosidad de los pueblos antiguos, que habitualmente simbolizan la ascensión a la montaña como un proceso de divinización, la montaña misma como el marco de comunicación sobrenatural entre el hombre y sus dioses, y las estrellas, en este caso, como símbolos de los dioses solares que amparan a Naram-Sin, que además por si cabía alguna duda al respecto, asume un canon mucho mayor que el de las demás figuras, testimonio también de su carácter divino.

Pero esta naturaleza divina del rey no anula la puramente humana, donde la figura del monarca demuestra su poderío implacable y despiadado. Así vemos cómo pisa los cadáveres con su pie y cómo parece ser él mismo quien acaba con la vida de los que caen heridos de rodillas, mientras sus propios soldados lo admiran con respeto.

Por otra parte, y ya desde un punto de vista puramente formal, la Estela de Naram-Sin, tiene también su importancia porque marca un cambio en la representación de los relieves que hasta entonces se habían realizado en épocas del imperio sumerio, ya que se distancia de la representación en registros que había sido hasta entonces lo habitual, para adquirir ahora un sentido narrativo mucho más espontáneo y natural. Vemos así detalles del paisaje, con sus árboles jalonando el camino de ascensión a la montaña, y otros datos más precisos aún sobre aspectos relacionados con el equipamiento y el armamento de los guerreros: sobre todo la utilización del arco compuesto, que se ve en manos de Naram-Sin, y que resultó en su momento ser un arma novedosa en manos de los acadios y que se considera determinante en su proceso de expansión y en sus continuadas victorias.

Por todas estas razones, la Estela de Naram-Sin es una pieza fundamental del arte mesopotámico y una de las obras señeras de todo el arte antiguo universal.

 

 



 

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