Etemenanki de Marduk PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Etemenanki de Marduk. Zigurat de Babilonia”.

Babilonia (actual Irak).

S. XVIII a.c.

Templos y palacios van a ser las construcciones monumentales que caracterizan la arquitectura mesopotámica desde sus primeros tiempos. Considerando la importancia que adquiere el elemento religioso como fundamento de la cohesión social de esta civilización, y su implicación con el poder político, no es de extrañar que las primeras edificaciones monumentales se refieran a estos dos ámbitos. Como por otra parte, la expresión artística tiene una clara intención propagandística, es una consecuencia lógica que la arquitectura adquiera un carácter colosal y de apariencia grandiosa, con el que exteriorizar de cara al pueblo el poder atesorado por la clase dirigente y la importancia de la religión.

Resultarían por tanto especialmente espectaculares en el entorno cultural del momento las construcciones palaciegas, existentes desde los primeros tiempos, pero aún mucho más los templos sobre zigurats, auténticas montañas artificiales en medio del paisaje, capaces de sobrecoger el ánimo de cualquiera. En cuanto a la arquitectura funeraria, no adquiere la importancia que alcanza en otras civilizaciones, como en la egipcia, por ejemplo, aunque en época del Imperio persa las tumbas de sus reyes también logran un cierto protagonismo arquitectónico.

Los templos, ya en época de los sumerios son denominados con el nombre de eanna, que significa “casa del cielo”. Su importancia simbólica y constructiva es pareja a la relevancia social del poder religioso. Podemos distinguir dos tipos de templos: aquellos que están trazados con una planta rectangular, y rodeados de murallas con un sentido de ciudadela militar, en cuyo centro se edifica el templo propiamente dicho, y una segunda tipología característica, conocida como templo-torre, denominado Zigurat, construcción compuesta por varias terrazas superpuestas en cuya cima se eleva un templo. Se trataría por tanto de una morada para los dioses, en la que no se realizaba ceremonial alguno.

Para la construcción de estos zigurats, en una zona donde la piedra esca­sea, se utilizó un nuevo tipo de material, el ladrillo, supe­rando de este modo las dificultades técnicas que la cons­trucción con grandes piedras implicaba, tal y como ocurrió en la arquitectura megalítica. El tipo de ladrillo más utili­zado era el crudo o sin cocer (adobe), que se aprovechaba para la construcción del interior del zigurat, mientras el auténtico ladrillo cocido solía emplearse en el revestimiento exterior de los edificios, más expuesto al deterioro por las inclemencias climáticas. Para su unión, en ocasiones, se hacía uso del betún o bitumen, una mezcla de líquidos orgánicos pegajosa, muy abundante en la zona. En ocasiones esta parte externa se vio recubierta además con cerámica vidriada de colores, que aparte de su mayor protección y aislamiento, le otorgaba un contenido simbólico a través del color

En cuanto al modelo constructivo, un zigurat estaba formado por una o varias terrazas que podían ser de formas diversas, rectangulares o cuadradas habitualmente, pero también ovaladas. Dichas terrazas se construyen con gruesos muros en talud que de esta forma actúan con una función tectónica al servir como paramentos de carga. Y aunque predomina en todas estas construcciones el sistema adilentado en cierres y cubiertas, también se empleó en ocasiones el arco de medio punto y la bóveda de cañón. Una o varias escaleras, frontales al muro o en espiral, servían para alcanzar el templo propiamente dicho, que se hallaba en lo alto de la construcción y al que sólo accedía la clase sacerdotal.

Los zigurats constituyen una forma de templo con importantes connotaciones simbólicas y propagandísticas. En primer lugar asumen su valor como escala luminosa entre el cielo y la tierra, a través de la cual descenderían los dioses portadores de todos los dones que aseguran la vida. También se ha señalado su simbolismo como representación del terraplén del que se creó el universo, como un puente entre el cielo y la tierra. O como un eje cósmico a modo de enlace entre el cielo y la tierra. El número de pisos, habitualmente siete, se relaciona con los siete planetas conocidos entonces, cada uno asociado al color que decoraba cada una de las terrazas. En cualquier caso, un zigurat es en última instancia una montaña artificial, convirtiéndose de este modo en el punto ideal de comunicación entre dioses y hombres, pues en todos los textos sagrados en los que se produce un contacto entre los dioses y los humanos de cualquier religión es recurrente su localización en una montaña.

Desde el punto de vista propagandístico es evidente que sobre todo desde lejos, esta imagen descomunal y luminosa sobrecogía al pueblo llano, que lo relacionaba de inmediato con las fuerzas sobrenaturales. De igual manera servía de efecto autoritario para la clase sacerdotal que ostentaba también el poder político, puesto que como hemos señalado, los sacerdotes eran los únicos que podían acceder al interior del zigurat, y los que utilizaban al parecer el templo que coronaba la construcción para sus observaciones astronómicas.

De todos los zigurats construidos en Mesopotamia entre el sexto y el primer milenio se han conservado poco más de treinta, lo cual es meritorio considerando el tiempo transcurrido y los materiales constructivos, que como hemos comentado no eran otros que el ladrillo y el adobe, de muy difícil conservación. No obstante de todos ellos el más afamado en su época fue el Etemenanki (literalmente “el templo de la creación del cielo y de la tierra”) dedicado al dios Marduk en la gran ciudad de Babilonia, de la que era su patrón y que por lo mismo cuando la ciudad se convierte en la gran capital del Imperio Babilónico se elevará a lo más alto del panteón de los dioses mesopotámicos.

Apenas se ha conservado nada de él, pero de los textos que nos relataban su grandeza y de los pocos restos arqueológicos que se han podido descubrir, el zigurat debió de resultar uno de los más espectaculares y grandiosos. Contaba con las siete terrazas de rigor en altura, cada una de las cuales se recubría de un color diferente, siendo el último el índigo que al parecer destacaba con fuerza sobre los demás y que con su tono entre azul y violeta, resultaba un perfecto intermediario simbólico entre el color pardo de la tierra y el azul del cielo. Tres escaleras rodeaban al templo, dos laterales y una central que era la única que llegaba a lo alto del templo. Se hallaba situado en el centro ceremonial de la ciudad de Babilonia, frente al palacio real y rodeado por las murallas de la ciudad, de las que se han consevado algunos restos como las Puertas de Isthar, hoy en los Museos del Estado, de Berlín.

Considerando la importancia que adquiere el Imperio babilónico durante el reinado de Hammurabi, se ha pensado que sería durante su mandato cuando se realizó la construcción de este zigurat, aunque también se sabe que con anterioridad se construyeron otros más modestos en la misma localización, y que probablemente en época de Nabucodonosor, por tanto ya en el periodo Neobabilónico, el otro gran momento de esplendor de la ciudad y del reino, ya en el S. VI a.c., se añadirían nuevos revestimientos externos, que tal vez se hallaban muy deteriorados.

Coincide esta fase triunfal de Babilonia con la cautividad del pueblo judío en esta ciudad después de la persecución y el exilio al que le sometió este mismo rey, de ahí la teoría tan extendida de que exista una relación estrecha entre los textos bíblicos que hablan de la torre de Babel y este magnífico Etemenanki de la ciudad de Babilonia.



 

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