F. Borromini: San Carlo alle quattro fontane PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”San Carlo alle quattro fontane”.

F. Borromini.

Roma. 1637.


F. Borromini (en realidad Francesco Castelli- Lombardía 1599- Roma 1667), constituye con G. L. Bernini la pareja que revoluciona la arquitectura al comienzo del Setecientos y que marcará el inicio de una nueva época y del nuevo lenguaje barroco.

Hijo de un modesto cantero, comenzó ayudando a su padre en las canteras, aunque a los veinte años marchó a Roma donde aprendería de la mano de Carlo Maderno, pasando poco tiempo después al equipo de G. L. Bernini. Comenzaría entonces una doble biografía paralela entre ambos arquitectos, llena de rivalidad y enemistades, en la que la figura de Bernini aparece siempre como la imagen del triunfador al que le sonríe la fortuna, y Borromini como la antítesis, el hombre atormentado, que presa de su propio carácter se verá siempre a la sombra de Bernini, lo que terminará acabando primero en la frustración y finalmente en el suicidio. En realidad, Borromini era lo que en su tiempo se consideraba un hombre melancólico, es decir, un hombre meditabundo, huraño en muchas ocasiones, de frecuentes accesos de ira y de una personalidad que entronca perfectamente con el espíritu del barroco: apasionado, inestable, impredecible y ofuscado. Aunque genial. Su obra, transforma completamente el panorama de la arquitectura romana de la época, introduciendo una serie de innovaciones formales que establecen las bases de lo que será el nuevo estilo barroco. Especialmente su nuevo concepto del espacio, basado en la plasticidad de los muros alabeados que parecen ensancharse y estrecharse a voluntad del diseñador; la movilidad de sus formas, con sus estructuras curvas, sus juegos de luces y el complemento aparatoso de la decoración; la centralización de los espacios, gracias a sus plantas centralizadas de trazados sorprendentes y el remate de sus cúpulas, y en fin, un criterio constructivo grandilocuente, monumental y espectacular, en el que no falta ese otro ingrediente característico del nuevo estilo, fundado en la teatralidad que se le otorga al concepto arquitectónico, convertido las más de las veces en un gigantesco escenario de cara al espectador.

Sus mejores obras son buena prueba de todo ello, especialmente, San Ivo de la Sapienza y su primera obra independiente que dirigió en Roma, San Carlo alle quattro fontane, iglesia que por estar dedicada a San Carlos Borromeo, sugirió el nombre artistico (Borromini) con el que se le conoció en Roma para siempre.

En Planta presenta esta iglesia una disposición curiosa, pero causante del milagro de concepción espacial que se produce en este edificio de reducidas dimensiones. Se trata en realidad de un planta centralizada, formada por dos triángulos equiláteros unidos por su base, lo que vendría a configurar una forma romboidal. Ocurre no obstante que esta forma base se dinamiza al disponerse los muros alabeados, es decir, como ya hemos dicho, curvados u ondulantes.

A ello se añade también para acentuar el movimiento la disposición de dieciséis columnas adosadas, que subrayan el juego de concavidades y convexidades que a la postre remarca los contrastes de luz y sombra que "movilizan" el conjunto espacial. Y no contento con todo ello, se intensifica ese juego de contrastes y formas entrantes y salientes por medio de hornacinas y nichos con estatuas. También los materiales utilizados tienen su papel en el dinamismo conseguido, utilizándose un material dúctil como el ladrillo, revestido de estuco blanco.

En alzado, destacaría el remate de la construcción por medio de una cúpula oval, decorada con un artesonado, de formas geométricas diversas (octogonales, cruciformes y hexagonales), de tamaños decrecientes, que iluminados directamente por la linterna superior contribuyen lógicamente a crear nuevos juegos de luces y contrastes.

Todo el conjunto del espacio interior así configurado se convierte en un ejemplo paradigmático de la arquitectura barroca. Primero por la tensión visual, conseguida por el juego de líneas y de luces. Y después por el efecto teatral del conjunto interior, en el que el espectador desde luego, no puede evitar participar con su atención en la configuración del espacio. Además, dicha disposición soluciona magistralmente el efecto de una sensación de amplitud, en el espacio de un edificio cuyas dimensiones son realmente pequeñas. A ello contribuye la combinación de un planta centralizada, con el sentido longitudinal de la forma elíptica, y la sensación creada por espacio moldeable, que parece alargarse y ampliarse por efecto de los juegos visuales y de la tensión que ello crea.

En cuanto a la fachada habría que decir que fue la última obra realizada por Borromini, y por tanto realizada muchos años después de que terminara la iglesia. También es muy orginal, en parte al construirse la iglesia en la confluencia de dos calles muy estrechas y angostas, por lo que el arquitecto volvió a verse obligado a moldear la arquitectura para adaptarla a un espacio pequeño. Así debe cortar la esquina en chaflán para aumentar la visibilidad del frontis, y volver a utilizar el esquema ondulante de formas cóncavo-convexas-cóncavas en los elementos de la fachada, para adaptarse al espacio y fingir una amplitud mucho mayor de la que en realidad tenía.

En altura se divide en dos pisos, en los que se añaden todo tipo de elementos ornamentales: hornacinas con las estatuas de San Carlos Borromeo en el centro y los fundadores de la Orden en las laterales y además columnas, nichos vacíos, entablamentos vigorosos, balaustradas, ventanales, fuentes, grutescos, figuras, medallones etc, que dotan al conjunto de una gran movilidad, sin perder por ello, y esa es su gracia, su sentido de unidad y de monumentalidad.

 




 

Comentarios  

 
#1 Guillermina 18-11-2010 01:29
Gracia, me ha gustado y servido mucho para mi clase de Historia de la Arquitectura, agradezco sean serios en su información.
Sugiero poner mas imagenes, es una arquitectura maravillosa.
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