F. Gérard: "Eros y Psique" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Eros y Psique

François Gérard

Louvre. 1798.

 

 

El arte de la pintura también se ve inmerso en un profundo proceso de cambio al llegar la segunda mitad del S. XVIII. Los escritos de Johann Joachim Winckelmann, y especialmente su “Historia del arte en la Antigüedad” de 1764, sientan las bases de un cambio estético en todos los ámbitos artísticos, caracterizado por la reacción violenta contra la exageración barroca y rococó, y la recuperación de un arte clásico que encuentra su inspiración en los modelos greco latinos.

El contexto histórico del momento influye también en el desarrollo de este nuevo estilo. No olvidemos que es la época de la Ilustración y que su ideario basado en la razón enlazaría directamente con los criterios de la Antigüedad clásica e impondría por ello principios estéticos de orden, equilibrio y armonía, que nada tenían que ver con los excesos del arte rococó. Por su parte la Revolución francesa y posteriormente el Imperio napoleónico suponen un cambio social y político radical, del que la burguesía sería su principal beneficiaria, que desde entonces impondrá paulatinamente su gusto y su inclinación estética al mundo del arte.

En estas circunstancias se desarrolla la obra de autores como Jean-Baptiste Greuze, que ya marca distancias con la pintura rococó, aunque sin llegar a desarrollar en plenitud el nuevo estilo. Y es que a la pintura neoclásica se le exigía algo más que seguir la estela de la tradición clásica, como ocurría en el campo de la arquitectura y en cierta medida de la escultura. La pintura además tenía que reflejar una serie de criterios morales e ideales que se identificaran con el nuevo orden establecido por la Revolución. No bastaba un simple cambio de carácter formal, entre otras cosas porque en el ámbito de la pintura no había referencias clásicas a seguir como ocurriera con la escultura o la arquitectura, que contaban con modelos conservados de época griega y romana. La pintura resultaba por ello un arte completamente nuevo y debía de servir además a la defensa de los nuevos ideales. Es en este aspecto en el que fracasa la obra de Greuze, pero no la de Jacques Louis David, el pintor por excelencia de la pintura neoclásica.

Su personalidad, la importancia de su obra y su repercusión en la nueva estética, crearán escuela, de donde surgirán los más conocidos pintores de la época, como Anne Louise Girodet, Antoine-Jean Gros y François Gérard. Los dos primeros enlazan ya con el arte del primer Romanticismo, Gérard, por el contrario, resulta la esencia misma del arte neoclásico en pintura, caracterizado por una plástica de contornos definidos, colores predominantemente fríos, dibujos precisos, y composiciones estudiadas marcadas por la claridad y el orden.

Gérard (Roma 1779-París 1837), nacido en Roma donde su padre ejercía como embajador, resultaría el más afamado de los discípulos de David, porque supo granjearse el favor de los poderosos, gracias entre otras cosas a su don de gentes y su encanto personal, pero también porque su arte coincide con el momento de mayor aceptación del nuevo estilo. Por ello no es de extrañar que proliferaran los retratos de los grandes personajes del momento, desde el propio Napoleón y su mujer, la emperatriz Josefina, al rey Luis XVIII, cuya llegada al trono Gérard aceptó con simpatía.

Aunque la influencia de su maestro siempre supuso un fuerte ascendente sobre su obra, la pintura de Gérard se distancia en algunos aspectos de la de David. Sus obras resultan menos agitadas, y también de una menor dramatización, desplazando frecuentemente de sus temáticas los idearios morales. Sus colores son más suaves, su pincel más delicado, y en general el tono de su pintura más amanerado, con un mayor protagonismo del componente sentimental y de la belleza formal de las figuras, que deriva a veces en un erotismo encubierto y sofisticado.

Entre sus obras, destacan como hemos dicho sus retratos, entre los que sobresale el que realiza a Madame Récamier (Museo Carnavalet, París. 1805), de exquisito gusto y que no es de extrañar que le gustara a la interesada más que el que le hace David; algunas obras alegóricas, como el enorme mural para el Palacio Malmaison, titulado Ossián invocando a las sombras con su arpa en las orillas del Loira, que constituye un perfecto ejemplo de propaganda bonapartista; y obras mitológicas, entre la que destaca este Eros y Psique que resulta uno de sus cuadros más conocidos.

Iconográficamente representa el mito de Eros y Psique, en el momento final del relato, cuando los amantes pueden contemplarse y vivir juntos en el Olimpo, después de la intercesión de Zeus que hará inmortal a Psique. Sobre ambos vuela una mariposa, símbolo con el que los griegos identificaban el alma que escapa del cuerpo al morir. Como Psique sabemos que también simboliza el alma humana, convertida en este caso en divina por efecto del amor, la mariposa que los sobrevuela se convierte así en un corolario de la historia, símbolo del triunfo del amor y de los sentimientos humanos.

Formalmente, el cuadro responde al prototipo neoclásico de líneas definidas, trazos delicados, colores suaves y luces tibias, que recrean un ambiente idealizado y distante. El ideal de belleza se concreta en los cuerpos desnudos, que a pesar del tono general amanerado y un tanto artificioso, adquiere una sensualidad y un comedido erotismo muy del gusto de su autor.

 

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F.Gérard: "Madame Récamier". 1802

 

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