F. Goya: "La familia de Carlos IV" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

La Familia de Carlos IV

 

Francisco de Goya

Museo del Prado. Madrid. 1800.

 

Este cuadro de Goya es una de las obras más conocidas de su autor y no sólo por su valor documental en relación a la familia real, o por sus valoraciones artísticas, también múltiples, sino especialmente porque el cuadro es un testimonio revelador de un contexto histórico determinado, que en este caso corresponde a uno de los momentos más delicados de la Historia de España.

 

Contexto histórico:

Por tanto lo primero que habría que hacer en un comentario sobre esta obra de arte sería encuadrarla en dicha situación histórica: la de la España de Carlos IV. Es un periodo complejo y difícil, en el que se advierte un continuado proceso de decadencia política desde la llegada al trono del rey, que se irá agravando con los años. Aunque en un principio la actitud del Carlos IV fue la de seguir el camino ilustrado de su padre, el estallido de la Revolución francesa alterará profundamente su política, dando paso a una postura cada vez más conservadora y represiva en la que la Iglesia, a través de la Inquisición, y otras fuerzas reaccionarias asumieron un papel protagonista. Por otra parte el propio carácter del rey, pusilánime e indolente, favoreció una situación de desgobierno en el que los acontecimientos del país vecino desbordaban su capacidad de reacción. De ahí la importancia que cobran progresivamente sus primeros ministros, y en especial la figura de Manuel Godoy, elevado a las más altas dignidades gracias a los favores prodigados por la reina, María Luisa de Parma, ya a esas alturas, verdadera regente del país.

Los acontecimientos se suceden con rapidez: en primer lugar se produce la declaración de Guerra a la Francia revolucionaria a raíz de la ejecución de Luis XVI, en la fase más exaltada de la Revolución. La guerra acabará en derrota y en la Paz de Basilea (1795), negativa para los intereses de España. La llegada del Directorio al poder en Francia cambia la política exterior de ambos países que ahora se acercan en una alianza que tiene a Inglaterra como enemigo común. Es el Tratado de San Ildefonso (1796) cuya primera consecuencia será el enfrentamiento con Portugal, aliada de Inglaterra, en la llamada Guerra de las Naranjas (1802), y posteriormente el episodio más traumático de la derrota naval en Trafalgar (1805). En 1800 Napoleón ya es Primer cónsul asumiendo de esta forma un poder personal en el país vecino, que certificará con su nombramiento como cónsul vitalicio en 1802 y su coronación imperial en 1804. En este contexto, la España de Godoy y Carlos IV tratan de renovar la alianza con el nuevo gobierno francés, manteniendo su confrontación con Inglaterra, lo que se refrenda finalmente en el Tratado de Fontainebleau (1807). Pero la situación en España se ha ido agravando progresivamente, las guerras han ido arruinando al país hasta desembocar en una grave crisis económica; el rey sigue en su desidia, desplazado de su papel por la reina y por Godoy, y el descontento se generaliza entre todas las clases sociales. Así las cosas, se produce en 1807 la Conjura de El Escorial, liderada por el Príncipe de Asturias, que intenta con ello derrocar a Godoy y a su propio padre ante la situación de crisis y el creciente sometimiento a Francia. Finalmente, estalla el Motín de Aranjuez (1808), levantamiento popular provocado por la evidencia de la invasión francesa, lo que supondrá la caída definitiva de Godoy, el exilio de la familia real a Bayona y el destronamiento de Carlos IV, cuya corona iría a parar a José Bonaparte, hermano de Napoleón.

Una larga serie de acontecimientos que desembocan en otro proceso no menos dramático, como sería el estallido de la Guerra de la Independencia, y paralelamente el proceso revolucionario interno que determinó la formación de las Cortes de Cádiz y la proclamación de la Constitución de 1808.

La escena familiar que se reproduce en el cuadro se desarrolla durante la primavera y el verano de 1800, año en que se le encarga a Goya este retrato regio, que él realiza en una primera fase de toma de apuntes y estudio de retratos individuales en el Palacio de Aranjuez, donde se trasladaba habitualmente la familia real durante esos meses. Por tanto estamos en un momento intermedio de todo ese marco histórico que hemos desgranado anteriormente: en una fase ya complicada porque se han producido las primeras derrotas frente a la Francia revolucionaria y si bien la situación se ha moderado en el país vecino, las condiciones económicas y sociales en España son explosivas.

 

Descripción

El retrato diseñado por Goya es una representación de grupo de toda la familia real, al estilo de cómo lo había hecho Louis-Michel van Loo, en su cuadro de La familia de Felipe V; o Jean Ranc en otro retrato de la misma familia, o el propio Goya en una escena más espontánea como la que pinta en El retrato del infante Don Luis, que es también un retrato de la familia real, en la que por cierto, él mismo se autorretrata pintando, tal y como lo hará de nuevo en La familia de Carlos IV.

En cualquier caso el retrato que realiza Goya es peculiar y diferente, y lleva ese sello inconfundible que define su estilo personal. La familia se dispone en tres grupos que ordenan la composición: a la izquierda el infante Carlos María Isidro, y junto a él, avanzando en primer plano la figura egregia de Fernando, en esas fechas Príncipe de Asturias todavía. Completan el grupo, Doña María Josefa, hermana del rey, y a su lado una muchacha sin rostro que alude de esta forma singular a la futura mujer de Fernando VII, que aún no se conocía. El grupo central viene dado por los padres de familia, el rey y la reina, Carlos IV y María Luisa de Parma, acompañados de la infanta María Isabel y su hermano pequeño, el príncipe Francisco de Paula. El tercer grupo, situado a la derecha y en un plano algo más secundario, está formado por el  infante  Antonio  Pascual, Doña  Carlota Joaquina y finalmente los príncipes de Parma que llevan en brazos al pequeño infante Carlos Luis.

Falta no obstante un personaje más en este repertorio, que es precisamente la imagen autorretratada del propio Goya, que aparece pintando en un segundo plano y en un espacio en sombra detrás de la familia real.

 

Comentario:

Es evidente que Goya al realizar la obra tiene en mente el cuadro de Las meninas de Velázquez. Algunas coincidencias son evidentes: su propio autorretrato pintando; su aparición en medio de la familia real como una forma de reivindicar el trabajo del artista y su relevancia social, tal y como había hecho Velázquez; así como la inclusión de dos cuadros al fondo del lienzo, que en este caso no se han podido indentificar y que probablemente no tuvieran el significado simbólico de los cuadros que aparecen en Las meninas, por lo que deben de entenderse como un guiño más de Goya hacia la obra de Velázquez. No es de extrañar que el pintor buscara estas coincidencias con Las meninas pues como él mismo decía, “no tenía más que tres maestros en su pintura: Rembrandt, Velázquez y la naturaleza”.

Pero hemos dicho que el cuadro es un retrato singular y lo es por varios aspectos. En primer lugar no es un retrato regio según el tratamiento habitual dado a este tipo de imágenes, cargadas de todo el fasto y la pompa propias de la magnificencia real. Es un retrato más desenfadado, que además cuenta con una serie de detalles que resultan cuando menos chocantes: para empezar el propio autorretrato del pintor, que si bien es cierto que ya se había producido en Las meninas, aquí resulta más sorprendente por tratrase de una escena mucho menos cotidiana que la que se reproduce en el taller de Velázquez, y porque además en este caso se trata de un retrato oficial, mucho más solemne que aquél. Es también sorprendente la actitud con la que se retratan algunos personajes, porque es bien significativa la posición adoptada por el Principe de Asturias, adelantado al primer plano, por delante incluso de su propio padre, lo que daría a entender el protagonismo que se espera de él. No es menos elocuente la postura de la reina, que se representa altiva y en una posición de preeminencia que deja clara su determinación y autoridad en el seno del gobierno monárquico de esos momentos, y sobre todo si la comparamamos con la actitud adoptada por el rey, que apenas conserva la dignidad en medio de su abúlica apatía. Por otra parte y por mucho que se explique el retrato sin rostro de la muchacha que acompaña la figura del Príncipe de Asturias como una forma de representar simbólicamente a su futura mujer, no deja de ser un detalle insólito en un retrato oficial, que de hecho no acabó de gustar a una parte de la familia real.

Pareciera por todo ello que en esta pìntura Goya hiciera gala de esa peculiar sinceridad con la que  trataba sus retratos, en los que a su indudable profundidad psicológica, añadía un apunte personal, a veces cargado de ironía, y a veces, como pudiera pensarse en este caso, de una crítica velada al desgobierno monárquico en el que estaba derivando la familia retratada. Algunos comentarios alimentaron durante mucho tiempo esta idea, como por ejemplo el del pintor Auguste Renoir, que al ver el retrato comentó que “el rey parece un tabernero y la reina una mesonera…o algo peor!”. También Théophile Gautier insistió en la carga satírica del cuadro cuando lo vio.

De todas formas también puede considerarse esta postura un tanto exagerada, y si hoy hemos seguido valorando el cuadro así es sobre todo a la vista de los acontecimientos posteriores, pero tal vez en su momento no se apreciara de la misma manera. De hecho el cuadro no fue criticado por la familia real, al contrario, fue bien acogido, sin gran entusiasmo, pero con algunos comentarios laudatorios por parte especialmente de la reina. El mismo rey decía de él en tono coloquial que era el “retrato de todos juntos”, sin ningún ánimo de crítica. Además si realmente el cuadro no hubiese gustado, sencillamente no se hubiera aceptado y hoy no existiría, y es posible que Goya no hubiera seguido en su puesto. En este sentido no hay que olvidar que sólo hacía un año que a Goya le habían nombrado Primer Pintor de Cámara, el más alto rango al que podía aspirar un artista en su época, y sería absurdo pensar que iba a dilapidar ese logro burlándose de quienes le habían aupado a esa dignidad.

Desde el punto de vista artístico el cuadro es una de las muestras de más calidad de toda la obra de Goya. No es un cuadro complejo desde el punto de vista de los juegos visuales o la estructuración de planos de perspectiva, como había ocurrido en Las  meninas. Por el contrario, se trata de un cuadro que se concreta únicamente en la representación de la familia, y que por tanto se concentra en lo principal desentendiéndose de aspectos secundarios. Lo que en este caso se consigue principalmente a través de dos recursos magistralmente tratados: la luz y la pincelada.

Una luz que irrumpe desde un foco lateral por la izquierda y que baña con rotunda diafanidad a toda la familia en su conjunto, y que es la que precisamente deja en sombra el segundo plano donde se esconde el propio Goya, autorretratado en una posición muy marginal. Luz que envuelve el cuadro en una atmósfera cálida y brillante que dignifica el retrato de todo el grupo, y que envuelve la escena en un ambiente tan real, que consigue que los personajes resulten mucho más cercanos.

La pincelada enriquece esa misma sensación de luminosidad con la pastosidad de sus trazos, sumándose al tono goloso de unos colores que, sin estridencias, agrandan la brillantez del cuadro. Es Goya por tanto en estado puro, porque su pincelada de barrastrón, cargada de empaste y aplicada en amplias manchas de color contribuye, como tantas veces en sus obras, a la fuerza expresiva del retrato. De hecho, el cuadro es una obra llena de humanidad y franqueza, y por eso tal vez fuera finalmente bien acogido, porque la familia real se vio asimisma como era, no a lo mejor como le hubiera gustado ser representada, pero sí como era en realidad.

La composición muy cuidada y una técnica avanzada, de pincelada muy suelta y vibrante, pero capaz de reproducir en la distancia los más precisos detalles, completarán la calidad de un lienzo al que podemos considerar una de las obras maestras de toda la Historia de la pintura.

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