“Perro semihundido”.
F. Goya
Museo del Prado. Madrid. 1820-21.
Francisco de Goya es un pintor incalificable, que cronológicamente se correspondería con las últimas etapas del periodo rococó y las primeras del Neoclasicismo, pero que sin embargo desarrolla un estilo tan personal y propio, tan alejado de todo lo que se pinta entonces, tan singular y tan avanzado para su tiempo, que a Goya simplemente debemos considerarlo como Goya.
No obstante, hay notables diferencias formales y temáticas a lo largo de su producción, y tanto es así que su evolución pictórica suele dividirse en tres grandes etapas:
La primera es la época realista, de tono optimista y colorista. Única etapa en la que puede decirse que hay una cierta influencia rococó. Es entonces el cronista de aquella sociedad despreocupada, cuyas clases altas se dedican a juegos infantiles, mientras las clases más humildes se resignan a su suerte. Es la época de los Cartones para tapices, la serie de grabados de Los Caprichos o los cuadros de majas y majos. Pero es también la época en que realiza los frescos del Pilar de Zaragoza o las pinturas de
la Cartuja de Aula Dei, obras que ya denotan un avance en su estilo que lo va alejando del contexto de la época. Esta misma fase podría alargarse incluso hasta las vísperas de
la Guerra de
la Independencia, incluyéndose por ello en este apartado los frescos que realiza para
la Capilla de San Antonio de
la Florida en Madrid.
La segunda fase es una etapa de mayor dramatismo. Primero influye su propia experiencia personal, pues Goya sale de una grave enfermedad que a punto está de acabar con su vida y cuya mayor secuela será una sordera total que irá agriando progresivamente su carácter. Pero también influye el contexto histórico pues coincide esta etapa con la invasión napoleónica y
la Guerra de
la Independencia. Goya, a pesar de sus veleidades de afrancesado, ve la guerra sin ningún idealismo, como un sinsentido o una sinrazón. Es ésta la fase en que pinta Los fusilamientos del tres de Mayo, el retrato familiar de Carlos IV, y los grabados de Los Desastres de
la Guerra, auténtico alegato contra la barbarie y la ferocidad de la guerra.
La tercera y última etapa es la de una realidad fantástica. Es la época de su soledad, de su desencanto, de su retraimiento frente a la sociedad víctima de su sordera, pero también de su profundo desencanto político. Motivos todos ellos que le llevan a pintar sin atender a las convenciones, de forma completamente libre y dando así rienda suelta a sus fantasías y a sus técnicas más revolucionarias. Es la etapa de sus pinturas negras, así llamadas por lo reducido de su paleta y su temática sombría, y de la serie de grabados de Los Disparates.
A esta última etapa pertenece la obra que ahora vamos a comentar. En
la Quinta del Sordo, la casita en las afueras de Madrid a la que se retira al final de su vida, pinta una serie de obras que decoran sus muros. Utiliza para ello una técnica mixta de óleo y temple (encáustica) y una iconografía realmente fascinante. Son pinturas de temática lóbrega, y cuya interpretación sobrepasa habitualmente los límites de la razón. Curiosamente las obras se salvaron de milagro al derribarse
la Quinta, pues fueron traspasadas a lienzos chapuceramente por aficionados para subastarlas en
la Exposición Universal de París de 1878, y gracias a que nadie pujó por ellas volvieron a España y acabaron afortunadamente en el Museo del Prado.
En ellas se trasluce el Goya desengañado de sus últimos años, que busca en el feísmo la burla quizá de las grandes decoraciones. Pretende así la desmitificación, lo antibonito, lo anticlásico, buscando la contradicción, incluso en el plano técnico, puesto que formas y figuras se diluyen en un magma cromático a veces irreconocible, que en cierto modo está anunciando con enorme antelación lo que será el Expresionismo e incluso la abstracción pictórica del S. XX.
Concretamente la obra que nos ocupa es una de las más enigmáticas, aunque en nuestra opinión una de las más sugestivas. “El perro semihundido” se hallaba en el primer piso de
la Quinta del Sordo y se resume en dos enormes superficies cromáticas ocres de las que sobresale a duras penas un punto de figuración, la cabeza del perro. Interpretaciones se han hecho muchas al respecto, que la obra no estuviera completamente terminada o que sí lo esté y trate de representar esa fuerza del destino o de la naturaleza que nos hace insignificantes, lo mismo que le ocurre al perro en medio de la pintura. Se dice que el perro nade contracorriente de un curso de agua o de una duna de arena, y que en cualesquiera de ambos casos el perro, efectivamente sucumbiera al poder de la naturaleza. Una muestra más de ese pesimismo que parece también ir enterrando el espíritu de Goya al final de su vida en España.
No obstante, nosotros pensamos que la grandeza de esta obra está mucho más allá de cualquier interpretación que le queramos dar, porque la obra es una muestra de arte en estado puro, de pintura plena y desnuda, de todo aquello, en fin, que definirá el arte del S. XX caracterizado por lograr la plena libertad del lenguaje pictórico, libre por fin de cualquier cortapisa temática. La obra es forma y color, nada más, es un ejercicio de expansión del color que recorre vigorosamente el lienzo y no da opción a nada más que a mirar y dejar libre el pensamiento. Y si la obra es para algunos una anticipación del lenguaje surrealista por lo incógnito del tema, para nosotros se acerca mucho más a otros postulados. Recordamos ahora otro comentario recientemente publicado en esta sección, y si miramos con los mismos ojos la obra de Mark Rothko “Luz, tierra y azul” volvemos a encontrarnos con lo mismo, el color que se extiende en grandes superficies y nada más, un lienzo abierto de par en par para liberar el pensamiento. Pintura pura y plena, como “El perro semihundido” de Goya.
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