| F. Lloyd Wright: Museo Guggenheim |
|
|
|
| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
|
”Museo Solomon R. Guggenheim”. F. Lloyd Wright. New York. 1956-1959. Frank Lloyd Wright (Richlan Center.Michigan 1869- Aunque sus primeras obras se hallan dentro del movimiento Funcionalista y claramente influidas por Durante este periodo Wright impone una estética de formas sencillas, líneas horizontales y yuxtaposiciones cubistas, que encuentran muchos modelos a seguir, como por ejemplo No hay que olvidar que desde los años veinte la arquitectura ha estado totalmente dominada por un criterio racionalista en el que la función primaba por encima de cualquier consideración estética. En este sentido las obras de Gropius, Behrens, Le Corbusier e incluso Van der Rohe no daban opción a un criterio que abandonara el principio sagrado de que “la forma sigue a la función”. Pero es Lloyd Wright quien primero advierte del peligro que conlleva de cara a la estética, un racionalismo excesivamente frío. Él mismo se siente incómodo en el ámbito de una arquitectura totalmente independiente del medio natural que nos rodea, y que se olvide de los sentimientos y las emociones de sus habitantes al buscar exclusivamente su funcionalidad. De hecho, decide marcharse a vivir retiradamente en el corazón de la naturaleza (en el bosque de Wisconsin o en el desierto de Arizona). Habla incluso de "la casa como un cobijo, no sólo de cualidad espacial, sino espiritual", e insiste en desarrollar una arquitectura que combine los medios modernos con las formas de la naturaleza. De ahí nace lo que se ha denominado como Arquitectura Orgánica, un tipo de construcción caracterizado por intentar plasmar, a través de los elementos constructivos, la psicología de las personas destinadas a habitar en ella, integrándose plenamente en el medio natural que le rodea. Entre las obras más conocidas que diseña Wright dentro de este ámbito organicista destacarían La evolución artística de Wright irá enriqueciéndose paulatinamente con nuevas concepciones constructivas y estéticas, pero sin olvidar nunca un criterio de formas escuetas y sobrias, una estética delicada y una adaptación al entorno del edificio. Constantes que alcanzan su punto culminante en su última obra, inaugurada poco antes de morir, y que constituye su obra maestra y uno de los monumentos más innovadores y hermosos de toda la arquitectura contemporánea: el Museo Guggenheim de Nueva York, alarde de originalidad y plástica constructiva. En este edificio singular el cuerpo principal viene dado por un amplio bloque de losa redondeada, que se ensancha suavemente en altura (el Museo propiamente dicho), y a su lado otro cuerpo menor de forma cuadrada (oficinas) que sirve de contrapeso compositivo al bloque principal. La suavidad de las curvas, la nitidez de las formas, incluso el color crema que cubre el hormigón, otorgan al exterior del edificio un sentido plástico flexible y ligero, que resulta a la vez sobrio y apaciguador, aunque no exento de monumentalidad. Pero la arquitectura es esencialmente espacio interior, y es en este sentido donde el Museo alcanza su mayor innovación, porque lo que tradicionalmente concebiríamos como las “salas de exposiciones” se articulan aquí a través de una prolongada rampa en espiral, que se extiende a lo largo del bloque circular. El recurso además tiene todas las connotaciones orgánicas que se le quieran adjudicar, porque en efecto esta estructura parece que fluye como un líquido, parece también que respirara a través de las curvas y contracurvas de las rampas que además se ensanchan y estrechan, y en fin porque en palabras del propio Wright el edificio evocaba “la tranquila ola antes de romperse”. En cualquier caso no se trata de una concepción gratuita dejada al albur de la fantasía. El edificio es un museo y la forma se adapta en este caso como en ningún otro a la función: la disposición en rampa evita la compartimentación habitual de las salas de los Museos, lo que otorga a éste una continuidad visual en la lectura de la obra, así como una continuidad cronológica de las exposiciones, sin rupturas ni interrupciones de ningún tipo. De esta forma la contemplación de las pinturas se convierte también en un “fluir” del espectador por el mundo de la pintura, en una percepción además igualmente apacible que la sensación espacial que transmite el edificio. No falta un estudio riguroso de la iluminación de las pinturas que cuenta con un generoso torrente de luz natural, procedente de la claraboya gigante que corona el edificio y que no puede ocultar la referencia al Panteón de Agripa. Gracias a todo ello, el Museo de Wright es una obra de arte en sí misma, una obra escultórica por sus valores plásticos, y arquitectónica por sus valores espaciales, pero no desde luego un almacén de cuadros como suelen ser los museos. Es el arte dentro del arte, para que así la percepción del espectador sea plena y se convierta de esta forma en sujeto activo de la experiencia artística. No obstante, para algunos la solución no resultaba la más afortunada para una exposición de cuadros, porque resultaba incoherente la rampa y la pared curva, con la propia forma de los cuadros, plana y cuadrada. Otros advertían asimismo que el edificio no casaba demasiado bien con el entorno urbanístico de Y es indudable que lo consiguió.
![]() ![]() Otros artículos de esta sección...
|