F. Madrazo: "Condesa Vilches" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

”Amalia de Llano y Dotres.

Condesa de Vilches”

F. Madrazo.

Museo del Prado. Madrid. 1853.


En los inicios de la pintura española contemporánea no es fácil establecer una clasificación clara y definida de nuestros pintores y sus diversas tendencias. Como ocurre en el resto de Europa entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del S. XIX, se suceden movimientos diversos y a veces contradictorios, que además son contemporáneos entre sí.

Ciertamente después del brillo que había tenido nuestra pintura en el siglo XVII y del genio universal pero aislado de Goya, la pintura española se puede considerar poco menos que "provinciana" dentro del marco europeo.

Iniciado el siglo XIX perduran todavía claras tendencias dieciochescas en nuestra pintura, cuyas decoraciones y frescos, están muy distantes de lo que se está fraguando entonces en Europa. Dentro de este grupo, denominado de Tradicionalistas cabe destacar al menos una figura cuyo valor como retratista le salva de la mediocridad general: Vicente López. Más adelante llegan también los ecos del Neoclasicismo a nuestro país, que tiene en la figura de D. José Madrazo a su mejor exponente. Más adelante, el Romanticismo, que también tiene su potente repercusión en Europa, y que ya había sido anticipado por Goya, encuentra sus seguidores en España. Aunque no todos avanzan por el mismo camino, porque mientras algunos se sienten atraídos por la veta costumbrista y la influencia goyesca: Esquivel o Pérez Villaamil; otros, algo más tardíos, se vieron alcanzados por la incidencia del grupo de los Nazarenos de Roma, cuya recuperación del purismo, de la importancia del dibujo y la nitidez compositiva, nos devuelve al campo del Neoclasicismo. No en balde tienen de nuevo en Ingres a su mayor pontífice. Una generación más tarde llegaría a nuestro país el Realismo, también con su vena costumbrista y que tendría en Fortuny su principal mentor.

Es en aquel marco del Romanticismo purista en el que hay que situar gran parte de la larga y fecunda obra de Federico de Madrazo y Küntz (Roma 1815-Madrid 1894) hijo del pintor neoclásico José Madrazo. Sería éste su primer maestro, al que se unirían otros como el propio Ingres, amigo de su padre, así como una formación muy sólida que le convirtió en uno de los intelectuales más relevantes de la época. Pensionado en Roma y París, llegó a ser pintor de Cámara de Isabel II, Director del Museo del Prado en dos ocasiones y Director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

Con el ascendiente paterno y las influencias comentadas, no debe de extrañar el portentoso realismo de sus cuadros, la importancia dada a la línea y al dibujo, sus ritmos delicados y sutiles, la suave caricia de la convexidad de sus líneas, en las que siempre predomina el óvalo. La influencia de su padre, la de los nazarenos que descubre en Roma, la del propio Ingres al que llegó a retratar, y su virtuosismo innato para el dibujo, explican en él esta recuperación en sus obras del lenguaje clásico.

De su amplia obra, tal vez una de las muestras más sobresalientes sea este retrato de la Condesa de Vilches, sin duda uno de los más bellos y seductores de su carrera y de la retratística española.

A ello contribuyó en primer término la belleza de la modelo, en plena madurez a sus treinta y dos años, pero también las calidades plásticas de la obra: Su pose coqueta, desplazando la cabeza ladeada del centro del cuadro, su pretendido abandono en el sillón, y ese gesto, que le otorga cierto movimiento a la composición, que lo hace enormemente atractivo.

Lo es también el tono nacarado de la piel de la Condesa, más resplendeciente si cabe al contar con un fondo en penumbra. Lo es su media sonrisa y sus ojillos alegres y brillantes, así como el marco ovalado de las líneas de su cara y hombros que le otorgan además una sutil elegancia.

Pero lo es sobre todo por el extraordinario dominio en la captación táctil de las más diversas calidades, especialmente las telas de raso y el brillo fulgente y dorado de sus pulseras, elementos con los que la imagen parece avanzar hacia nosotros desde el lienzo.

No podía faltar además un precioso enfoque del color, cuyo azul dominante vuelve a enmarcar con toda elegancia y lirismo la imagen veleidosa de la agraciada Condesa.

 




 

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