F. Zurbarán: Defensa de Cádiz PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Defensa de Cádiz

 

Francisco Zurbarán

Museo del Prado. Madrid. 1634.

 

Zurbarán nació en Fuentedecantos (Badajoz)  en 1598, por lo que fue contemporáneo de Velázquez, con el que además trabó amistad. Sus inicios fueron precoces, primero en su Extremadura natal y más adelante en Sevilla, por lo que se le considera uno más de la espléndida saga de pintores barrocos de la Escuela sevillana. Desde ese momento comienza una trayectoria pictórica que estará marcada en esos años por sus numerosos encargos religiosos, lo que le encasillará en un estilo y una iconografía reiterativa que dará lugar a su consideración como "pintor de frailes". No obstante, su calidad y reconocimiento le permitirá acercarse a la Corte, llegando incluso a pintar para  Felipe IV. Se puede decir que alcanza entonces su mayor éxito, coincidiendo con su segundo matrimonio, el que le une a Beatriz de Morales tras su primera viudedad en 1625. A partir de 1639, la muerte de Beatriz, que sólo alivia en parte un tercer  matrimonio con Leonor de Tordera, dieciocho años menor que él; el exilio del Conde duque de Olivares, hasta ese momento uno de sus protectores, y sobre todo la creciente rivalidad con Velázquez en Madrid y con Murillo en Sevilla, le van restando encargos y le van marginando a un segundo plano profesional del que ya no lograría salir. Muere en Madrid en 1664.

Su pintura es contradictoria, porque su estilo resulta en ocasiones un tanto envarado, y si bien en ocasiones hace gala de un tenebrismo propiamente barroco (San Francisco en meditación. Alte Pinakotheke. Munich) o de un expresionismo convincente, en otras  por el contrario, parece anclado todavía en la tradición manierista. En realidad, sus obras son de un misticismo elocuente, muy apreciado por la estética conventual que tanto frecuentó, pero que a la larga es lo que le marginaría en un segundo plano historiográfico.  De hecho cayó  en  el  olvido  histórico,  hasta  ser  recuperado  por  la historiografía  del S.  XX  a la  vista de su modernidad y como un precedente del Cubismo.  En efecto, su pintura es consistente, de volúmenes nítidos,  casi  geométricos,  hasta poder hablar de una pintura "escultórica".  A ello contribuye  también su tratamiento de la luz, de tonos diáfanos y blanquecinos. No sería justo en cualquier caso encasillarlo como un pintor religioso tradicional, algunas obras como la Santa Margarita de la National Gallery de Londres, o las dos mártires del Museo de Bilbao, Santa Catalina y Santa Eulalia, así como sus excelentes naturalezas muertas, le incluyen entre los grandes realistas del Barroco español, lleno además de fuerza expresiva y virtuosismo en el pincel.

La defensa de Cádiz, también pensamos que es una buena prueba de esa calidad que atesoró Zurbarán. Lo pinta en su mejor momento, cuando su calidad le vale para ser llamado a Madrid y recibir encargos del rey. Concretamente este lienzo es una encomienda personal de Felipe IV que lo quiere para decorar el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. Se trataba de rememorar en el lugar batallas famosas cercanas en el tiempo y de ahí que compartiera labor con Velázquez que pinta para el mismo salón el cuadro de La Rendición de Breda. El mismo Zurbarán pintaría una obra más que se ha perdido, la "La expulsión de los holandeses de la isla de San Martín"

En La Defensa de Cádiz, ocurre otro tanto que en el cuadro de Las lanzas, que asistimos a un hecho histórico contemporáneo a la vida del pintor. En concreto reproduce el episodio ocurrido en 1625, en el que las tropas inglesas dirigidas por Wimbledon intentan tomar la ciudad de Cádiz. No obstante, la defensa dirigida por Fernando Girón, a la izquierda del lienzo, sentado en una silla de manos por estar enfermo de gota, permitió resistir el embate inglés, consiguiendo finalmente la victoria.

El cuadro estructural y compositivamente se divide en dos planos, que a su vez manifiestan también notables diferencias de estilo. En primer plano se muestra en galería de retratos a los protagonistas: sentado como ya hemos dicho D. Pedro Girón y Ponce de León; su secretario detrás con la cruz de Santiago en la pechera y un pliego en la mano; en el centro de la composición D. Lorenzo de Cabrera, castellano de la fortaleza de Cádiz, y a la derecha su estado mayor, en grupo aparte e interrelacionado por el diálogo. Esta parte del cuadro resulta de una  notable calidad técnica y muestra la pericia de Zurbarán como retratista de indudable realismo. En segundo plano y como si de un decorado se tratara se pinta la acción de la batalla.

En su conjunto la obra resulta un tanto artificiosa en su composición, porque tanto la pose de los personajes de primer plano, como su escasa naturalidad recrean un ambiente excesivamente teatral. Efecto que aún se acentúa con la zona de segundo plano, escenario de la batalla en las playas de Cádiz, que se resuelve pictóricamente como una bambalina de telón de fondo.

Para muchos especialistas el cuadro es la prueba de dos defectos que siempre se le achacan a Zurbarán, su impericia perspectiva y su desaliño compositivo, y más desde luego si la obra se compara con Las lanzas de Velázquez, que se hallaba pintado a su lado. Pero aún así el lienzo es realmente vistoso, de gran luminosidad y de una originalidad que si para algunos es una extraña tramoya, para otros es una estampa curiosa, de indudable virtuosismo técnico, especialmente en rostros y texturas,  de colorido intenso, y que a pesar de todo lo que se diga es capaz de embaucarnos la mirada hacia las playas de Cádiz con la curiosidad satisfecha por la imagen de la batalla, nítida, clara y luminosa.

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