F.A. Bartholdi: "Eatatua de la Libertad" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

Estatua de la Libertad

 

Frédéric-Auguste Bartholdi

Isla de la Libertad. Bahía de Nueva York. 1886

 

 

Hay una escultura que a pesar de no ser habitual en los compendios de la Historia del arte, constituye uno de los iconos del mundo moderno. La Estatua de la Libertad es sobre todo un símbolo, un símbolo de libertad y de democracia; un símbolo de los Estados Unidos, país al que durante mucho tiempo se le ha identificado también con ese simbolismo de libertad política; y fue durante décadas la imagen asociada a la esperanza de una vida mejor que tantos y tantos emigrantes llegados de todo el mundo contemplaban al llegar al “país de las oportunidades”. Sigue siendo hoy en día uno de los iconos de la ciudad de Nueva York, y todo ello la convierte en uno de los monumentos más conocidos y más visitados del mundo.

Puede extrañar por ello que no suela aparecer en los manuales de Historia del arte, aunque para ello tal vez habría que situarla en su contexto artístico. No hay que olvidar que cuando se inaugura la obra, en 1886, el panorama escultórico del momento está dominado por la transformación plástica que supone en todos los órdenes la obra de Rodin. Le pasa por ello a la Estatua de la Libertad lo que a tantas obras que vinculadas al Academicismo imperante en la época se van diluyendo en la memoria histórica sepultadas por la modernidad de las tendencias posteriores, y si no ocurre así en este caso es por la popularidad antes mencionada que ha alcanzado la pieza.

Y es que, especialmente en el caso de la escultura, parece que se extendiera un cierto inmovilismo en su evolución estética a lo largo de buena parte del S. XIX, careciendo así del carácter rupturista que tendría la pintura. La escultura por el contrario se halla todavía excesivamente mediatizada y limitada por el peso de la tradición, por la inercia de los encargos y por la naturaleza de éstos, casi siempre dedicados a realzar la figura de personajes vinculados al mundo de la milicia, la política, las artes, etc. Aún no se ha dado por tanto ese impulso de liberalización de su lenguaje como se había producido en la pintura, y habrá que esperar a finales de ese siglo y sobre todo al comienzo del nuevo para que se produzca definitivamente.

En este contexto se produce el largo proceso de ejecución de Miss Liberty, como se conoce popularmente también a la Estatua de la Libertad. Todo empieza en 1865, en el transcurso de una cena, en la que se le plantea a uno de los escultores de mayor renombre en la Francia de esa época, Frédéric-Auguste Bartholdi, la posibilidad de realizar una obra monumental que sirviera de obsequio a los Estados Unidos con motivo del centenario de su nacimiento en 1876. No hay que olvidar la estrecha relación que desde el momento mismo de la Independencia habían mantenido los dos países, y de ahí esta idea generosa, que de inmediato se convierte en un ambicioso proyecto para el escultor francés.

En 1871 el diseño está elaborado y el escultor viaja a Estados Unidos decidiéndose por la Isla de Bedloe (después llamada de la Libertad, cuando se coloque la estatua) como su localización idónea, abierta a la bahía de Nueva York para ser el perfecto símbolo de bienvenida al país de la luz y la libertad. Aunque no todo iba a ser tan fácil. Las reticencias de Napoleón III a sufragar un emblema de la democracia y los primeros problemas económicos fueron retrasando el proyecto hasta 1874. La proclamación de la III República y la obtención de recursos a través de la Unión Franco Americana, creada ese mismo año para sufragar los gastos de la estatua, permitieron dar salida al proyecto.

Gracias a ello, Bartholdi fue así levantando la enorme escultura de más de 46 metros y 225 toneladas de peso en el patio anexo a su taller en París. Pero no podía hacerlo, dadas las dimensiones, sin una estructura interna que permitiera su sostén. De ello se encargaría Gustave Eiffel, que idearía una estructura interior de hierro recubierto de cobre, como si se tratara del esqueleto de la figura. Sobre esa base Bartholdi iría soldando los 300 paneles de cobre que forman la figura propiamente dicha.

En cuanto a la escultura en sí, Bartholdi la diseña en base a un proyector anterior suyo que se había planeado para engrandecer la gran obra del Canal de Suez realizada por su amigo Ferdinand de Lesseps. Bartholdi había proyectado realizar una enorme escultura que sirviera de faro, y que estéticamente se ajustara a la tradición de la estatuaria clásica. Por ello se concibe una figura al modo clásico en su apariencia y composición, y que elevara al cielo uno de sus brazos portando una antorcha que serviría precisamente de faro.

Este proyecto no se llegaría a realizar y de ahí que Bartholdi retomara el diseño para su Estaua de la libertad. La apariencia clásica casaba perfectamente con el simbolismo democrático que se quería representar y la antorcha en alto, aún lo reforzaría, porque asociaría la idea de libertad a la de la luz que debe guiarnos. De hecho la estatua originalmente recibió el nombre de “La libertad ilumina el mundo”, sin olvidar además su propia funcionalidad original, pues la estatua sirvió como faro de Nueva York desde su inauguración hasta 1902. El rostro idealizado bajo un ethos de tradición clásica (en el que algunos creen ver el rostro de la madre del artista y otros el de la esposa del inventor Isaac Singer); el trabajo ampuloso y elegante en los paños, el ligero contraposto, y los atributos iconográficos de la diosa romana Libertas más la diadema luminaria del dios Helios (símbolos que se completan además en este caso con el emblema moderno de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos que porta la estatua en la mano izquierda), completan el carácter clásico de la obra, y la emparentan con el Academicismo escultórico de la época.

Terminada la escultura en 1884 hubo que desmontarla y seccionarla en 350 piezas para su traslado en barco hasta Nueva York, y esperar todavía otros dos años a montarla en su lugar de ubicación porque los americanos aún no habían recuadado los fondos suficientes para construr el pedestal de 50 metros sobre el que se había de levantar la imagen. Finalmente y gracias al apoyo de Joseph Pulitzer, director del New York World, el pedestal se concluyó pudiéndose por fin montar la estatua en su lugar definitivo, inaugurándose el 28 de octubre de 1886 en presencia del presidente Grover Cleveland y en medio de una enorme alegría colectiva.

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La estatua en el patio anexo al estudio de Bartholdi en París.

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La cabeza de la Estatua expuesta en la Exposición de París de 1878.

 

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