Frontal de Aviá PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Frontal de Aviá.
Museo Nacional de Arte de Cataluña
1170-1190

La pintura románica tiene dos objetivos primordiales en su expresión plástica: por una parte su valor simbólico, por otro su carácter didáctico. Desde el punto de vista simbólico, la pintura es un vehículo para recrear el ambiente místico que exige el espacio sagrado que se configura al interior de las iglesias. Desde la perspectiva de su valor didáctico, la pintura se convierte en el único medio accesible al pueblo llano de entender el contenido esencial de las sagradas escrituras, sustituyendo a través de la imagen la palabra escrita, incomprensible para el vulgo.

Por ello la pintura románica tiene a su vez dos características fundamentales, su carácter narrativo y su componente ideográfico; el primero, ligado al valor didáctico que ya hemos explicado, y el segundo, al simbólico.

Las consecuencias desde un punto de vista artístico son muy claras: Por un lado se trata de una pintura que debe facilitar la lectura del espectador, y por ello las composiciones son simples y regulares, predominando las simétricas, y por eso mismo también se tiene un especial cuidado en localizar los temas con una estricta jerarquización espacial: en el ábside central: Pantocrator o la Virgen; en los muros laterales, narraciones del Antiguo y del Nuevo Testamento, cuya lectura debe hacerse habitualmente de izquierda a derecha y de arriba abajo: de ahí que al templo románico se le considere con razón una auténtica Biblia en imágenes.

Por otro lado, esta pintura en ningún caso pretenderá reproducir un entorno real, todo lo contrario, lo que se persigue es la restitución de un entorno ajeno al mundo cotidiano, lleno de mensajes que enlacen al espectador con la divinidad, que lo lleven de “camino hacia Dios” y lo distancien por un tiempo del mundo real. Por ello en la pintura románica prevalecerá su valor expresivo principalmente, y en aras de conseguirlo se perfilan las figuras con gruesos trazos, y se aplican colores planos y llenos de vigor. Color, cuyo impacto, enfatizado además por el complemento de las luces breves e indirectas del interior del templo, contribuye decisivamente a recrear el ambiente de misticismo sobrenatural que envuelve al creyente. Tanto, que del propio color surge una intensa luminosidad pictórica, que también tiene su efectismo simbólico, porque es así una luz que proviene desde las figuras y no desde el exterior, lo que contribuye al simbolismo místico románico de concebir la luz, como luz del espíritu, como luz interior.

No hay movimiento real en las imágenes, que además están tocadas de un hálito divino que las hieratiza. Se desentienden de cualquier vinculación realista a relaciones de proporcionalidad o recursos de perspectiva ; se busca la grafía clara y descriptiva ; se simplifican las imágenes en un esfuerzo magnífico de sintetización y se enfatizan los símbolos con efectos de color. Incluso, con todo tipo de convencionalismo, tan propios de un arte ideográfico: recursos esquemáticos; pies en "V" ; economía de trazos; pliegues simétricos; idea de profundidad transmitida por medio de la superposición de cabezas; sensación de movimiento a través de la repetición paralela de los gestos de varias figuras, etc.

En cuanto a sus técnicas se utiliza predominantemente el fresco; sólo ocasionalmente el temple, y a veces también a la greca, que es una variante del fresco, consistente en la utilización de capas de agua y cal, a las que se añade un componente graso que conserva la humedad y permite pintar con más facilidad.

Los soportes pictóricos son las propias paredes del edificio y en ocasiones la pintura en tabla, sobre todo en los antipendios de altar. Es precisamente uno de estos antipendios de altar, el que vamos a comentar a continuación.

El frontal de Aviá es, en efecto, una tabla que actuaba como frontal de la mesa de altar y que hoy se encuentra en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, sin duda uno de los museos más hermosos para disfrutar de la pintura del periodo románico.

Iconográficamente la tabla se divide en cuatro escenas muy fáciles de identificar. En el centro preside la obra la imagen de la Virgen con el niño, aunque se trata de una propuesta novedosa, no tanto por la introducción del tema mariano que va cobrando protagonismo según avanzamos hacia el periodo gótico, sino por la propia actitud que manifiestan los dos personajes, interrelacionados en esta tabla por un gesto afable entre madre e hijo que humaniza la escena, algo poco frecuente en la representación de la Virgen en este periodo, normalmente envarada en su hieratismo y rigidez. En la parte izquierda, el cuadro superior representa la doble escena de la Anunciación y la Visitación; y en el cuadro inferior, la Epifanía, y en la parte derecha, el cuadro superior representa el Nacimiento, y el inferior la Presentación en el templo.

La pieza se fecha a finales del S. XII, prácticamente ya en el XIII, por eso se habla de “estilo 1200” para hablar de la obra, una tendencia general que se expande por todo occidente bajo el influjo potente de los iconos bizantinos de la época. De ahí tal vez, ese mayor modelado de los cuerpos y el trabajo más elaborado de los rostros.

En cualquier caso, el Frontal de Aviá responde a todos los criterios que se han explicado ya de la pintura románica: su expresividad, la rotundidad de los trazos, la luminosidad, el colorido intenso y brillante, las formas rotundas, etc, aunque en este caso envueltas en un preciosismo en las texturas, en una precisión de la línea, y sobre todo en una fuerza cromática tan clara y tan bella, que hace de esta muestra tan sencilla en apariencia, una de las joyas más exquisitas de la pintura románica.



 

 

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