G. Courbet: "Un entierro en Ornans" PDF Imprimir Correo
(1 voto, media 5.00 de 5)
Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

"Un entierro en Ornans"


G. Courbet

Museo d'Orsay. París. 1850.


A partir de Romanticismo, la pintura comienza un camino propio, definido por la renovación constante y la experimentación continua. El primer paso consiste en la representación de la naturaleza y el paisaje, pero sin convencionalismos académicos y sin la exageración dramática de los románticos. Puede decirse que paulatinamente y según nos acercamos a la mitad del S. XIX, se aprecia un agotamiento de los valores románticos que da paso a un proceso de objetivación del arte. En este sentido influye considerablemente el avance de la ideología socialista y la percepción de las injusticias sociales que está provocando la Revolución Industrial, lo que origina una reacción en muchos artistas de utilizar su medio de expresión como un arma de denuncia.

Para ello lógicamente ya no servían los modelos artísticos del pasado, y por ello se apuesta ahora por una estética basada en la representación directa de la realidad, en una pintura sin argumento, que desdeña la exaltación ideológica del Romanticismo y utiliza la provocación como forma de relación con el espectador. Inevitablemente variará también su técnica, más abierta de líneas y de mayor fuerza expresiva a través del color.

Con todo y con eso, el Realismo tendrá muy variadas formas de expresión según la mano de los artistas que siguen esta tendencia, y así irá desde el idealismo de J.F.Millet, a la simplificación gráfica de H. Daumier, la serenidad en los paisajes de C. Corot, o la crudeza descarnada y a veces grosera que emplea G. Corurbet, verdadero iniciador del movimiento y heraldo de la ruptura con los modelos tan rígidos que imponían los defensores de la pintura académica y los organizadores de los Salones Oficiales.

Gustave Courbet (Ornans 1819- Vevey 1877), nacido en el seno de una familia acomodada y admirador de David se va a distinguir por una técnica pictórica muy alejada de la pintura detallista de sus contemporáneos, y por una temática en la que sólo tenían cabida aquellos aspectos que podía experimentar con sus sentidos. Él mismo decía “que nunca había pintado un ángel porque no había visto ninguno”. Sentía además pasión por la materialidad de las cosas, por sus texturas y masas, y resulta especialmente característico de su estilo la fidelidad al natural, la fuerza del dibujo, el detallismo en sus obras, y el estudiado uso del color, en el que sobresalen sus negros profundos. Todo ello sin olvidar su creciente concienciación de los problemas sociales de la época, pues fue un hombre de sólidos principios ideológicos y un activista político. Por todo ello Courbet es el verdadero padre del Realismo.

El Entierro de Ornans es un buen ejemplo de las nuevas directrices que adquiere la pintura realista.

Courbet establece con esta obra un paralelismo crítico con los cuadros monumentales de David: también éste es un cuadro monumental, de figuras realizadas a tamaño natural, pero que lejos del empaque y la grandiosidad de los cuadros neoclásicos, adquiere ahora un tono vulgar y de exaltación de lo ordinario. Tal vez por ello, el cuadro presentado en el Salón de 1850 provocó un escándalo enorme, que llevó a un crítico a comentar que “se le quitan a uno las ganas de que le entierren en Ornans”; al pintor se le se tachó de “apóstol de la fealdad” y se le calificó de socialista, a lo que respondió, "Yo acepto encantado esta denominación, yo soy no solamente socialista, sino además demócrata y republicano; en una palabra, partidario de toda revolución y, por encima de todo, realista". Y es que Courbet juega como ya hemos señalado con la provocación, y consciente del impacto que iba a producir su obra, apuesta por la ruptura con las pinturas heroicas y grandiosas que llenaban en aquel entonces los Salones Oficiales.

En primer lugar se trata de una comunidad vecinal que Courbet conocía bien, pues Ornans era su lugar de nacimiento. La actitud de esta comunidad ante el entierro de un vecino no puede ser más indiferente. Nadie presta gran atención a la ceremonia, e incluso el enterrador se muestra impaciente. Esta visión, crítica contra la hipocresía social, se completa con una descripción vulgar del entorno, en el que las vestimentas son pobres, el cura severo y tosco, los suelos de barro, el ambiente lluvioso, los personajes poco agraciados, y la suciedad, abundante alrededor. Nada más lejos de la idealización romántica.

Para remate coloca en primer término un perro, que no sólo destaca por su situación principal en primer plano, sino por su color blanco en medio de una sinfonía general de grises. Courbet utiliza al perro como un elemento distorsionante en un acontecimiento de cierta severidad como debería ser un entierro, pero que él aquí representa con toda la crudeza de un realismo crítico. El papel provocador del perro se comprende bien si recordamos el dicho popular "pinta menos que un perro en misa".

Compositivamente el cuadro se resuelve a modo de friso, con una disposición en general bastante estática, sólo animada por la profundidad gestual de algunos personajes. Técnicamente además el cuadro combina elementos de plena minuciosidad realista en algunos detalles, sobre todo de primer plano, con una técnica más abierta y espontánea en la pincelada, en las figuras del fondo.

En la Exposición Internacional de París de 1855, Courbet volverá a provocar a los responsables artísticos del momento. Decidirá participar con una gran obra que acabar de terminar, “El taller del pintor”, otros lienzos menores, y de nuevo la pieza que hemos analizado, “Un entierro en Ornans”. Y como no podía ser de otra manera sus obras fueron rechazadas, a lo que respondió el pintor con su acostumbrada rebeldía y resolución, montando con la ayuda financiera de Bruyas un pabellón propio en la Rue Montaigne, muy cerca de la Exposición, donde organizó una muestra de pintura paralela a la oficial que denominó Pabellón del Realismo, y que constituiría el germen de los futuros Salon des Refusés (Salones de Rechazados), promovidos por el propio Napoleón III en 1863, a raíz del escándalo provocado por la exhibición de la obra de Manet “El almuerzo campestre”, y que marcarán en adelante el camino de la libertad en la pintura contemporánea, en oposición a las rígidas normas de la pintura oficial.



 

 

 

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar