| G. Fernández: "Cristo de la Luz" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Cristo de Gregorio Fernández. Museo Nacional de Escultura. Valladolid. 1633. La imaginería barroca en España constituye por la cantidad y calidad de sus obras uno de los momentos de esplendor de la escultura española. Un género fuertemente controlado por Iconográficamente la escultura española del XVII es por ello monotemática, con el tema de El realismo barroco y el fuerte expresionismo que también caracterizan a este periodo se convierten en señas de identidad de este estilo en nuestro país, si bien habría que distinguir dos corrientes diferenciadas en este mismo entorno: Es en este contexto en el que destaca la figura tal vez más importante de esta escuela castellana: Gregorio Fernández. Escultor gallego, que vive en su formación la efervescencia del barroco pleno que se desarrolla en su lugar de origen, y que con ese bagaje marcha a Castilla donde pronto encuentra una creciente sucesión de encargos prodigados desde la curia eclesiástica, que ve en su expresionismo dramático el estilo idóneo para su arte religioso. Y aunque a veces en algunas de sus obras su vena naturalista se complace en exceso en la representación del dolor y la sangre, es igualmente cierto que es un escultor técnicamente de una gran calidad, que detalla perfectamente sus anatomías, que es capaz de crear una tensión anatómica de enorme realismo e intensidad, maestro en la representación de las diferentes texturas y que trabaja los paños bajo un dinamismo típicamente barroco de grandes dobleces y oquedades. El Cristo de Se trata de una de sus últimas obras y en ella se aprecia esa doble característica de su autor, que combina la perfección técnica con el dramatismo expresivo de un acentuado pathos. La perfección técnica se aprecia sobre todo en las anatomías de este Cristo que deja entrever a las claras su dolor y padecimiento, con su vientre hundido, su cuerpo enflaquecido, sus brazos colgados, y sus piernas macilentas y dolidas El dramatismo se concentra en su rostro, marcado por el sufrimiento, pero también como es característica de su autor, por una excesiva complacencia en los chorretones de sangre que manan desde distintos puntos del cuerpo y se esparcen por todo él en regueros macabros. La misma composición igualmente característica de Cristo de tres clavos completa esta sensación de sufrimiento, porque la disposición sobre estos tres apoyos requiebra el cuerpo ya de por sí frágil del Cristo y acentúa la sensación hiriente de dolor. También la de movimiento, porque estos Cristos desequilibrados, al arquearse los brazos colgados de forma torturante y cruzar sus piernas sobre un solo apoyo incitan esa misma sensación de agitación que también genera el tormento. El paño de gloria hace el resto: volado en nudos diagonales y de profundos pliegues hirsutos y afilados, crea violentos contrastes de luz y sombra, e insiste en un mismo gesto que amplifica el dramatismo.
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