G. Klimt: "El beso" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

"El beso"


G. Klimt

Östesrreichische. Galerie. Viena. 1907.


Viena al filo de 1900 es la capital europea que tal vez mejor ejemplifica el ambiente, la moda y las tendencias artísticas que se resumen en el movimiento modernista, prueba de ello es que por diversos motivos es una de las capitales emblemáticas de este estilo.

En gran parte la amplia difusión de esa tendencia en la capital austriaca se origina gracias al fenómeno de la Secesión. Se trata de un movimiento liderado precisamente por Gustav Klimt que junto con otros 19 estudiantes y artistas pretende transformar las propuestas tradicionales del arte. En una palabra, como ocurre en esas fechas en distintos puntos de Europa, quieren hacer un arte nuevo: “A cada tiempo su arte, a cada arte su libertad”.

Pero en realidad no puede hablarse ni mucho menos de ruptura con el arte anterior, como mucho se trata de una renovación, que utiliza elementos formales diferentes, los del art nouveau, pero cuyo sentido elitista (“Es malo satisfacer a muchos”) y su estética refinada y ornamental, lo convierten en una de las tendencias más aplaudidas por esa burguesía satisfecha de sí misma que llena los cafés vieneses. De ahí el enorme éxito de este estilo en ese país.

La Secesion cuenta con una revista propia como cauce de divulgación de sus propuestas, Ver Sacrum e incluso con un edificio igualmente emblemático, el edificio de la Wiener Sezesion construido entre 1898 y 1899 por J.M. Olbrich. En su interior la decoración exhibe esculturas como la de Beethoven de Max Klinger, y pinturas murales de Böhm y del propio Klimt. Esta es también la Viena de las nuevas propuestas arquitectónicas de Otto Wagner, Joseph Hoffmann e incluso de Adolf Loos, aunque éste desde su crítica al decorativismo modernista (suyo es un artículo titulado Ornamento y delito) abre las vías al Racionalismo arquitectónico en Austria.

De todos ellos es probablemente G. Klimt quien mejor sabe conciliar el decorativismo Modernista con un concepto de la pintura original y novedoso, que da lugar a un estilo elegante y vistoso, que hace de la belleza explícita de sus cuadros su seña de identidad. Su trazo rítmico, sus fondos dorados y su riqueza ornamental son el medio para lograrlo. Pero también otros elementos formales, como un tratamiento caprichoso de las formas, en las que prevalece una línea quebrada e irreal aunque de una enorme poesía, la utilización del color, siempre voluptuoso e impactante, y esa peculiar incrustación de formas y colores a modo de taraceas, que proponen figuras exuberantes y exóticas. Es evidente en el conjunto de su obra una deuda con el arte medieval y con los iconos bizantinos, aunque transformados ahora por una mirada singular. El resultado son pinturas de una enorme intensidad visual, luminosas, rutilantes, colmadas de un esplendor que las hace joya.

El suyo es por tanto un estilo propio. Es cierto que recoge la tradición ornamental del art nouveau y que sobre todo en sus murales decorativos no parece un pintor rupturista porque se pliega a la moda ornamental del momento, pero no es menos cierto que lo hace formalmente de un modo muy personal e inconfundible.

Por otra parte en sus lienzos se aventura en temas y pretextos que resultan igualmente innovadores y a veces mordaces, lo que resulta igualmente original. Así ocurre con sus numerosas representaciones de mujeres, tema éste recurrente en la obra de Klimt y que trata casi siempre bajo el ingrediente de su sexualidad, que se utiliza con absoluta libertad cuando no con descaro (Danae. Col. Dichand. Austria. 1907-1908; Nuda Veritas. Österreichische Nathionalbibliothek. 1899; Virgenes. Museo Nacional de Praga. 1913). La mujer es además la protagonista primera de sus obras porque es ella también pretexto de la belleza y como tal, componente imprescindible de sus obras.

El beso es una de sus lienzos más conocidos y más hermosos. Es la culminación de su Edad dorada y un auténtico emblema de la Secesión. No faltan los elementos ornamentales que llenan sus obras de un esplendoroso entorno, no faltan los dorados, más procaces que nunca, ni la exhuberancia del color y de los motivos que lo adornan.

Pero en este cuadro hay más. Es la representación de un tema tabú para el puritanismo social de la burguesía austriaca del momento, pero que klimt aborda abiertamente y sin prejuicios. Y aún va más allá, porque el cuadro es un símbolo de la relación entre los sexos. Esa relación dialéctica de continua pugna y de continua unión. El beso funde en una unidad al hombre y la mujer, pero es evidente que son dos naturalezas distintas: en el hombre prevalecen las formas cuadradas y aristadas, en la mujer las curvas y oblongas; en el hombre predomina la fuerza dominante que parece someter a la mujer, en ella la ternura. En cualquier caso de esa lucha surge el amor, exaltado aquí a través de la expresividad de las formas y que parece estallar en la luminosidad de los dorados.

La obra tuvo en su momento un enorme éxito de crítica y público, y ello a pesar de tratar abiertamente un tema anatemizado por la puritana sociedad austriaca. Pero lo cierto es que a la vista de aquellos espectadores prevalecía ante todo la estética de las formas y la vistosidad de la obra por encima de su contenido, que en todo caso parecía escondido bajo esa apariencia brillante y decorativa.

Tal vez en esta obra se resuma toda la modernidad y la aportación de Klimt: capaz de hacer una pintura distinta desde el punto de vista formal, pero llena de recursos plásticos para lograr un resultado pleno de luz, de esplendor y de un lirismo insuperable. Es de esta forma como Klimt no representa en sus cuadros la belleza, sino que hace de sus obras la belleza misma.


 

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