Magdalena penitente
G. La Tour.
Metreopolitan Museum. N.Y. 1638-1643.
Georges La Tour (Vic-sur- Seilles 1593- Lunéville 1652) hijo de un albañil y una modesta panadera, centra su actividad primeramente en la ciudad de Nancy, perteneciente al obispado de Metz, uno de los bastiones del catolicismo francés, y posteriormente, después de su afortunado matrimonio con una dama de la nobleza, en el ámbito de la Lorena.
Se sabe muy poco de sus primeros años de formación, así como de sus posibles viajes al extranjero, porque es indudable la influencia de otros pintorers italianos y holandeses y no se sabe si los conoció directamente o mediante estampas, en cuyo caso no habría salido de su tierra natal.
De todas formas, la influencia italiana es indudable desde el primer momento, aunque en una primera fase de su obra se revela con unas características de luminosidad y optimismo en sus cuadros que han terminado por acuñar a esta época suya como etapa diurna, muy distinta a la que desarrollará después y que caracterizará su estilo personal para siempre.
A partir de los años 30 de aquel siglo La Tour cambia su forma de pintar, muy probablemente influenciado por la aciaga época que le tocó vivir en su tierra, muy afectada por las consecuencias de la Guerra de los Treinta Años, particularmente dura en aquella región de Lorena. A partir de ese momento sus cuadros se van haciendo más oscuros, más influenciados al parecer por la pintura de los caravaggistas holandeses como Honthorst, hasta convertirse en uno de los ejemplos extremos del Tenebrismo barroco.
Es habitual en esta fase que sus composiciones estén articuladas por un único foco preciso de luz, normalmente procedente de una vela, lo que le permite obtener variados efectos lumínicos, todos ellos muy espectaculares. A ello hay que añadir una nitidez propiamente naturalista en la ejecución de sus figuras y objetos, lo que le da a sus cuadros un realismo fantástico y a la vez enormemente veraz.
A la utilización de los focos de luz hay que sumar también una tonalidad rojiza que normalmente baña el resto del lienzo, aunque siempre dentro de una tremenda oscuridad en todo el cuadro sólo rota bruscamente por el efecto brillante de la candela.
Técnicamente su pintura es de una portentosa precisión, de una línea concreta y descriptiva, de gran meticulosidad en el detalle y rigor en las composiciones, lo que comporta una pintura de una calidad extrema. Reiterativa en su estilo, pero de una calidad extraordinaria.
Temáticamente su obra es casi exlusivamente de religiosa, lo que coincide con el carácter católico que como hemos comentado caracteriza su lugar de residencia. En realidad toda su producción está impregnada de ese sentimiento devocional, porque hasta las obras que no tratan explícitamente un tema religioso sino que podrían pasar por una pintura de género recrean esa atmósfera sagrada. Ocurre que su forma de tratar el tema religioso apunta ya a un marcado naturalismo, heredado también del caravaggismo italiano, de tal forma que es habitual que en sus pinturas se entremezcle la escena de género y la religiosa, hasta el punto de que a veces nos encontramos con obras que sin tratar el tema religioso adquieren un carácter piadoso y conmovedor que mos remite al sentimiento religioso, caso del cuadro que lleva por título Recién nacido, que parece aludir al tema de la natividad, y a veces nos enfrentamos a lo contrario, cuadros que aluden a un tema evangélico como el San José carpintero, que se trata como una ecena costumbrista. Y siempre desde la mayor sencillez, en escenarios limpios de enseres y escasos protagonistas, que además se simplifican más por la peculiar focalidad de la luz de sus cuadros.
Son numerosas las obras de este tipo que realiza La Tour, entre las más conocidas estarían el San José carpintero ya aludido, del Louvre, y ésta Magdalena penitente del Metropolitano de Nueva York, que es sin duda de las más originales por el doble juego lumínico y compositivo de la vela y el espejo que multiplica sus efecto por dos.
La obra se envuelve en esa atmósfera de austeridad ya comentada que caracteriza sus cuadros, en este caso subrayada aún más por la ausencia casi total de objetos complementarios y por la simplicidad con que resuelve la imagen de la Magdalena, sólo exaltada en sus más mínimos detalles en aquellas zonas donde le alcanza plenamente la luz.
Como es habitual en este tipo de pinturas de la época, la obra guarda diversos elementos simbólicos, como el mismo espejo, que es símbolo de la lujuria, mientras la vela, que se va consumiendo ella sola, refleja la fragilidad de la vida humana, y sus manos sobre la calavera en un gesto tan sereno, su resignada aceptación de la muerte.
Pero el cuadro resulta en gran medida fascinante no sólo por todo lo dicho, es decir por sus efectos lumínicos, tan originales en esta ocasión, y por su simbolismo, sino también por la nitidez del mismo, de una veracidad aplastante en todos sus objetos y detalles (sobre todo, el espejo, portentoso, y la vela), y por la sencillez formal de la pintura, en la que destaca sobre todo la actitud de la Magdalena: su belleza sucinta, sus detalles concretos, su perfil brevísimo y su pecho luminoso, así como esa imagen resumida y expresiva de su aspecto físico y de sus valores morales.