| G. Tooker: "The subway" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
| Lunes, 18 de Junio de 2012 07:16 |
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The subway.
G. Tooker.
La obra de George Tooker no es muy conocida entre los pintores inmediatamente posteriores a George Tooker (New York 1920-2011), nacido en Brooklyn, Nueva York, en el seno de una familia con ancestros anglo franceses por parte de padre e hispano-cubanos por la de madre, pertenece a la clase alta estadounidense, lo que explica sus estudios en una universidad como Harvard, en su caso en la especialidad de literatura. No obstante, ya durante su estancia universitaria pasa mucho tiempo en el Fogg Art Musem, atraído por el mundo de la pintura, que al final es el que le seduce definitivamente. Comienza así su formación con Malcom Frazier, amigo de su madre, que le introduce en el entorno de la pintura realista, y más adelante en el Art Students League de Nueva York, donde coincide con Reginald Marsh, Kenneth Hayes Millar, Harry Sternberg y Paul Cadmus. Este aprendizaje es paciente y pausado y prácticamente dura toda la década de los años cuarenta, en la que va fraguando un estilo que tomará forma propia a partir ya de los años cincuenta. Es entonces el punto de arranque de sus primeras exposiciones y de un tímido reconocimiento inicial. Tímido y restringido reconocimiento porque como hemos comentado su pintura poco tenía que ver con los estilos del momento. La suya, por el contrario, es una pintura distinta, pero no por ello menos seductora. Algunos la han relacionado con el llamado Realismo Mágico, que tiene su máxima expresión sobre todo en el campo de la literatura, y cuya versión más conocida se encuentra en la literatura latinoamericana de los años sesenta y setenta, pero que también muestra su expresión plástica en autores de Europa y América. Entre otros, los pintores norteamericanos contemporáneos de Tooker, Paul Cadmus e Ivan Albright. En realidad se trata de una propuesta heredera del Surrealismo, del que toma el soporte figurativo y realista y una inversión conceptual de los contenidos que reproduce, pero si bien el Surrealismo se apoya más en las fantasías del subconsciente o del mundo onírico, el Realismo Mágico es mucho más veraz, y sí, juega con las imágenes, pero no para llegar al absurdo de lo imposible, sino para afrontar una realidad que transformada por la magia resulta más sugerente y sirve en ocasiones a la crítica social de forma mucho más convincente. De ahí una pintura que comporta una importante carga reivindicativa y una visión angustiada ante la vida. En la obra de G. Tooker existe este perfil, aunque en ella deben rastrearse también otras influencias, principalmente la tradición realista del Regionalismo americano anterior a la guerra, y la pintura de E. Hopper, del que hereda una visión directa del entorno urbano americano, una técnica precisa y nítida, e incluso ese componente de amargura, soledad y tristeza que también transmiten sus cuadros, aunque tal vez acrecentados en el caso de Tooker con un mayor hincapié en otros males característicos de la vida y la sociedad actuales, como la ansiedad, la depresión y la alienación social. Tampoco sería desdeñable la aportación sobre su obra del pintor y dibujante Maurits Cornelis Escher, que a su vez también es un beneficiario del Surrealismo, pero que él reorienta hacia un mundo de ilusiones geométricas que derivan en arquitecturas imposibles, y cuyo geometrismo en la composición y estructuración de sus imágenes puede reconocerse también en algunas obras de Tooker. The subway es sin duda su obra más conocida. Pintada en 1950, representa a una mujer en medio de una estación de metro que parece perdida en medio de la soledad. A su alrededor pululan figuras masculinas que en una reiteración de imágenes, todas similares, parecen acosarla. Es la pura realidad de un día normal en una estación cualquiera de cualquier metro de mundo, en la que todos nos sentimos alienados y perdidos, aunque estemos rodeados de una multitud de personas anónimas que como zombis nos miran sin ver. Para una mujer sola en 1950, la situación además provoca una sensación de miedo que nos transmite su rostro, porque se trata al fin y al cabo del reflejo de una sociedad agresiva, machista e insolidaria. Inhumana también, como se advierte en cualquier estación de metro de cualquier lugar del mundo. La estación además parece una prisión, con sus techos bajos, sus compartimentos estancos y las rejas que circundan a la protagonista. Sensación opresiva a la que contribuye decisivamente la estructura compositiva del cuadro. Es no sólo la rígida geometría del espacio recreado, al modo de Escher, como antes comentábamos, es también una disposición en perspectiva lineal que podría recordar algunas experimentaciones quattrocentistas, y que en su rígida simetría compositiva consigue ese efecto icónico de figuras estáticas y envaradas en un espacio fijo y rígido que contribuye a la deshumanización de las figuras. Técnicamente, The subway recupera una peculiar técnica al temple a base de yema de huevo y agua, a cuya mezcla se le añadía el polvo del pigmento. El proceso de ejecución resulta lento y meticuloso, pero seca con rapidez y sobre todo consigue esas texturas tan límpidas y realistas que caracterizan la pintura de Tooker. Lógicamente su lenta elaboración explica que apenas terminara un par de cuadros al año. Fue suficiente en cualquier caso para adquirir un nombre y un prestigio, que aunque reducido a la crítica especializada y poco conocido del gran público, le permitió participar en numerosas exposiciones por todo el mundo y obtener al final de su vida Su pintura es atractiva y sugerente, técnicamente precisa y meticulosa, y refleja con toda su acritud el mundo en que vivimos, por todo lo cual George Tooker merece un hueco en cualquier repertorio que se precie sobre la historia de la pintura contemporánea.
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