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Galo moribundo
Epígono (?).
Museo Capitolino. Roma. 230-200 a.c.
La pieza es una de las más conocidas de la escultura helenística, aunque ya de una fase en la que las distintas escuelas en las que se va dividiendo el arte griego hacen difícil una sistematización homogénea del estilo. En cualquier caso aspectos característicos de la estatuaria helenística, como el virtuosismo técnico, el realismo formal, la ruptura de la armonía clásica y sobre todo el sentido exagerado del pathos, se aprecian claramente en esta obra.
El Galo moribundo se conoce también como Galo Capitolino o Gálata moribundo, y es una copia romana de una de las muchas piezas que el rey de Pérgamo Atalo I manda realizar para conmemorar su victoria sobre los gálatas. Eran estos un pueblo celta que procedente de la Galia habían llegado hasta Grecia atravesando Centroeuropa y los Balcanes a principios del S. III a.c. Cuenta Pausanias que a pesar de sus destrozos y desmanes (llegaron incluso a asolar el Santuario de Delfos), terminaron huyendo de Grecia, tratando de asentarse en Asia Menor. Concretamente en el reino de Pérgamo, situado en la esquina Noroccidental de la Península de Anatolia. Allí se enfrentaron a sus reyes, que finalmente los vencieron y los recluyeron en la Capadocia, en una zona que terminaría llamándose Galacia. Pues bien, son preciamente las campañas de Atalo I de Pérgamo las que derrotaron definitivamente a estos antiguos galos que se encontraban en su reino.
Probablemente la pieza fuese originalmente de bronce, aunque no lo sabemos, como tampoco se sabe mucho de su autoría, que sin demasiada convicción se podría atribuir a Epígono, por ser el principal artista de la corte de Atalo.
La copia fue descubierta ya en el S, XVII en la Villa Ludovisi de Roma, junto a ortro grupo escultórico, con el que probablemente estuviera relacionado, el llamado Galo Ludovisi (Museo de las Termas). Se trata de la representación del jefe bárbaro, que se suicida clavándose la espada con una mano, mientras sujeta el cuerpo inerte de su esposa con la otra. Una representación inconfundible de la escultura helenística de la Escuela de Pérgamo, caracterizada precisamente por su exagerada teatralidad.
El Galo moribundo en cambio resulta una pieza de una extraordinaria hondura humana porque transmite con enorme convicción el abatimiento ante la derrota y sobre todo la soledad del vencido, que afronta con impotencia el fatal destino de la muerte.
Técnicamente la obra se inscribe en el detallismo preciso y naturalista que caracteriza toda la escultura helenística en general, y que aquí se manifiesta claramente en el trabajo de la anatomía, meticulosa en la musculatura y minuciosa en la representación de algunos atributos, caso del torques o anillo al cuello y el bigote, ambos motivos iconográficos característicos de los guerreros galos. Podrían añadirse la espada y la corneta que aparecen tiradas en el suelo, pero no está claro que la base de la escultura se realizara a la vez que la figura del soldado. El cabello revuelto y la herida en el costado insisten en un naturalismo que se recrea en su derrota. Incluso la desnudez es algo más que un estudio de anatomía. Se cuenta que los guerreros galos luchaban sin ropa, aunque en esta ocasión el desnudo parece asumir un carácter heróico que enaltece la victoria del vencedor.
Desde un punto de vista estrictamente formal la escultura es de una notable complejidad. Compositivamente dibuja una estructura en triángulo, con la cabeza en el vértice, y los lados en las piernas y en uno de los brazos. Pero lejos de transmitir equilibrio y estabilidad, el frágil apoyo del brazo y la inercia del peso del cuerpo hacia ese mismo brazo desequilibran por completo la figura, transmitiendo de esta forma el abatimiento del soldado, que herido de muerte parece que va a derrumbarse de un momento a otro.
No sólo eso, la escultura se gira sobre sí misma, y curva su cuerpo, multiplicando así sus puntos de vista y contribuyendo también a un sentido del movimiento, que en realidad se transmite al espectador a través de la ansiedad que nos produce su inclinación y su desequilibrio.
Los brazos doblados y paralelos, lo mismo que la piernas, tambien paralelas, contrabalancean toda la estatua, lo que acentúa su inestabilidad, al tiempo que la postura en ángulo de las extremidades y su cuerpo curvado, resaltan su debilidad.
Por otra parte, el pathos característico de la escultura helenística, es aquí paradigmático. Su postura evidencia su derrota: el rostro hacia el suelo, el pelo encrespado, el torso doblado, son detalles de un expresionismo elocuente, que se traduce en la humillación de un cuerpo herido y derrumbado, al que sólo le resta esperar la muerte.
Y si bien la desgracia certifica el pathos, ya decíamos antes que no lo hace con la exageración dramática de otras piezas de esta misma escuela. Al contrario, en su soledad y su mutismo, el soldado afronta la muerte con una dignidad y una serenidad de gran calado humanístico.



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