Giambologna: "Mercurio" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Mercurio.

Giambologna.

 

Museo Bargello. Florencia. 1564.

 


Jean de Boulogne (Douai 1529- Florencia 1608) es un escultor procedente de los Países Bajos (de una localidad que hoy se encuentra en territorio francés) que se asentó en Italia, donde triunfó y de donde toma el nombre de Giovanni Da Bologna o más abreviadamente Giambologna. Desde 1550 se encuentra en aquel país en el que descubrirá la obra de Miguel Ángel, que se convierte en su principal fuente de inspiración. De él recoge la tensión dinámica y el gusto por las soluciones típicamente manieristas.

Sus obras, de pequeño tamaño y en bronce o mármol, sentaron las bases de su fortuna y de su fama, merecida en cualquier caso, pues pasa por ser la síntesis del manierismo florentino y el autor más representativo de este movimiento.

Aún así, su estilo resulta más elegante, delicado y menos grandilocuente que el de Miguel Ángel, además de que su inclinación por el clasicismo se manifiesta en aspectos de equilibrio y mesura en muchas de sus obras, como en esta que comentamos. No obstante, su concepto del movimiento sí es típicamente manierista, pudiendo llegar a extremos de agitación compositiva y espiral dramática como en su famoso Rapto de las Sabinas. Pero carece de la volumetría monumental y la sensación de bloque que se expresa en las obras de Miguel Ángel.

Su influencia será decisiva sobre autores del primer barroco, algunos tan determinantes en la evolución de la escultura como Pietro Tacca o sobre todo G. Lorenzo Bernini, que hereda de él su concepto del movimiento y su gracilidad en la talla.

Su famoso Mercurio es una obra de gran virtuosismo, probablemente inspirado en la misma precisión técnica de las obras de Benvenuto Cellini. Se trata de una de sus figuras de pequeño tamaño, de una enorme corrección en el dibujo y la talla del bronce, y al mismo tiempo de una composición muy estudiada.

Iconográficamente la figura de Mercurio se relaciona con el Hermes griego, de tal manera que asume la función de mensajero de los dioses o de intermediario entre la divinidad y los humanos, y como tal, encargado también de portar las almas de los muertos al más allá, así como de llevar los sueños de Morfeo hasta las personas que dormían.

Por otro lado y sobre todo en la mitología romana, Mercurio, hijo de Júpiter y Maia Maiestas, era el dios del comercio (de hecho su nombre proviene del latín merx, mercancía), y como consecuencia de ello, de la abundancia, la riqueza y el éxito comercial.

El Mercurio de Giambologna se nos muestra en una pura desnudez olímpica, y porta además el pétaso o sombrero alado; las alipes o sandalias igualmente aladas (ambos signos de su necesaria rapidez para transitar como mensajero entre los dos mundos, terrenal y divino); y el caduceo o vara mágica con dos serpientes enroscadas, con la que Mercurio cerraba y abría los ojos de los mortales, y que según los poemas homéricos se la había regalado Apolo.

Formalmente el Mercurio de Giambologna resulta una pieza de una indudable belleza, pero además de un difícil equilibrio entre un clasicismo sereno de precisión y armonía, y un concepto manierista del movimiento. Por un lado puede parecer un ejemplo de inestabilidad desequilibrante si observamos que carece de base, apoyando todo el cuerpo frágilmente en un solo pie. Además su posición contorsionada, en actitud danzarina, y en una espiral compositiva de múltiples puntos de vista, resulta un concepto del movimiento de una agitación típicamente manierista.

Pero por otro lado, en cambio, el resultado también es de un gran equilibrio compositivo, que se consigue compensando perfectamente el abalanzamiento de la figura adelante, con la contrabalanza que ejercen la pierna derecha y la cabeza hacia atrás, potenciando la verticalidad de toda la figura; o con el efecto que ejercen las líneas de los brazos, en una doble curva cóncavo-convexa, que también refuerza su verticalidad y compensa el contrabalanceo de la figura. La mirada hacia lo alto, el dedo índice derecho elevado al cielo y el caduceo en recto, además de reforzar su sentido iconográfico de intermediario con el mundo superior, insiste tercamente en la verticalidad de la figura. Todo lo cual consigue ese milagro compositivo de mantener la serena armonía clásica, con un sentido del movimiento audaz y osado, típicamente manierista y anticipo del posterior barroco.

La figura destaca también por su perfección, otro detalle característico del concepto clásico de belleza, y que se advierte en el perfilado preciso de sus detalles, su virtuosismo en el modelado, la elegancia de toda la pieza y un tratamiento anatómico al que no falta un cierto regusto erótico, también manierista, que se advierte en el desnudo mórbido y vibrante del cuerpo de este Mercurio, más enfatizado sin duda, gracias al efecto de brillante luminosidad que proyecta su peculiar tratamiento del bronce.

 

 

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