Giorgione: "La tempestad" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

La tempestad

Giorgione.

 

L'Academia. Venecia. Hacia 1508.

 

Giorgione, en realidad Giorgio Zorzi o Giorgio de Castelfranco (Castelfranco, Veneto 1477/78-Venecia 1510) es uno de los más importantes heraldos de la nueva avanzada que constituye la pintura veneciana de comienzos del S. XVI.

Poco sabemos de él a pesar de que gozó en vida de una enorme fama, siendo conocidas su afición a la poesía y a la música. Probablemente se formó con Giovani Bellini de quien aprendió la claridad de las nuevas tonalidades, a lo que agregaría el mensaje clásico recibido de Rafael y del mismo Leonardo, con quien debió de coincidir en Venecia en 1500.

En cualquier caso, Giorgione representa junto a Bellini la primera generación de la Escuela de pintura veneciana, que tendrá su posterior evolución en los nombres de Tiziano, Tintoretto o El Veronés. Una tendencia coetánea a la labor que en esos momentos desarrollan en Roma Miguel Ángel o Rafael a comienzos del Quinientos, y que destaca especialmente por la intensidad de su luz obtenida a partir de un tratamiento excepcional del color. Un color dado en llamar precisamente "veneciano" y caraterizado por sus tonos luminosos, intensos y de gruesa pasta, tocados siempre de una tibieza cromática que exalta su calidez y sensualidad. Con esta gama cromática la luz adquiere apariencia espiritual, envolviendo las imágenes de una atmósfera característica, etérea y elicuescente, que influirá decisivamente en toda la pintura posterior barroca y muy especialmente en la de nuestro Siglo de Oro.

Podemos por tanto hablar de lenguaje clásico, aunque también en Giorgione se den importantes novedades, ya no sólo la comentada de la utilización de una luz cristalina radiante de color, sino también sus modales técnicos, poco ortodoxos con la tradicición, pues Giorgione prescindía de bocetos y dibujos previos, aplicando el color directamente sobre la tabla o lienzo. Con ello su pintura adquiría gran frescura y espontaneidad, aunque ello acarreara a veces incorrecciones y pentimenti, que todavía se advierten en algunos de sus cuadros más conocidos.

Su colaboración con el joven discípulo Tiziano, terminará de abrir las puertas del protagonismo para la pintura veneciana, que él, a pesar de su temprana muerte a los treinta años, supo renovar sin perder la referencia del sustrato clásico.

He aquí una de las pocas obras que pueden atribuirse a su autor con seguridad y uno de los mejores ejemplos con los que valorar la técnica espontánea de Giorgione. Los últimos análisis radioscópicos demuestran a través de sus numerosos retoques la reelaboración continua de la obra a medida que la pintaba.

Aunque lo más significativo y relevante de este cuadro es la nueva relación que se establece temáticamente entre el hombre y la naturaleza. Si hasta ahora el paisaje era un simple aditamento complementario de la figuración, que era siempre protagonista, ahora nos encontramos con una perfecta interrelación entre ambos, exaltando así la necesaria unión entre hombre y naturaleza: la humanitas et natura, heredada por el pleno Renacimiento del panteísmo naturalista de Lucrecio.

De esta forma el cuadro eleva a protagonista temático el medio natural, concretamente la atmósfera turbia y opresiva que preludia la tormenta, y que parece imponerse sobre las actitudes de los personajes.

Éstos a su vez parecen desligados entre sí, como si posaran en actitudes disociadas, lo que acentúa la dificultad de interpretación temática del lienzo, favoreciendo de paso la sensación de inquietud y enigma.

Al respecto, todavía quedan lagunas en relación al veradero argumento del cuadro, ya no sólo por su dificultad intrínseca, sino porque los análisis radiológicos han desvelado el arrepentimiento sobre la figura masculina del primer plano, que en origen era otra figura femenina desnuda. Se ha relacionado con las pastorales características del S. XVI; con la representación de Paris amamantado por su nodriza; con una referencia a la Arcadia; incluso, con la expulsión de Adan y Eva del Paraíso. Pero parece en cualquier caso, que ante todo, el motivo del cuadro es el de la naturaleza esperando el bautismo de la lluvia.

Y es que ante todo el verdadero valor del cuadro radica en la fuerza expresiva otorgada a la representación del paisaje. El juego de luces y sombras, el tratamiento magistral de un color embaucador, la precisa técnica del sfumato y la capacidad de aprehender el tiempo en su instantaneidad a través de la representación insuperable del rayo que rasga la atmósfera, es lo que otorga a la obra toda su carga sugestiva, ensoñadora y poco menos que surreal.

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