| G.L. Bernini: "Apolo y Daphne" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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"Apolo y Daphne". G.L. Bernini
Galerías Borghese. Roma. 1624
El desarrollo de la escultura barroca tiene su origen en Italia y principalmente de la mano de un artista universal, Gian Lorenzo Bernini, grande entre los grandes, no sólo por la extraordinaria calidad de su obra, sino también porque la importancia e internacionalidad de su taller permiten considerarlo el auténtico difusor de la escultura barroca al resto de Europa. En la aparición de este nuevo lenguaje estético tiene mucho que ver el contexto histórico de la época, que coincide con el desarrollo de las monarquía absolutistas y las consecuencias que tienen para
La escultura barroca, huye del sentido placentero y equilibrado del Renacimiento, siendo por tanto su principal característica la dinamicidad: es decir, las composiciones abiertas; la distribución de líneas hacia el infinito; la agitación de las formas; los paños volados de grandes oquedades, etc. Esta movilidad de la escultura barroca, la convierte así en acción. Pero no una acción en sí misma, sino una acción en la que debe participar el espectador. Por ello, otra característica de la escultura barroca es su teatralidad. Ninguna obra de este periodo tiene ningún valor plástico si la separamos del lugar para el cual fue concebida, en el cual cobra sentido al ser contemplada en relación a un espectador determinado. Así ocurre por ejemplo con los Pasos de Semana Santa, concebidos precisamente para las Procesiones. Puede decirse por tanto que la escultura barroca es siempre una representación, y que por esa misma razón la arquitectura se pone al servicio de la escultura convirtiéndose en un escenario. Ese mismo sentido de la teatralidad y de la escultura como representación, justifica la fuerza expresiva que posee esta escultura, tendente por lo mismo en muchas ocasiones a la exageración gestual y el sentido dramático. La diversidad de mecenas y la diferencias entre países, explica la enorme variedad que caracteriza también este estilo. Prueba de ello es su diversidad temática, porque aunque prevalece el tema religioso, se combina muchas veces con el tema alegórico o mitológico, referido las más de las veces a la exaltación del poder monárquico. Sin olvidar que se da asimismo el tema popular o costumbrista, con el que se quiere llegar a la sensibilidad de las clases más humildes. Por la misma razón es también patente su variedad de materiales, utilizándose el mármol y la piedra, sobre todo en la escultura monumental italiana, pero también la madera y el estuco en las esculturas efímeras de la imaginería española. Pero como hemos dicho, un nombre propio eclipsa a todos los demás en el panorama de la escultura de este siglo, lo mismo que había ocurrido con Miguel Ángel en el anterior: Gian Lorenzo Bernini. Formado en el taller de su padre alcanzará la misma maestría que Miguel Ángel a la hora de trabajar el mármol, de otorgarle un pulido inimitable y asimismo de dotarlo del movimiento, la tensión emocional y el dramatismo propiamente barrocos. Aunando además en su obra la exageración expresiva y la delicadeza formal, la talla refinada y el sentido teatral. El grupo de Apolo y Dafne es una obra de juventud encargada por el cardenal romano Scipione Borghese para los jardines de su villa. Recoge el tema planteado en los versos de La metamorfosis de Ovidio, en el que se significa este mito griego de Amor imposible: Dafne, cuyo nombre en griego significa laurel, es una ninfa amada por Apolo, dios de
La obra plasma el instante mismo en que Apolo alcanza a tocar a Dafne, momento preciso en el que se produce la transformación de la ninfa. Es por tanto la representación máxima del sentido del movimiento porque capta el instante, ese momento culminante de la metamorfosis donde se concentra toda la emoción y la carga dramática del mito. Por ello mismo es también una obra tan característica del periodo barroco. Porque todo es movimiento. El estudio de la composición en este grupo escultórico resulta por lo mismo fundamental. Se trata en primer lugar de una composición abierta: de brazos en aspa extendidos y proyectados así hacia el infinito; cabellos que ondean al aire; ropajes volados; cuerpos danzantes. Una composición además determinada sobre todo por las líneas diagonales que marcan los brazos, las piernas y la propia disposición de los cuerpos, en una estructuración que parece estallar desde el centro de los mismos hacia el exterior. Sin olvidar el ritmo conseguido a través de las piernas en paralelo, los cuerpos arqueados igualmente paralelos, y el paño de Apolo subrayando la cadencia de los mismos. Se crea así una sensación de ímpetu, de movimiento ascendente, de tensión, que en última instancia es lo que transmite el sentido pleno del movimiento, como si en esta obra su autor hubiera sido capaz de capturar el instante. Algo tan difícil como excepcional. A todo ello habría que añadir el valor que tiene igualmente el estudio psicológico de los personajes, que acentúan ese sentido dramático del momento mismo de la metamorfosis: Dafne realmente horrorizada al ser alcanzada por Apolo, y éste mas bien sorprendido (no es para menos) de ver lo que está ocurriendo. Y todo ello, sazonado con una fuerte carga de sensualidad. Al fin y al cabo es una metáfora del amor, del amor imposible, pero Apolo es dios de
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