| Goya: "Fusilamientos del 3 de mayo" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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”Los fusilamientos del 3 de mayo en la montaña del Príncipe Pío”. F. Goya. Museo del Prado. 1814.
Es indudable que Coincide por tanto esta difícil etapa con la segunda época en la obra de Goya, la de mayor dramatismo, pues ya no sólo cuentan las difíciles circunstancias del contexto histórico, sino su propia situación personal, recién salido de su grave enfermedad y cargando con una sordera, secuela de dicha enfermedad, que irá agriando progresivamente su carácter. Sin olvidar que en plena Guerra, en 1812, muere también su esposa Josefa Bayeu. En cualquier caso al acabar Los Fusilamientos por tanto son en realidad una recreación del hecho histórico, ya que el cuadro está pintado mucho después de los acontecimientos. Incluso se discute si dichos hechos los vivió personalmente, pues aunque algunas fuentes señalan que probablemente se hallara entonces en Zaragoza, otras defienden que se encontraba en Madrid. La obra aparentemente tan simple, es de una gran complejidad formal y temática. La composición se articula en dos planos: el fondo, esbozado y nocturno de la ciudad, y el primer plano, destacado por el efecto focal de una luz que al chocar contra el promontorio envuelve el hecho principal destacándolo enfáticamente. Y es en este primer plano en el que se duplican dos actitudes contrapuestas: los fusilados, destacados por la luz y por su tremendo expresionismo; y el pelotón de fusilamiento, masa gris y amorfa, en sombra, carente de rostros y que actúan maquinalmente, todos a la vez, sin voluntad ni pensamiento, sin razón ninguna, demostrando así cómo los soldados, piezas de una máquina de matar, resultan la contradicción absoluta del hombre como ser civilizado y racional. Dicho contraste además establece su propia dialéctica intelectual, al representar como parte más viva del cuadro la de pueblo que va a morir, y como parte muerta la que está matando. El sentido de grupo de los fusilados es de un magisterio total: destaca la figura central encumbrada por la luz; por el color, en blanco, (color de pureza) y amarillo (color de divinidad), con lo que viene a simbolizar al pueblo de Madrid muriendo por su resurrección; y por su actitud, con los brazos en cruz y la cara desencajada, de un patético expresionismo, acentuado además por el símil con la postura de Cristo, que como este hombre anónimo, muere por los demás. Complementando esta figura estaría la del suelo, ya muerta, pero repitiendo la actitud en cruz de la central. Con ello queda establecido el último contenido del cuadro, el del transcurso temporal: el muerto representaría al pasado, la figura central impactante, representaría al presente que estalla ante nosotros con toda su crudeza, mientras que la figura del fondo que se tapa la cara (el próxmo fusilado) simbolizaría el más dramático porvenir. La técnica es la de Goya en estado puro: gruesos empastes y pincelada libre y enérgica, lo que redunda en un fuerte expresionismo gestual y convierte el lienzo en algo más que un cuadro, porque en realidad esta pintura llena de exaltación y fuerza dramática es un manifiesto, es un grito de rebeldía contra la injusticia, contra la tiranía del poderoso, contra la guerra en todas sus formas. Por ello mismo podemos considerarlo también una obra que se adelanta al posterior movimiento romántico, porque el Romanticismo hará buena esta premisa iniciada por Goya en este cuadro, la idealización de un hecho histórico para defender con ello principios e ideales.
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