Guerrer de Moixent PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

Guerrer de Moixent.

Museo de Prehistoria-La Beneficencia. Valencia.

Original del yacimiento de la Bastida de les Alcusses. Moixent (Valencia)

S. IV a.c.

 

Sabemos por otros comentarios de esta misma sección (ver la Dama de Elche) que los iberos son los habitantes autóctonos de la fachada mediterránea de la Península Ibérica, cuyo devenir histórico se puede concretar entre los siglos VI y II a.c. Su situación, al este de Tartessos, y cohabitantes de colonias griegas y fenicias situadas en esta misma franja mediterránea, posibilitó el desarrollo de un arte y una cultura brillante, que a su propia idiosincrasia añadió sin duda la infuencia benefactora de dicha vecindad.

En el caso concreto de la Comunidad Valenciana, la presencia ibera está constatada por una serie de yacimientos importantes, donde vivieron una serie de pueblos denominados por las fuentes greco-latinas edetanos y contestanos. Entre los principales yacimientos descubiertos en la en la zona edetana destacan los de Tossal de Sant Miquel, en Lliria (la antigua Edeta), una gran ciudad, lugar de residencia de una elite aristocrática y guerrera que controlaba un amplio territorio; Puntal dels Llops, en Olocau, una fortaleza en realidad para la defensa del territorio edetano; Castellet de Bernabé, también en Lliria, mansión con función residencial de la nobleza edetana y centro de explotación agropecuaria; y la pequeña aldea de La seña, en Villar del Arzobispo. Otros yacimientos de interés serían los de Kelin, en Caudete de las Fuentes, y El Molón, en Camporrobles. En la zona de los contestanos, destacan los yacimientos de Castellar de Meca, en Ayora, y sobre todo la Bastida de les Alcusses en Moixent. Se trataba en este último caso de una ciudad fortificada, en la que se ha descubierto su estructura urbana de casas diferentes entre sí.

Sería en este poblado ibero en el que se encontraría en julio de 1931 el famoso Guerrer de Moixent, una pequeña figurilla en bronce, de apenas 6 cm. de altura, que representa a un jinete a caballo, que monta desnudo empuñando espada ibérica en una mano y escudo en otra, y un casco del que destaca por su gran tamaño el penacho que lo corona. La pieza fue encontrada en lo que sería la casa de uno de los grupos aristocráticos de esta ciudad, junto a un buey, igualmente de bronce, que estaría uncido a un carro hoy desaparecido. Ambas piezas se fechan en el S. IV a.c. la llamada etapa del Ibérico Pleno, que constituye la fase de apogeo de la cultura ibérica, en la que se advierete una menor influencia de las colonias greco-fenicias, y un mayor manifestación de sus rasgos culturales autóctonos.

El guerrero se interpreta como un exvoto funerario, a modo de ofrenda. No es extraño este tipo de exvotos de representación militar en las tumbas iberas, considerando que este pueblo estaba dirigido por una aristocracia que imponía su dominio mediante la fuerza militar. La propia pieza que hoy comentamos y otros ajuares funerarios con armas, así lo demuestran.

Formalmente, el Guerrer reproduce con gran verismo el armamento de los guerreros iberos. En primer lugar la espada y el escudo que porta en sendas manos. La espada ibera podía ser de dos formas, o bien la llamda por los romanos “espada española” la gladius hinaniensis, de pequeño tamaño y doble hoja, y la falcata, la más característica del armamento ibero, un arma única, pues se hacía según el tamaño del brazo del guerrero y de una sola hoja, pero de una enorme dureza. Es esta última la que parece portar el Guerrer de Moixent, muy vinculada también a los rituales funerarios pues parece ser que en las tumbas, las armas íberas, y concretamente las falcatas, eran dobladas y así inutilizadas, por su importancia como atributo personal. En cuanto al escudo ibero que porta la figura es la característica castra, escudo circular no muy grande que se podía sujetar al cuerpo del guerrero por cuerdas o tiras de cuero, que pasaban por el hombro y permitían una gran movilidad. Luego estaba el casco, tan remarcado en la escultura, como importante era también en el atuendo militar de los iberos. El más habitual estaba hecho en cuero o metal, cubría toda la cabeza, frente y orejas incluidas, contaba con un fieltro al interior para acolchar los golpes, y su característica más singular venía dada por el adorno que a modo de crin de caballo lo coronaba, normalmente pintado de rojo y que como un penacho caía desde lo alto hasta la nuca en forma de coleta.

Desde un punto de vista artístico el Guerrer responde a una estética esquemática, en la que se muestra cierto desinterés por mantener un canon de proporcionalidad y una cierta tendencia a la geometrización, lo que unido al detallismo mostrado en el atuendo y el armamento del jinete e incluso en algunos aspectos de la anatomía del caballo, sitúa la pieza entre las más caracacterístias y genuinas del arte ibero, sin que se advierta tan claramente como en otras, la influencia griega o fenicia, caso de las grandes esculturas funerarias de la Dama de Elche, la Dama de Baza o la Gran dama Oferente del Cerro de los Santos.

Para visualizar la pieza en 3D, animamos a aprovechar la versión que nos ofrece el Museo de Prehistoria de Valencia:AQUÍ

 

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