Guido Reni: Hipómenes y Atalanta PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Hipómenes y Atalanta .

Guido Reni.

Museo del Prado. Madrid. 1619.


Los inicios de la pintura barroca en Italia desarrollan una doble corriente de expresión cuyos estilos resultarán opuestos. Está de un lado la línea que marca Caravaggio y que a la larga impondrá su estilo en la evolución de la pintura barroca en la mayor parte de Europa, y de otra la llamada Escuela de Bolonia, representada por la familia Carracci (Annibale principalmente pero también su hermano Agostino y su primo Ludovico) y otros autores como el propio Guido Reni, que por el contrario seguirán la senda del clasicismo idealista y puro, y que tendrá sus seguidores entre los pintores franceses principalmente. Ambas tendencias constituyen dos formas distintas de enfrentarse al Manierismo contra el que se reacciona por cansancio, una radicalmente distinta, y la otra recuperando los postulados del Cinquecento.

En esa línea clásica se mueve la pintura de Guido Reni, seguidor como hemos dicho de Carracci en la Escuela de Bolonia. Su clasicismo además resultaría más emotivo y con un toque amable y delicado.

Entre sus numerosas obras en Roma y Nápoles destacan temas de carácter religioso (bíblicos sobre todo) y mitológicos, siendo muy apreciados por las Cortes europeas y en especial la española, razón por la cual el Prado guarda un buen acopio de ellas. Entre todas destaca especialmente la que hoy comentamos, sin duda una de las más conocidas y conseguidas de su autor.

Hipómenes y Atalanta nos refiere el mito inspirado en las Metamorfosis de Ovidio, que narra el mito de Atalanta, hija de Esqueneo, rey de Arcadia, quien la ofreció en matrimonio a quien pudiera vencerla en una carrera. El castigo para los perdedores, era la muerte. Pero Hipómenes, enamorado de la joven, aceptó el desafío, y así, ayudado por Venus, quien le proporcionó tres manzanas de oro que el joven debería ir arrojando a su paso para distraer así a Atalanta y poder ganarla en la competición, consiguió su objetivo. Es precisamente el momento en el que Hipómenes lanza su mazana para que la recoja Atalanta el que reproduce el cuadro.

La obra resume perfectamente el estilo clásico desarrollado desde la Escuela de Bolonia, aunque en el tratamiento de los colores, fríos y un tanto artificiales, o las poses danzarinas, encontramos todavía y dadas las fechas tempranas de la obra, una referencia todavía manierista. Pero en todo caso ni el tratamiento de los cuerpos, ni los efectos de luz, ni principalmente el sentido del movimiento que transmiten los personajes, se ajustan ya al criterio manierista. Tampoco al tenebrismo caravaggista, por lo que podemos apreciar en la obra un nuevo rumbo en la pintura del setecento, el que abre la Escuela boloñesa.

En efecto, la luz es radiante y se esparce con cierta homogeneidad por todo el lienzo. Los cuerpos se trabajan con un canon más proporcionado y mayor grado de realismo; la expresión regresa a postulados idealistas; y la composición se equilibra, gracias al juego de piernas que con su doble “V” asienta a los personajes, y al rombo que forman los cuerpos en el centro del cuadro que contribuye a cerrar la composición.

Aunque tal vez el aspecto que más sorprende en esta obra sea el sentido del movimiento que Guido Reni le ha otorgado a las figuras y que consigue equiparar a la perfección la velocidad que exige el tema iconográfico de la carrera, con las interrupciones a que se ve obligada Atalanta al recoger las manzanas que Hipómenes le lanza. Y lo consigue combinando el efecto de desplazamiento que se obtiene de separar la posición de los dos cuerpos, forzando la postura hacia un extremo del cuadro cada uno y abriendo en amplias zancadas las piernas de ambos personajes, todo ello además acentuado en su agitación por el juego de las túnicas voladas al aire, con el gesto sereno y la captación del instante que parece frenarles en su movimiento.

En cualquier caso el resultado final es de una elegancia, una mesura en los movimientos, una precisión en el dibujo, una perfección técnica y una idealización de la escena en todos los aspectos, que ciertamente entrevemos en la obra una mirada de nostalgia por parte de Guido Reni, hacia la fase más equilibrada y clásica del Cinquecento italiano.

 

 


 

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