H. Anglada Camarasa: "Retrato de Sonia Klamery" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Retrato de Sonia Klamery, Condesa de Pràdere.

H. Anglada Camarasa.

Centro de Arte Reina Sofía. Madrid, 1913.


La pintura en España en el tránsito de los siglos XIX al XX, bascula entre una serie de tendencias diversas, en las que prevalecen sobre todo las preferencias realistas: el Paisaje realista como el de Carlos de Haes; el Realismo cotidiano de Martí-Alsina (La siesta. MNAC. Barcelona. Desnudo. M. Prado.); Realismo social de las primeras obras de Sorolla o Ramón Casas (Y aún dicen que el pescado es caro. Prado. 1894; La carga. Museo de Olot. 1902), así como las tendencias de influencia Impresionista, en las que destaca la mayor parte de la obra posterior de Joaquín Sorolla, o incluso de Darío Regollos.

Con posterioridad llegan a España y en especial a Cataluña, las referencias modernistas, que lógicamente encuentran en la acaudalada burguesía catalana la mejor clientela para su difusión y éxito. Aunque la reacción contra esta actitud a veces excesivamente esteticista y refinada, pronto llega en la propia Cataluña a través del Noucentisme y de artistas que se ven más atraídos por otras manifestaciones más vanguardistas del arte europeo. Es el caso de Arístides Maillol (Mediterranea. Petit-Palais. Paris. 1898), vinculado a las propuestas primitivas de Gauguin y la estética de los fauves, o Isidre Nonell, precursor del Expresionsimo en nuestro país.

Dentro propiamente del movimiento modernista hay que destacar principalmente figuras como las de Ramón Casas, Santiago Rusiñol, o Enric Clarasó en el campo de la escultura. Y junto a ellos un pintor tal vez menos reconocido, pero que es quien establece una relación más estrecha con el Modernismo que se está realizando entonces en Europa, Hermenegildo Anglada Camarasa (Barcelona 1871- Pollensa, Mallorca 1959).

En parte, su escaso y tardío reconocimiento en su propio país se debió a que afincado en París, sus mayores éxitos los cosechó en diferentes ciudades europeas, aunque nunca participó en las exposiciones oficiales españolas. Su vinculación con las corrientes europeas nace de su propia formación, que se produce en la conocida Academia Julián de París. Recibe la influencia de Toulouse-Latrec y más adelante se adentra de lleno en la estética Art nouveau al tomar contacto en 1904 con la Secesion vienesa y más concretamente con Gustave Klimt, que sin duda es una referencia obligada en la pintura de Camarasa.

De hecho, la que hoy hemos elegido es una de sus obras más hermosas y sin duda la más próxima a la influencia de Klimt. Se renoce en su interés por la belleza formal; por la exquisitez decorativa del conjunto de la obra; el refinamiento plástico; el característico “taraceado” en la aplicación de las formas y los colores, o el mismo protagonismo de la mujer con toda su carga sensual, elementos todos ellos que equiparan esta obra con otras del pintor vienés.

Se trata concretamente del retrato de Sonia Klemery, Condesa de Pradère, uno de los retratos más sensuales de su autor en el que se reastrean además otras influencias diversas de las tendencias del momento. Así, hay un cierto toque fauvista en el tratamiento del color y en la perfecta imbricación que se produce entre el estampado del vestido y el entorno, ambos tomados por una vegetación exuberante y que nos recuerda algunos ejemplos similares de Matisse. También hay quien ve un influjo simbolista por la sensación de ensoñación y de irrealidad en la que se encuadra el retrato. Y desde luego como ya hemos comentado, es innegable el tono que aportan algunos motivos reincidentes en la moda Art nouveau, como el exotismo del jardín los motivos de aves y florales, y en general el tono elegante y exquisito.

Su utilización de la luz y el color difieren no obstante del autor austriaco. Camarasa utiliza una luz misteriosa por su irrealidad y un cromatismo igualmente sugerente, dominado totalmente por las tonalidades verdes y azuladas, es decir frías, que contribuyen indudablemente a la elegancia distante y por ello igualmente misteriosa de este retrato. Por otra parte la propia belleza formal de la mujer y su indudable carga erótica provocan hacia ella una magnética atracción, basada en buena parte en detalles tan sugerentes como la silueta serpentinata; los labios rojos; la mirada penetrante; la pose en una descuidada elegancia; el contraste de las medias y los tacones en medio de la selva; el tocado del cabello, incluido el rizo sobre la frente; la piel de nácar; los dedos filiformes, y esa media sonrisa que al final termina de embaucarnos.

En resumen, un cuadro refinado y a la vez de un curioso exotismo que aúna por ello belleza y artificialidad, creando así un precioso retrato lleno de fantasía.

 

 


 

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