Iglesia de Santa Sabina (Roma) PDF Imprimir Correo
(6 votos, media 4.00 de 5)
Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   
Iglesia de Santa Sabina.

 

Roma. 422-432.

En plena etapa bajoimperial del Imperio romano se produce un cambio importante en el ámbito cultural que incide decisivamente en el arte: la aceptación oficial de la nueva religión cristiana. Su difusión social y su estrecha vinculación al poder desde el primer momento de su legalización, impondrá en el arte un cambio iconográfico y a la larga, un cambio también en las soluciones plásticas. El arte paleocristiano que lo define ya tenía sus primeras manifestaciones de la época de la clandestinidad en las catacumbas, pero es a partir del S. IV cuando se difunden sus primeras creaciones, que no obstante acusarán ciertas diferencias según se sitúen a occidente o a oriente del Imperio, sobre todo a partir del momento en que Teodosio decide dividir el imperio en dos mitades.

En occidente prevalece durante esa etapa la utilización del modelo basilical, como tipología del nuevo templo cristiano cuyas facilidades de diseño y construcción, la ductilidad de su uso, y sus amplias magnitudes espaciales, lo convierten en un prototipo ideal. La Basílica romana ya había sido utilizada por los judíos como Sinagogas. No debe de extrañarnos consideando sus ventajas. La basílica se concebía como un gran salón de reunión, alargado y dividido en naves separadas por columnas. Al fondo de la principal, que siempre era mayor que las demás, se ubicaba un ábside.

Su amplitud y su sentido longitudinal, que tendrá un claro simbolismo dentro de la liturgia cristiana, explican su adaptación al culto de la nueva religión. En Occidente, se construyen en Roma durante una primera etapa las basílicas de San Juan de Letrán, totalmente remodelada durante el Renacimiento, y San Pedro del Vaticano, derribada en el S. XVI para ser totalmente reconstruída. En etapas posteriores destacan algunas otras basílicas como la de Santa Sabina, igualmente en Roma, y cuya importancia radica sobre todo en el buen estado de conservación el que ha llegado hasta nosotros.

No fue ésta la única tipología utilizada, fueron frecuentes también los edificios conmemorativos o los funerarios, en los que prevalecerá por el contrario, la planta centralizada.

En oriente la división del imperio y en segundo lugar, la caída de la zona occidental en manos de los bárbaros desde el año 476, convertirán esta zona del imperio en un ámbito cada vez más distante de los modelos políticos y culturales de occidente, hasta considerarlo como una entidad completamente aparte. No obstante, todavía en época romana destacan algunas edificaciones con características propias, como la iglesia de la Natividad de Belén, la basílica del Santo Sepulcro o el Monasterio de Qal’at Simaan.

Arquitectónicamente en esta zona oriental, el modelo basilical se entremezcla con tipologías de planta centralizada, dedicadas en su mayoría a Batipsterios (Edificios para bautizos), Mausoleos (o tumbas) y los Martirium (conmemorativos del lugar de martirio de algún santo). Estos modelos de plantas explican que los templos propiamente dichos de esta parte del Imperio no siempre desarrollen modeos basilicales puros.

Santa Sabina, construída ya en el S. V, es una de las pocas iglesias puramente basílicales que se han conservado sin apenas transformaciones posteriores, y por tanto muy próxima a su estado original.

Como es preceptivo, consta de tres naves precedidas por un nártex: la nave central es más alta y ancha que las laterales y desemboca en un ábside semicircular, que se convierte en el elemento más significado de los templos cristianos al localizarse allí la mesa de altar para realizar las ejecuciones litúrgicas del sacerdote.

Esta disposición en la que prevalece tan claramente el sentido longitudinal de la concepción espacial lleva consigo un sentido simbólico: la orientación del espectador hacia el fondo, hacia el ábside, en un sentido "procesional" que viene a marcar un típico "camino hacia Dios".

Esta basílica como otras muchas semejantes, destaca por su sobriedad constructiva, en contraste con la arquitectura tardorromana. Consecuencia en parte de la sencillez en las formas y apariencias a la que obliga una religión basada en la humildad, así como la necesidad de economizar costes y así poder aumentar el número de ellas. De ahí la construcción con mortero recubierto de ladrillo, la estrechez de las paredes laterales, y las cubiertas simples de madera. No obstante es igualmente una constante de estos modelos arquitectónico el contraste tan acusado que se produce entre los exteriores, que como decimos son muy sumarios y modestos, y los interiores, que suelen ser mucho más suntuosos. Característica esta que herederá la arquitectura bizantina y más adelante el arte musulmán.

En este caso así ocurre efectivamente, pues ese mortero de ladrillo externo del que hemos hablado se transforma al interior en un espacio magnífico, con columnas de mármol que separan las naves, que son corintias y reaprovechadas de un edificio romano del S. II, y una decoración realmente espléndida.

Destaca también en este tipo de edificios, junto a la amplitud y su sentido longitudinal, su gran luminosidad, gracias a la altura de la nave central que posibilitaba abrir numerosos vanos, cerrados con placas traslúcidas de mica o alabastro.


 

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar