J. Fouquet: Virgen del Díptico de Melun PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Virgen del Díptico de Melun”.

Jean Fouquet.

Museo de Bellas Artes. Amberes. h. 1450.


La pintura gótica en Francia durante los siglos XIII y XIV se halla limitada como expresión plástica por la expansión de las vidrieras en los muros de las catedrales, lo que por el contrario supuso un mayor desarrollo de la miniatura y de la aplicación de la pintura a la propia decoración de las vidrieras, dando lugar al estilo denominado como Gótico lineal o pintura Franco gótica.

Más adelante, a partir del S. XIV, Francia se convierte junto a Italia en uno de los centros difusores del Gótico Internacional, aunque también en esta ocasión predomina en ese país el trabajo de los maniaturistas, algunos tan importantes como los hermanos Limbourg, autores de Las muy ricas horas del Duque de Berry.  

Finalmente, la influencia del Gótico flamenco se manifestará plenamente en la obra de Jean Fouquet, que a su vez, ya a mediados del S. XV se establece en Roma y asimila muchas de la novedades del Quattrocento. A su vuelta a Francia contribuye sin duda a la renovación artística del arte medieval. También resultará decisiva en este mismo sentido la actitud del rey Francisco I, que se rodea de artistas como Leonardo o Andrea del Sarto y crea el ambiente necesario para una difusión amplia del italianismo, que tendrá su mejor representación en la Escuela de Fontainebleau, ya de tendencias manieristas.

Jean Fouquet (Tours 1425-1480), probablemente el mejor pintor de su época en Francia, es un caso difícil de encuandrar en un estilo histórico concreto, pues se encuentra a mitad de camino entre la tradición gótica y las primeras innovaciones importadas desde el Quattrocento italiano. No es casualidad en este caso, que como ya hemos señalado, Fouquet viajara a Italia entre 1444 y 1447, conociendo allí a Fray Angélico y lo que es más importante, al joven Piero della Francesca.

Su obra más conocida y sin duda una de las mayor calidad es este díptico, en cuyas dos tablas se representaba junto a esta virgen, el retrato de Étienne Chevalier, tesorero y valido del rey Carlos VII de Francia. Aunque inicialmente el díptico fue destinado a la iglesia de Notre Dame de Melun, ambas tablas se han repartido entre el Museo de Amberes y el Museo de Berlín, donde se encuentra el retrato de Chevalier.

Por otra parte es más que probable que la maravillosa imagen de la virgen corresponda en realidad a Agnés Sorel, teniendo en cuenta que era en esos años amante de Chevalier e iba a serlo también posteriormente del rey. No puede desligarse por todo ello en el análisis una tabla de la otra, porque mientras el retrato de Chevalier vendría a representar el ámbito de lo terreno, esta otra tabla de la virgen y el niño representa el mundo sagrado.

La obra es de una extraordinaria belleza en la que sobresalen como virtudes más sorprendentes la monumentalidad de las figuras, su sencillez compositiva, el juego de colores y la transparencia de las luces.

En efecto, la composición es muy simple, dominada por una estructura simétrica, amparada en un triángulo formado por la propia disposición de la virgen. Por otra parte, el arte de Fouquet es sólido y monumental, de un geometrismo que ciertamente nos recuerda a ciertos maestros del Quattrocento. Esa monumentalidad hace más rotunda en su belleza a esta virgen perfecta, que con una gran "modernidad" reduce su anatomía a formas geométricas esenciales, caso de los pechos por supuesto, pero también de la cabeza o del perfecto triángulo que forma su cintura o de forma inversa, su cuello y hombros.

El color a su vez enmarca la figura en una sinfonía muy equilibrada, sólo de azules intensos y rojos encendidos, que sirven para aislar la imagen sagrada, cuyas carnaciones nacaradas y el tratamiento brillante de la luz convierten la imagen en un icono refulgente y precioso, similar a los ejemplos que el propio Fouquet había contemplado en la obra de Piero della Francesca, en los que la luz parece irradiar de la propia figura.

A todo ello habría que añadir la minuciosidad de muchos detalles, algo propio de un miniaturista como también era Fouquet, pero que en los rasgos concretos del rostro de la virgen alcanza una delicadeza de una belleza sutil y prodigiosa.

Sin olvidar un evidente erotismo, tan claro como a la vez sorprendente en esta imagen que es a la vez pulcra e incólume. Lo cual unido al retrato de la Virgen, que como hemos dicho alude a la doble amante del valido y del rey, así como el fondo ambiguo de angelillos rojos, le otorga a la representación un carácter mundano y poco sagrado, que aún la hace más atractiva y hermosa.







 

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