| J. Honoré Fragonard: "El Columpio" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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El columpio
J.Honoré Fragonard
Galería Wallace. Londres. 1766.
El estilo que denominamos Rococó es el arte de los círculos aristocráticos que viven en vísperas de En el campo de la pintura, el Rococó asume el papel intrascendente y vanal que caracteriza al estilo en su conjunto, tan lejano del sentido trascendente que había tenido en el S. XVII. La pintura asume además un sentido ornamental complementario a la concepción del espacio arquitectónico. Sus temas por tanto coinciden con el ambiente petulante de los círculos aristocráticos del S. XVIII: temas amorosos y galantes, a medio camino entre la picardía de un erotismo ingenuo y la reproducción de sus ambientes placenteros. Entre los numerosos autores de la pintura rococó en Francia, detacarían Antoine Watteau, François Bucher, o Jean Honoré Fragonard. Sin olvidar los nombres de Greuze, o Madame Vigée-Lebrun, mujer y pintora de una exquisita producción. Honoré Fragonard constituye el epílogo de esta pintura galante de paisajes idílicos o escenas amorosas, en las que el propio Fragonard alcanza un descarado tono libertino (Muchacha y perro - Discípulo de Chardin en primera instancia y de Boucher, cuando mayor era la fama de éste, Fragonard introduce ya una técnica más vibrante en la pincelada que sus predecesores, abriendo así el camino que llevará al Romanticismo. El cuadro es un encargo del Señor de Saint Julien, recaudador del clero que decía: "Desearía que pintase a la señora (la amante de Saint Julien) en un columpio empujado por un obispo. A mi me situará de forma que pueda ver las piernas de esta hermosa niña o algo más si quiere alegrar su cuadro". La petición que contó con el rechazo inicial del pintor Doyen por no ser "digno de un Académico", no provocó ningún reparo en Fragonard, que aceptó encantado. En efecto, un noble contempla tumbado, cómo se hinchan las faldas de la dama cada vez que asciende el columpio, que ciertamente es empujado por el clérigo, y que adquiere su momento sin duda más excitante al salirse el zapato de la dama, que vuela hacia el galán y deja su pie desnudo. Pero todo ello en un ambiente frívolo y despreocupado, envuelto en la suntuosidad y la voluptuosidad de un jardín pomposo y artificial, pero que recrea la atmósfera deseada: cortesana y elegante a la par que bucólica e idealizada. En un ambiente sereno, donde la diversión intrascendente es el único suceso. Sin excesivo aparato escénico, sin grandes artificios compositivos, sin estridencias de color, al utilizarse una amalgama de tonos fríos verdosos de entre los que destaca el rosa picaresco de la dama. Queda de la tradición barroca la vaporosidad de las luces, la suntuosidad del ambiente, y desde el punto de vista formal la línea diagonal que marca el columpio y el galán, y que subraya el movimiento del propio columpio. Pero ya es novedad la introducción de elementos clasicistas decorando el jardín (las esculturas de amorcillos), así como el complemento compositivo a la línea diagonal antes citada, en una disposición triangulada formada por las tres figuras de la escena, que equilibran el conjunto y restablecen la armonía. Algunos quieren ver también en la obra algunos síntomas de un posterior Romanticismo, como la importancia de la naturaleza, que adquiere un papel primordial y un carácter pintoresco, y la pincelada abierta ya mencionada anteriormente, pero es evidente que se trata de un cuadro esencialmente rococó y que responde con precisión al carácter banal y picaresco, de un erotismo infantil, de ambientes plácidos, denso de luces y colores, y pomposo en general, que son todas ellas señas de identidad del pleno estilo Rococó.
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