| J. McNeil Whistler: "Composición en gris y negro nº 1. La madre del artista" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Composición en gris y negro nº 1. La madre del artista. James McNeil Whistler. d’Orsay. París. 1871. Aunque nacido en Estados Unidos, la figura de James McNeil Whistler se relaciona con el arte europeo de la segunda mitad del S. XIX, porque como tantos otros artistas de calidad desarrolla su obra fuera de su país de origen, al que aún le faltaban algunos años para iniciar un verdadero desarrollo en el ámbito de las artes plásticas. Su infancia la pasa en Rusia donde había sido destinado su padre como ingeniero ferroviario, y su dedicación al arte fue en cierto modo un tanto casual porque en realidad había vuelto a su país con la intención de entrar en Después de su primera etapa francesa marcharía a Londres donde se establecería definitivamente. Su pintura parte de una base de tradición realista que no sólo le viene de sus primeras relaciones parisinas y especialmente de Courbet, sino también de la tradición de la pintura norteamericana, que en aquella época se hallaba inmersa en un estilo realista muy local y provinciano, que se ha dado en llamar regionalismo realista, y que no alcanzaría difusión en Europa por su escasa calidad, si bien serviría de base a pintores de talento como el propio Whistler o John Singer Sargent. Con posterioridad, la influencia de Manet y de las enseñanzas recibidas en De esta forma la pintura de Whistler va poco a poco diluyendo contornos en amplias pinceladas y le va otorgando un protagonismo creciente al color, con composiciones originales en las que nunca faltan espacios interrumpidos como era habitual en los encuadres de la estampa japonesa. De todas formas su versatilidad y sus diversas dedicaciones le alejaron de ser un pintor estrictamente impresionista, resultando finalmente un artista, que si bien no resultaría especialmente innovador, sí acuñó un estilo muy propio y personal de una gran calidad además. Destaca como cualidad personal más marcada su desinterés por lo superfluo en el cuadro y su atención a lo sustancial, especialmente cuando se trata de retratos, aspecto en el que probablemente tendría mucho que ver su fecundo trabajo como grabador y artista gráfico. De sus pinturas más conocidas, es precisamente el retrato de su madre, el que mejor responde a esa personalidad pictórica que hemos mencionado. Porque otras obras igualmente conocidas, como Sinfonía en blanco nº 1: muchacha de blanco (1862), o “En el piano”, 1859, tienen una deuda mayor con el Realismo ésta última y con un brillante colorido protoimpresionista la primera. Sin embargo Composición en negro y gris nº 1, la madre del artista, es un cuadro de una enorme personalidad, sobrio y austero como pocos retratos, y por ello mismo de un extraño magnetismo. Tal vez sea el tratamiento del color, que da título al cuadro y que en efecto parece un experimento cromático sobre la armonía entre el negro y el gris, sólo ligeramente animado por breves apuntes de blanco; o tal vez la economía de medios utilizada en la obra, que deja claro ese principio de su personalidad ya citado, de que lo principal en sus cuadros es lo esencial, en este caso el retrato, dejando el resto en un plano secundario. Tal vez sea la sencillez en el tratamiento de la figura, que logra ese efecto milagroso de acentuar la expresividad sin apenas profundizar en los detalles. Lo que es innegable es que se trata de un retrato limpio y bello, en el que aparece retratada con toda su dignidad y compostura, Ana Matilda, que entonces contaba 67 años. Se ha especulado si el retrato de su madre sería casual y que simplemente estaba sustituyendo a otra modelo, pero nos parece que el sentimiento que destila el cuadro y que se advierte en la elegancia en la pose y la actitud serena de la madre, transmite un afecto que no podía ser meramente casual. Además el cuadro todo se reduce a la imagen de su madre, que de esta forma adquiere un protagonismo que tampoco podía ser fortuito. Porque más allá de ella, el cuadro se reduce al fondo neutro de color y apenas unos cuantos matices apenas esbozados. Hay influencia japonesa en la composición, con doble interrupción de imágenes a cada lado del lienzo, los cortinajes a la izquierda y un cuadro a la derecha. Y hay también un detalle que ilumina el fondo del cuadro, acompañando así con su luz el rostro y las manos de la madre, el cuadro dentro del cuadro que reproduce una lámina del Támesis, tema éste muy frecuente por cierto, entre las estampas grabadas o pintadas por su autor.
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