| J. Ribera: "El patizambo" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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El patizambo
José de Ribera
Louvre. París. 1642.
José de Ribera nace en Xátiva (Valencia), pero a los diecisiete años ya está de camino hacia Italia, por lo que aunque nacido en España, de Ribera no se conoce ninguna obra realizada en nuestro país. Es posible que se formara inicialmente en el popular taller de Ribalta, pintor también de la escuela valenciana, pero no se ha conservado obra de esos inicios. Por todo ello y porque su verdadero éxito artístico se labra en Italia, a Ribera se le conoce en realidad por su nombre en Italiano, Giuseppe, o por su apodo, lo Spagnoletto, en razón de sus orígenes y su pequeña estatura. De todas formas siempre se sintió ligado a su país, y de hecho siempre firmaba Jusepe Ribera, español, aunque también comentó en una ocasión que su deseo era “regresar a España, pero que allí se perdía el respeto a los artistas cuando estaban presentes, porque España es madre amantísima para los forasteros y madrastra cruel para sus hijos”. Su llegada a Italia sigue un recorrido inicial de norte a sur, pasando por Milán, Parma y Roma, breves estancias pero que le permitieron ir empapándose del variado arte italiano del momento, desde el clasicismo tardío de los Carracci o Guido Reni, hasta el tenebrismo de Caravaggio, que en un primer momento de su carrera será la influencia más determinante sin duda. Finalmente, Ribera recalará en Nápoles donde se asentará definitivamente. Allí casará con la hija del pintor Giovanni Azzolini, y allí se irá fraguando su fama, sin olvidar que en dicha ciudad podía mantener una especial relación con su España natal, pues no hay que olvidar que el Reino de Nápoles era entonces un virreinato de Sus inicios están fuertemente influenciados como hemos dicho por el tenebrismo de Caravaggio, hasta el punto de convertirlo en el principal tenebrista del barroco español. Aunque en el caso de Ribera se añade a ese tenebrismo el sello inconfundible del realismo español, lleno de fuerza expresiva y de un naturalismo descarnado. Entre las obras de ese periodo destacarían ejemplos magníficos como el Sileno borracho (Museo de Capodimonte. Nápoles), el Filósofo sonriente A partir de 1630, en cambio, su estilo inicia un cambio hacia la luz y el color, que va desentendiéndose poco a poco del imperio tenebrista, acercándose así mucho más al carácter de la pintura barroca española, que resulta mucho más colorista y luminosa. Es la época de plena madurez y de más calidad en la obra de Ribera, con cuadros tan importantes como El martirio de San Felipe (Prado) o El Patizambo, que hoy comentamos. Al final de su vida, Ribera reducirá su trabajo, acuciado por una serie negra de adversidades, primero las violentas revueltas napolitanas que conllevaron un fuerte sentimiento antiespañol que afectó lógicamente a Ribera y redujo sus encargos; después sus problemas económicos, agravados por esa reducción de los encargos, pero también por su escaso tino para la administración del dinero; y finalmente por el disgusto provocado por el escándalo en el que se ve envuelta su hija o tal vez su sobrina, que tras una relación ilícita con Don Juan de Austria, hijo bastardo de Felipe IV y la actriz Inés Calderón y que había acudido a Nápoles a sofocar las revueltas, tuvo una hija suya, que ingresaría monja en las Descalzas Reales de Madrid. De su etapa de plenitud es la obra que hoy comentamos. El Patizambo o El Niño cojo, como también se le conoce, es uno de los ejemplos más característicos de la pintura costumbrista, que encuentra en el Barroco español un lugar común en cuadros de Murillo, Velázquez y el propio Ribera. Es la ocasión de aprovechar el descarnado realismo de ese Barroco hispano para denunciar la miseria y desidia en la que iba cayendo el pueblo humilde, mientras los Austrias seguían su particular lucha estéril por mantener un imperio que se desmoronaba. Por eso también en todas estas obras, y especialmente en esta de Ribera, los personajes aparecen representados con toda su dignidad, sin que en ningún momento sus harapos o sus malformaciones sean un reclamo para la mofa o la insidia, sino al revés, en todo caso una muestra para conmover al espectador que ve cómo la desgracia infantil se soporta con decencia y entre risas de alegría. El Patizambo, que además ha sido titulado de muchas otras formas, El pie varo, El lisiado, El Zambo, se realizaría probablemente para Don Ramón Felipe de Guzmán, duque de Medina de Un cuadro de perspectiva baja y de composición muy estable, apenas dinamizada por el bastón, que en vez de servirle de apoyo al niño cojo, se aprovecha en este caso para crear una diagonal compositiva. Detalles todos ellos que insisten en el carácter monumental del cuadro como forma de ensalzar la dignidad del retratado. Estamos por todo ello ante uno de las mejores obras del Barroco europeo. Claridad, realismo, expresionismo crítico, dominio técnico del pincel y del trazo abierto y preciso, y un tratamiento del color luminoso y diáfano, que relacionan el cuadro con lo mejor del Siglo de Oro de
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