J. Singer Sargent: "Las hijas de Edward Darley Boit" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

Las hijas de Edward Darley Boit

 

John Singer Sargent

Museum of Fine Arts. Boston. 1882.

 

John Singer Sargent constituye un caso interesante de anacronismo pictórico, porque en un momento de gran agitación artística en el que se suceden movimientos y tendencias que tratan de romper con la tradición apostando por nuevas formas de expresión, en ocasiones revolucionarias, Sargent se mantiene fiel a una pintura de tradición realista que encuentra en los maestros clásicos su inspiración.

John Singer Sargent, aunque nacido en Estados Unidos, vivió en Europa la mayor parte de su vida, apenas tenía un año cuando sus padres se trasladaron a Florencia donde empezaría la formación del artista. Posteriormente se trasladaría a París, en donde completaría su formación en el taller de Carlos Durán, aunque entraría en contacto  también con los impresionistas, llegando a establecer amistad con Manet. En 1884, Sargent realiaza uno de sus retratos más conocidos y por el que él sentía un especial aprecio, Madame X, que no obstante sería vetado junto a otras obras suyas en el Salón de París de ese año, por lo que decidió abandonar Francia y establecerse en Londres. Será en esta etapa inglesa cuando su obra alcance mayor personalidad, influenciado por la tradición de la pintura inglesa personificada en Gainsborough, y sobre todo porque es entonces cuando pone en práctica de forma directa la influencia de los maestros barrocos que más admira, Van Dyck, cuya obra también está muy presente en Inglaterra y sobre todo Velázquez, el artista que Sargent descubre en un viaje a España realizado en 1879 y que ejercerá sobre él un influjo determinante en buena parte de su obra.

Para entonces su fama le había convertido en un autor de referencia de la aristocracia y la burguesía inglesa y norteamericana, que preferían la autenticidad de sus retratos y su pintura realista antes que las experimentaciones de impresionistas, postimpresionistas, fauvistas e incluso de las primeras vanguardias, de las que Sargent se mantuvo siempre alejado. La misma fama le procuró también importantes encargos en ciudades norteamericanas, como el mural de la Biblioteca Pública de Boston, y el retrato de algunos presidentes estadounidenses, como Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson.

Como le ocurriera a muchos artistas de su tiempo que se mantuvieron al margen de las corrientes de vanguardia de finales del S. XIX y principios del S. XX, Sargent fue cayendo paulatinamente en el olvido, por su estética tradicional y por no aportar novedades a los cambios de la expresiòn artística que se produce en esa etapa tan agitada de la Historia del arte. Pero como también ha ocurrido con la mayoría de esos artistas, al cabo del tiempo se ha ido recuperando su figura a la vista de su indudable calidad pictórica. En el caso de John Singer Sargent sería sobre todo a partir de una Restrospectiva en el Wihtney Museum de Nueva York en 1986, lo que primero le rescataría del olvido y después alentaría nuevamente su fama, hasta llegar a venderse un cuadro suyo, el Retrato de de Robert Louis Stevenson y su esposa, por casi 9 millones de dólares en 2004.

Los retratos de Sargent son veraces y de gran expresividad, revelando con precisión la personalidad de los retratados. Una profundidad psicológica, que además Singer completa con una técnica excelente y unos recursos pictóricos de gran elegancia y realismo. De ahí su éxito, sobre todo en este género del retrato. Para muchos buena parte del logro se halla precisamente en la influencia que sobre él ejerció Velázquez y que tal vez se muestra de forma más evidente en el retrato que hoy comentamos, el de Las hijas de Edward Darley Boit.

Se trata de un encargo de su amigo Edward Boit también pintor y coleccionista, y en el que para muchos Singer Sargent aprovecha para recrear un espacio y una atmósfera velázqueña, que habitualmente se pone en relación con el cuadro de Las Meninas.

Hay ciertamente algunas coincidencias entre las dos obras. En ambas se advierte un protagonismo infantil, que si en Las Menias se centra en la infanta Margarita y en las damas que la sirven, en la obra de Sargent se concreta en las tres hijas de su amigo: en primer plano la pequeña, Julia Boit, y detrás sus hermanas, Maria Luisa, Florencia y Jane. Se advierten coincidencias también en la composición y en la estructura del espacio en el que se encuadra la escena, con una similar distribución de los personajes y un marco espacial similar, con elementos que diferencian los distintos planos de perspectiva y objetos en los laterales que no se ven completos, caso del propio lienzo que está pintando Velázquez en Las Meninas y de uno de los enormes jarrones que aparecen en la habitación de Edward Darley.

Coincide también el tratamiento de la luz, una luz igualmente lateral, que presenta juegos similares en la distribución de la misma: iluminado el primer plano, entre sombras los segundos y con focos aislados que resplandecen al fondo de la habitación, donde coincide también el mismo juego de espejos.

Pero indudablemente donde se advierte una mayor similitud entre ambas obras es en el tratamiento de la pincelada y en la atmósfera que con todos estos ingredientes es capaz de recrear Sargent en el interior de la habitación. La pincelada es una pincelada abierta y vibrante, la misma por cierto que también enamoraría a Manet, y que sería origen del movimiento impresionista, razón por la cual algunos entrevén también una influencia de Manet y del Impresionismo en la obra de Sargent, aunque en realidad de lo que se trata de una misma influencia común, la que Velázquez ejerció sobre todos ellos.

El resultado como decimos, es un cuadro magnífico y precisamente porque ese mismo aire incierto y expectante que se aprecia en Las Meninas se advierte también en el cuadro de Sargent, envuelto en una atmósfera de gran intensidad expresiva. La misma que en ambos cuadros involucran además al espectador, que en los dos casos irrumpe en la escena absorbido por la fuerza de los personajes que trascienden el lienzo y se interrelacionan directamente con quienes asistimos admirados al encanto de la escena.

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