J. Sorolla: "Paseo a orillas del mar" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Paseo a orillas del mar

Joaquín Sorolla

Museo Sorolla. Madrid. 1909.

 

El panorama pictórico español en la segunda mitad del S. XIX sigue una trayectoria dubitativa, en la que la inercia de su evolución se ve influenciada por las corrientes innovadoras que se suceden en Europa, aunque siempre asumidas con retraso y una cierta distancia. Si podemos considerar a Mariano Fortuny el introductor de un incipiente Realismo en España, la evolución de esta tendencia devendrá en dos corrientes que son igualmente paralelas en el continente: por un lado el paisaje realista, que tendría en la obra de Corot su referente, y por otro, el Realismo de contenido social, con Courbet como principal mentor. De la primera, es buen ejemplo en España la obra de Carlos de Haes, principal representante del Realismo en el paisaje: del Realismo social destaca en nuestro país Ramón Martí Alsina, y algún ejemplo aislado de las primeras obras de Joaquín Sorolla, y en los inicios de Ramón Casas. Una variante singular de la pintura realista sería también el género de la pintura de Historia que mantiene en esta segunda mitad de siglo la tradición heredada de Alisal, Gisbert o Rosales, en nombres como Francisco Pradilla o Antonio Muñoz Degraín.

La evolución del Realismo seguirá su tendencia natural e irá derivando así en formulaciones preimpresionistas e impresionistas propiamente dichas, por más que en nuestro país siempre tuvieron un cariz peculiar, por tratarse de expriencias menos rompedoras que en el resto de Europa, bien por su carácter menos agresivo o por su retraso cronológico. Sin olvidar el peso que sigue teniendo en nuestro país el género costumbrista, que arrastra a buena parte de la pintura de este periodo a un realismo tradicional y a veces trasnochado. En este sentido podrían valorarse algunos nombres propios, como el valenciano Ignacio Pinazo, al que se le puede calificar como preimpresionista; o los de Aureliano Beruete y Darío Regoyos, que aunque con un cierto retraso se pueden considerar la representación más genuina del Impresionismo español, en especial Regoyos, para muchos uno de los mejores pintores de este periodo, por más que sigue siendo poco conocido e injustamente valorado.

De aquí ya la pintura de nuestro país se iría adentrando en el Modernismo, que a caballo de los siglos XIX y XX, deja ejemplos exquisitos en la obra de Anglada Camarasa e incluso en la de Julio Romero de Torres; obras de reminiscencia impresionista en Ramón Casas o Santiago Rusiñol, y una evolución hacia el Expresionismo en las de Isidro Nonell o Ignacio Zuloaga.

En medio de todo este amplio panorama se desarrolla la vida artística de Joaquín Sorolla (Valencia 1863- Cercedilla, Madrid, 1923). Y no es de extrañar por ello que su obra vaya participando de las diferentes tendencias que se han ido explicando según transitan los años, pudiéndose detectar algunas etapas diferenciadas en su trayectoria: su etapa realista participa del Realismo social característico de sus primeras obras, siendo la fase de mayor solidez en su obra con cuadros tan conocidos como Y aún dicen que el pescado es caro o Trata de blancas. Pero no insistirá mucho Sorolla en este tipo de género, y por el contrario su pintura se va asentando en un realismo mucho más academicista que tiene referentes en la obra de Singer Sargent o Giovanni Boldini, típicos pintores de una etapa de la Belle Époque, en la que congenian la precisión y el virtuosismo técnico con la intrascencia temática del retrato o el género costumbrista. Lo que ocurre es que Sorolla añade a esta corriente poco innovadora aunque de gran éxito en Europa, un tratamiento característico de la luz, heredado del impresionismo, pero que adquiere en su paleta una gran intensidad. Por ello mismo a Sorolla se le ha considerado frecuentemente como un impresionista, y se le ha llegado a considerar nuestro principal representante de esta tendencia, pero nada más lejos. Sorolla no fue un impresionista y ya no sólo por su anacronía con aquel movimiento, muy anterior a sus obras, por lo que carece de la innovación característica de aquel estilo, sino porque tampoco coincide en el tratamiento del color, ni en el concepto de instantaneidad, ni tan siquiera en la pincelada, menos diluída que la de los impresionistas y más realista.

En su última etapa Sorolla derivará en un realismo costumbrista, en exceso folklórico y tradicional, cuya muestra más conocida es la serie de su Visión de España para la Hispanic Society of America, un cojunto de 14 murales realizados entre 1913 y 1919, en los que se representan en imágenes muy populistas motivos tradicionales de las diferentes regiones de España.

En conclusión, Sorolla fue un pintor que como tantos artistas de su tiempo se distanció de las corrientes de vanguardia de su época, conformándose con una pintura de género y realista, de la que sus retratos son su mejor logro. Aunque concurre en él un caso curioso porque lejos de haber caído en el olvido como tantos otros artistas que en el tránsito del los siglos XIX y XX se alejaron de las corrientes de vanguardia, Sorolla ha seguido gozando de la mismo reconocimiento que disfrutó en vida, hasta el punto de ser, en nuestra opinión, un artista que está sobrevalorado en la actualidad.

No obstante, la indudable vistosidad de sus obras más coloristas explica en parte su éxito y que este se haya perpetuado en el tiempo, porque son esas mismas obras las que aún hoy le siguen ortorgando a Sorolla su enorme popularidad. Por eso hemos elegido una de ellas, tal vez una de las más conocidas, llegando a identificarse con su autor la visión de la mujer elegante vestida de blanco y de paseo por la playa.

Esta obra en concreto la realiza en un momento de plenitud vital y éxito profesional, después de haber triunfado en Estados Unidos. Por ello tal vez la proliferación en esta etapa de estas imágenes, tan serenas pero también tan alegres, de una gran rotundidad en la plasmación de la luz y del color. En este caso representa a su mujer y su hija mayor paseando por la playa, volados sus vestidos vaporosos por la brisa del mar, en un concepto del movimiento en el que tiene mucho que ver la posición paralela de las dos mujeres, así como el vuelo de gasas y telas. Los contrastes de color hacen el resto, consiguiendo un efecto de luminosidad que aúnan la elegancia de la escena y su indudabe impacto visual.

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