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Jeroglíficos de las postrimerías.
In ictu oculi/ Finis Gloriae Mundi
Juan Valdés Leal.
Iglesia del Hospital de la Caridad. Sevilla. 1672.
La pintura barroca española alcanza en el devenir del siglo XVII un momento de brillantez y esplendor que conocemos con razón como la Edad de Oro de la pintura española. Coincide generacionalmente una saga de artistas excepcionales, que emulándose mutuamente y compitiendo sus talentos entre sí dotan a este periodo artístico de una enorme fecundia artítisca, pero también de una amplia variedad de géneros, soluciones plásticas y tendencias, que aún enriquecen más si cabe la pintura del barroco español.
Habitualmente al estudiar de este periodo se establece una primera diferenciación según escuelas, distinguiendo principalmente la Escuela madrileña, asociada a la Corte, de la andaluza, cuyo epicentro en Sevilla concita a un buen número de pintores atraídos por una numerosa y acaudalada clientela. Pero si atendierámos a esa variedad pictórica antedicha podríamos distinguir todas las posibilidades artísticas que ofrece nuestra pntura barroca, desde el tenebrismo caravaggiesco de Ribera, al realismo ascético de Zurbarán, el naturalismo brillante de Velázquez, el costumbrismo delicado de Murillo o el fuerte expresionismo de Valdés Leal. Todos bajo el mismo concepto barroco de pintura movida, espontánea y expresiva, de fuerte impacto cromático y pincelada libre, pero cada cual distinto en su propio universo pictórico.
Juan Valdés Leal (en realidad Juan de Nisa, si hubiera tomado el apellido de su padre portugués, pero lo mismo que Velázquez, tomará el apellido de la madre, Valdés Leal, por ser la costumbre portuguesa. Sevilla 1622-1690) representa esa línea expresionista, rayana en lo truculento, tan típicamente barroca. Al menos así puede comprobarse en sus dos obras más conocidas y divulgadas: los Jeroglíficos de las postrimerías, pintados como decoración del Hospital de la Caridad de Sevilla, que impulsara su fundador Don Miguel de Mañara. En ellos asistimos a la parcela más trémula del realismo barroco, a través de su característico tenebrismo oscuro, y de un macabro expresionsimo con el que se quiere reflejar el tema de la vanitas, tan frecuente y tan típico de este siglo de decadencia.
Ciertamente la pintura de Valdés Leal tuvo muchas otras vertientes, sobre todo vinculadas al tema religioso, pero la enorme fama de Murillo relegó a un segundo plano al resto de artistas sevillanos, con la excepción de estas obras tan singulares de Valdés Leal, que por ello han conservado su importancia a través de los siglos.
Valdés Leal fue un pintor de su época, preocupado por el movimiento y la riqueza del color, si bien sus cualidades pictóricas requirieron un constante esfuerzo de superación hasta alcanzar la plena madurez de su mejor estilo, que de todas formas en muchas ocasiones quedaba realmente maltrecho cuando descuidaba la ejecución de muchos de sus cuadros, preocupado únicamente en terminarlos con rapidez para poder cobrar y sobrellevar así su situación económica, siempre apurada por cuenta de unos ingresos no siempre cuantiosos, de una clientela tornadiza y de cinco hijos a los que alimentar.
No obstante en sus mejores obras pinta con pasión, buscando la tensión plena, para lo que no tuvo reparos en deformar la realidad hasta pintar la fealdad, potenciando con ello la profundidad de los sentimientos que quería trasmitir, aspectos todos ellos en los que tuvo mucho que ver su temperamento fuerte y su genio dominante y orgulloso.
Las dos obras que constituyen los Jeroglíficos de las Postrimerias, en el Hospital de la Caridad son Finis Gloriae Mundi (“el final de la gloria del mundo”) e In Ictu Oculi (“en un abrir y cerrar de ojos”). Se trata en todo caso de una decoración específica para el lugar en el que se disponen, pues tratándose de un hospital y refugio de pobres y menesterosos nada mejor que aliviarles de sus penurias ilustrando con estos cuadros el tema de la vanitas, que resumía además el sentimiento religioso del mecenas de este Hospital, Don Miguel de Mañara.
Concretamente In Ictu Oculi, previene de la llegada inesperada de la muerte, que arrastra la pérdida automática de los placeres y glorias de la vida terrena, para lo cual utiliza la imagen impactante de un esqueleto que al tiempo que apaga la llama de la vida avanza imperturbable sobre los objetos que simbolizan los bienes humanos. Una vez más, como en otros tanto ejemplos de vanitas (El sueño del caballero de A. Pereda en la Real Academia de Bellas de San Fernando. Madrid. 1655-1660) se trata de insistir en la caducidad e inutilidad de los bienes terrenales y en la leyenda moralizante de no pretenderlos, porque al final, lo mismo al rico que al pobre les llega la misma muerte que todo se lo lleva.
Lo mismo vendría a reflejar el Finis Gloriae Mundi, cuadro en el que los cadáveres de un obispo y un caballero calatravo se pudren entre gusanos, suscitando así la reflexión de cuán poco sirven los poderes terrenales si tan tétrico final es el mismo para los pobres que para los más poderosos.
Las obras destacan sin duda por su tremendo realismo, en el que no falta una pincelada vibrante, un detallismo preciso en la naturaleza muerta y sobre todo un tratamiento tenebrista de la luz y del color, que recrean una atmósfera de tiniebla que lógicamente contribuye a subyrarar el sentido morboso y truculento de estos dos soberbios cuadros.


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