Jardín Kare-Sansui. PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Jardín Kare-sansui.

Monasterio de Ryoan-ji.

Kyoto (Japón). S. XV.


En Japón, la concepción arquitectónica tradicional armoniza perfectamente la importacia de la construcción religiosa con la civil. En su arquitectura religiosa, sus templos se relacionan con la implantación del Sintoísmo y del Budismo: los primeros con un carácter más peculiar y original por ser la religión nacional del Japón, y los segundos de clara influencia china.

Pero como hemos dicho también destaca en Japón la relevancia de la arquitectura civil. No sólo por las numerosas muestras de ella, sino porque es aquí donde se manifiesta la construcción de este país con más personalidad y belleza. En general se trata de residencias palaciegas o villas, que responden a dos tipologías características: el llamado estilo shinden y el estilo shoin. El primero, de época Heian (siglos VIII-XII), sigue los esquemas de los templos y suele organizarse en base a un edificio central al que circundan otros secundarios, todo ello integrando naturalmente en un jardín, imprescindible en una construcción japonesa, considerando la importancia del Sintoísmo en todos los órdenes de la vida.

El segundo estilo es mucho más original y plantea un modelo arquitectónico que redescubrirán siglos después los arquitectos contemporáneos, fascinados por esa forma tan simple de construir, de muros y tabiques móviles. Coincidiendo con la época Edo (siglos XVII y XVIII) se realizan este tipo de residencias construidas en madera y que a su total simplicidad constructiva unen una perfecta integración con la naturaleza: de ahí la utilización de muros convertidos en puertas correderas, realizadas a base de paneles de papel traslúcido, que rompen de esta manera las lineas de división entre el interior y el exterior, que naturalmente es un jardín. Lo mismo que buscará Le Corbusier muchísimos años después en sus edificaciones de “planta libre” y con parecidos resultados. Además al interior, la disposición de biombos móviles para distribuir los espacios también consigue una concepción del espacio interior completamente abierta y versátil, que nos recuerda y mucho, lo que pretende en varias de sus construcciones Mies van der Rohe.

Muy ligada a este tipo de construcciones se halla también la tipología de las casitas del té, donde se realiza ese ritual casi sagrado en Japón que es la ceremonía del té. Se trata de una reunión para tomar la infusión, cultivar la tertulia y profundizar en la reflexión sobre uno mismo, pero organizado en base a todo un ceremonial reglado e institucionalizado, que además comprende también el deleite artístico de todos los elementos que participan en la sesión: desde la textura de las vasijas en las que se hace y se vierte el té, hasta el olor y el sabor de la bebida, la pureza y belleza de la decoración circundante, el entorno del jardín, los sonidos que producen las piezas utilizadas, el rumor de la conversación y el gorgoteo de la naturaleza exterior, de tal modo que sea la sensación de plenitud que se obtiene de la experimentación de la belleza, la que nos abra el camino más fácilmente hacia nuestra propia introspección. Sólo un ambiente de pureza, de absoluta sencillez, de espacios amplios y limpios, de formas rectas y puras puede contribuir al éxito de una ceremenia de estas características. De ahí que las casitas del té, sean igualmente simples, formadas por estructuras rectangulares de pequeño tamaño, vacías al interior, y cerradas a base de paneles correderos.

Mucho tiene que ver la concepción arquitectónica que se acaba de explicar de las casitas del té, y el alcance de todo su ceremonial, con la importancia que alcanza en Japón la filosofía Zen, casi, casi, un pensamiento nacional. El Zen, nace como una variante del budismo, pero que insiste con más ahínco en la devoción por la naturaleza, y sobre todo en el cultivo del pensamiento reflexivo y la búsqueda de uno mismo a través de la introspección y la meditación. Sólo un proceso de contemplación profunda nos puede llevar a reencontrarnos con nosotros mismos y alcanzar así la felicidad que conlleva haber alcanzado la perfección. Por tanto todo aquello que mueva a ese proceso contemplativo, de pensamiento y meditación estará ligado a consideraciones Zen. Toda la ceremonia del té lo está, como lo está el cultivo cuidado del jardín japonés.

El jardín no es sólo un elemento de identificación con la naturaleza, sagrada como sabemos para el japonés, sino una obra propiamente natural, que debidamente ordenado y trabajado puede incitar a la meditación. Se conjugan así los dos elementos consustanciales al pensamiento Zen y por antonomasia al ideario japonés: naturaleza y meditación. De ahí la importancia del jardín en el Japón, considerado una auténtica obra de arte. Una obra de arte viva además, porque no sólo están vivos los elementos que lo forman, sino que al variar cada cierto tiempo la disposición de sus piezas, igualmente parece que cambie su aspecto y su forma, como si en efecto tuviera vida propia.

Dos son los tipos de jardín que se cultivan en Japón: el jardín con lago y el Kare-sansui o jardín seco. El primero, muy habitual en las villas residenciales entre los periodos Asuka y Edo, es un jardín de grandes dimensiones, dedicado al disfrute de la naturaleza y que busca la disposición de sus elementos de la forma más espontánea posible, para reproducir mejor de esta manera las propias formas de la naturaleza. Hay agua corriente, hay rocas, árboles dispuestos de modo irregular y asimétrico, pero hay también paseadores, fuentes, pabellones, puentes y sobre todo lagos, donde reposar la mirada y el cuerpo y hacer del reposo en la naturaleza, deleite.

El jardín seco por el contrario, se halla mucho más vinculado al pensamiento Zen. Aparece a partir del S. XVI, y muchas veces en santuarios Zen. Es de pequeñas dimensiones y muy simple y sencillo porque en realidad no consta más que de algunas piedras, toques de vegetación y arena que cambia sus surcos y dibujos con el trabajo de un rastrillo. Una muestra más del talante japonés, donde la máxima de “menos es más” existía en Japón muchos siglos antes de que se le ocurriera a los artistas contemporáneos de occidente.

 



 

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