| J.B. Siméon Chardin: "El niño del trompo" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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El niño del trompo Retrato de Auguste Gabriel Godefroy Jean-Baptiste Siméon ChardinLouvre. 1738.
La trayectoria lineal que hasta el siglo XVIII había seguido El siglo de Pero con todo y con eso hay otras formas de entender la pintura, que no coinciden plenamente con ninguna de las dos opciones, ni Rococó, ni Neoclásica. Se trata de autores que empiezan a mirar la realidad con plena objetividad y a representarla sin miramientos, sin las alharacas de la idealización o de las enseñanzas moralizantes. Simplemente miran y pintan lo que ven. En en este grupo se hallarían los pintores italianos que ponen de moda las vedutas o pasiajes urbanos, como Canaletto, Bernardo Bellotto o Francesco Guardi; los pintores ingleses como Hogarth, Constable, Reynolds o Gainsborough, que van simplificando la herencia rococó hasta convertirla en una pintura realista en la que algunos ven una corriente Prerromántica; y en general la pintura de género o costumbrista, cada vez más cercana a los gustos burgueses que se generalizarán en el siglo siguiente y que encuentra numerosos artistas que la practican, desde autores italianos, caso de Pietro Longhi, a los costumbristas franceses, como J.B Greuze, que no obstante arrastra aún el peso de la tradición rococó, y el autor que hoy nos ocupa Jean-Baptiste Siméon Chardin, cuya estrecha vinculación a una pintura de género, de la que destaca especialmente el bodegón, dificulta su clasificación estilítica, que transita entre el recuerdo rococó y un realismo intimista que no encuentra ecos en el arte Neoclásico. Chardin nació y murió en París (1699-1779). Un hombre de familia humilde y de formación artesanal, que tal vez por ello hizo de su arte un ejercicio de meticulosidad y perfeccionismo. Fue un pintor de escenas de género casi exclusivamente, algo considerado como un arte menor en su época, lo cual le otorga una característica muy personal a su estilo, pero difícil de encuadrar estilísticamente entre las obras más ambiciosas del Rococó o el Neoclasicismo. Fue sobre todo pintor de bodegones, pero también de escenas familiares y cotidianas que supo envolver de un aire de intimidad y hondura humana, de una gran sensibilidad. Pareciera que en su pincel los ambientes que reproduce se detuvieran en el tiempo, transmitiéndonos como nadie esa quietud de la vida doméstica que se vuelve de esa forma intemporal. Sus iconografías por tanto se hayan igual de distantes de las naraciones mitológicas, que de los cuadros de historia, los retratos regios, las escenas fríviolas del arte Rococó o el idealismo de las historias épicas del Neoclasicismo. Son cuadros modestos, de pequeño tamaño además, que por eso mismo se consideraron menores. Pero nada más lejos: Chardin fue un enorme pintor, que supo encontrar la trascendencia en las cosas más comunes, adelantándose así en el tiempo a lo que años después defenderán todas las versiones del Realismo. Técnicamente también demostró su gran calidad. Es verdad que sobre todo sus bodegones encuentran inspiración en la pintura holandesa del S. XVII, pero su forma de pintar es muy distinta porque al destallismo innegable de sus imágenes añade él una luz tibia que potencia el intimismo de sus pinturas, y una técnica de aplicación del color a base de yuxtaponer pinceladas que constituye un anticipo de las técnicas impresionistas. No es sólo eso, los colores tenues y la armonía compositiva contribuye también a la serenidad de sus escenas y al verismo de sus imágenes. Ya lo decía Denis Diderot comentando las obras expuestas en el Salón de 1763: Chardin es “siempre la naturaleza y la verdad”, y aún añade más, demostrando de esta forma la modernidad de Chardin: “Aproximaoos, todo se mezcla, se aplana y desaparece. Alejaos, todo se crea y representa”. Tampoco hay que olvidar que Chardin practicó con gran talento la técnica al pastel, sobre todo al final de su carrera, consiguiendo unos efectos de densidad pictórica, luminosidad y vaporosidad en sus imágenes igualmente novedosas. Entre las obras más conocidas de Chardin (casi todas en el Louvre) destacan bodegones tan personales como Bodegón con gato y raya (La raya) y Bodegón con gato y pescado (El buffet), obras que le permiteron entrar en En efecto, este cuadro es en realidad un retrato peculiar de Augusto Gabriel Godfrey, hijo de un joyero al que representa absorto en el juego de la peonza. Es posible que a través de la artimaña del juego el pintor consiguiera la quietud necesaria en el niño para poderlo retratar, pero una vez más Chardin consigue en esta obra captar esa concentración silenciosa, en este caso en la presencia del niño, que transfiere al espectador la esencia de su pintura: la serenidad de los momentos cotidianos, en los que el tiempo parece detenerse en su propia instantaneidad. Para reforzar esa sensación Chardin enmarca la escena en sus características luces tenues, sus colores suaves, el trazo etéreo de su peculiar técnica al óleo, una composición equilbrada y armónica, y una expresividad siempre distante, en las que sus figuras rara vez miran al espectador. Chardin podríamos considerarlo un epílogo de la pintura Rococó o un anticipo de la modernidad contemporánea, pero más allá de encasillamientos históricos es un pintor singular, cuyo estilo no fue suficientemente valorado en su tiempo por la orientación de sus temas, pero que hoy sobresale como uno de los grandes nombres de la historia del arte. Como uno de los grandes poetas de la pintura.
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