J.B. Tiépolo: "Apoteosis de la Monarquía española" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Apoteosis de la Monarquía española

Juan Bautista Tiépolo.

 

Palacio Real. Madrid. 1764.


La llegada del S. XVIII en España coincide con un cambio de dinastía, al asentarse en el trono el nuevo rey Felipe V. La llegada del monarca borbón y su educación francesa, tendrá una importante repercusión en el mundo de las artes en nuestro país, pues el Barroco hispano, caracterizado por su naturalismo anticlásico, su agitación y su brusco realismo, no casaban en absoluto con la tradición artística del país vecino, que transitó por el periodo barroco con cierta resistencia a su lenguaje y con un constante apego al clasicismo.

No es de extrañar por ello que la nueva Corte rechazara desde su llegada la tradición hispánica que caracterizaba nuestro arte en el siglo anterior, y que como consecuencia el país se viera invadido de artistas extranjeros que son los que copan la mayoría de los encargos importantes de los nuevos mecenas. Esa es la razón principal de la repentina ruptura que se produce en la saga gloriosa de artistas que habían dado el mayor lustre a nuestro Siglo de Oro, y la que explicaría también la sequía de nombres y talentos de la pintura española, sobre todo durante la primera mitad del S. XVIII.

En efecto, Felipe V no duda en nombrar como pintores de Cámara a hombres como el francés Jean Ranc, cuya mayor huella en la Historia fue por desgracia su protagonismo en el incendio del Alcázar de los Austrias que se inició precisamente en sus habitaciones durante la Noche Buena de 1734. Muerto Ranc, Felipe V, nombraría a Louis Michel van Loo, de origen flamenco, y cuyo cuadro sin duda más famoso y conocido es el enorme retrato de la familia de Felipe V (Museo del Prado).

También Carlos III siguió con la misma tónica de rodearse de artistas extranjeros, en el caso de la pintura con nombres como Anton Rafael Mengs y Juan Bautista Tiépolo, quienes realizan la práctica totalidad de los encagos regios, que además contaban con la ingente tarea de decorar el nuevo Palacio Real.

Por todo ello la nómina de pintores propiamente españoles que logra salir del anonimato durante este siglo es bien reducida, al menos hasta que el genio universal de Goya compense con creces al final de la centuria, tanto desinterés por nuestra pintura. Con todo, algunos sobresalen en medio del páramo, caso de Luis Meléndez, (el Chardin español); González Ruiz, Salvador Maella o los hermanos Bayeu, que sientan las bases de un importante desarrollo de la pintura en la ciudad de Zaragoza, de la que sin duda se beneficiará el joven Goya durante sus primeros años de fomación en esa ciudad.

De lo dicho anteriormente se puede concluir que los dos máximos representantes de la pintua del S. XVIII anterior a Goya son en nuestro país dos extranjeros, Mengs y Tiépolo. Ni por su su estilo ni menos aún por su carácter tenían nada que ver ambos pintores, hasta el punto de que desde su llegada a Madrid los dos rivalizaron hasta el desprecio mutuo, imponiéndose por su soberbia y endiosamiento, el bohemio Mengs (1728-1729).

Aunque Tiépolo (Venecia 1696- Madrid 1770) es considerablemente mayor que Mengs llegó algo más tarde a la capital del reino, llamado igualmente por el rey Carlos III con la sabia intención de que diera a la decoración del nuevo Palacio el calor y el ambiente a sus salas que Mengs era incapaz de darle.

Tanto por edad como por su formación veneciana, Tiépolo está en las antípodas del estilo de Mengs, pues si aquél resulta un antecedente inmediato del Neoclasicismo, Tiépolo es heredero directo del último barroco italiano, otorgando a sus maravillosos frescos, colorismo, opulencia, agitación y una desbordante ampulosidad ebullente de formas y colores.

De su consumada maestría como el mejor fresquista de su época y de su estilo grandioso, ya había dado muestras en sus numerosos trabajos por toda Europa, especialmente en la decorción del Palacio de Wüzburg, una de las construcciones más representativas de la arquitectura rococó. Por ello era idóneo como antídoto al estilo de Mengs, si bien su llegada a Madrid en 1762 supuso como hemos comentado, el enfrentamiento abierto entre ambos, y al final el hastío definitivo del italiano, que sólo deseaba volver a su Venecia natal, lo que para su desgracia no pudor lograr al sorprenderle la muerte en Madrid, ciudad a la que además había ido a regañadientes.

A pesar de todo, Tiépolo logra una serie de frescos en el Palacio Real de una enorme calidad, que demuestran en palabras de Lafuente Ferrari, cómo el veneciano era cien veces mejor pintor que Mengs.

Una buena prueba de ello, quizá la más famosa, es esta imagen alegórica de la Monarquía española con la que decora el Salón del Trono del Palacio Real.

Se trata de una composición abigarrada, característica de su autor, primeramente por sus novedosas perspectivas, cuyos ángulos de visión resultan realmente espectaculares, con escorzos de planos en declive que dejan a los personajes flotando sobre nuestras cabezas, en una inercia que parece arrastrarlos indefectiblemente hacia lo más elevado del cielo. Se consigue de esta forma un ilusionismo visual de enorme efectismo porque pareciera que los muros se abren hacia el cielo en un tunel imposible que maravilla los ojos.

Pero eso no lo es todo en Tiépolo. Hay que sumar la golosidad de sus colores venecianos y la brillantez poco menos que cristalina que otorga al tratamiento de la luz.

Todo ello agitado en un movimiento incensante de desnudos opulentos, nubes de algodón, columnas, arquitecturas, escalinatas, tronos, ángeles y figuras diversas siempre en alharaca, que otorgan además una dinamicidad y exuberancia extraordinaria a sus obras.

Así ocurre en este fresco que nos quiere exaltar a la Monarquía hispana, homenajeada desde las cinco partes del mundo. No falta por ello a todo lo dicho, la representación figurada del Reino, asistida por dioses mitológicos y por símbolos de las distintas regiones peninsulares, entre las que no faltan bellezas oceánicas, indios de América, aldeanos de las regiones españolas, animales exóticos, conquistadores, etc.

Una obra realmente espectacular.





 

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